MI MAYOR ANHELO (II)

Texto presentado al mundial de escritura. Nombre del equipo: Nada nos detiene:

Pero mi vida no es fácil. Al hecho de tener unos progenitores autoritarios, uno de ellos un padre machista, se unen varias enfermedades crónicas, dos de las cuales se me manifestaron en la adolescencia. Todo ello tuvo consecuencias obvias. No quiero entrar en detalles; pero diré que la debilidad que mostré al llegar a la secundaria dejó desconcertados a mis padres y a los médicos. Nunca me había sucedido, y de repente sufría ataques de epilepsia con gran frecuencia; el sueño se convirtió en un asunto primordial, pero no pude controlarlo. Siempre el pánico a las convulsiones, luego despertar dolorida…

Aquello hizo que mis padres tomaran una actitud sobreprotectora conmigo. Cuando terminaba el instituto regresaba a casa. Nada de salir, nada de relacionarme con nadie. Si acudía a una fiesta donde había luces, me mareaba. De manera que no me quedaba otra opción que quedarme con mi familia. Dedicaba el tiempo a la lectura de libros y revistas de ciencia y de medicina, y a veces acompañaba a mi padre a congresos donde se reunían los mejores médicos del Estado –ésa es su profesión-. Todo aquello me dio una gran formación, aunque careciera de un título universitario.

Mis amigas ocasionalmente me hacían alguna visita. Pero la libertad que siempre había ansiado se había esfumado. Sin embargo, a pesar de las adversidades conseguí reponerme y recobrar el optimismo. Todo lo que leía me mostraba un mundo nuevo, me abría nuevas perspectivas…

Por sugerencia de una de esas amigas me creé una cuenta en una red social. Siempre había sido reacia a las nuevas tecnologías, pero necesitaba ocupar el tiempo; no podía pasar todo el día leyendo; al final me cansaba. Y estaba harta de estar enferma. Si la vida real se me había truncado, la única alternativa que me quedaba era la vida virtual.

Fue así como conocí a Rubén, un tipo romántico, culto, sensible… Me había olvidado por completo de los hombres desde aquella mala experiencia; pronto los problemas de salud habían copado toda mi atención. Pero ahora, recluida en mi dormitorio, leía en la pantalla de mi portátil unas palabras que me hechizaban. Les hablé del tema a mis amigas, pero ellas se mostraron recelosas; me dijeron que era imposible que un hombre fuera tan sensible y tan amable como yo les contaba; y que, si lo era, era porque a ese hombre le gustaban otros hombres. Tampoco ayudó el hecho de que les dijera que estaba al otro lado del Atlántico. Entonces surgieron nuevas especulaciones; desde que sólo quería jugar conmigo hasta la más truculenta, la de mi madre: que podría tratarse de un tratante de blancas o de un traficante de órganos que intentaba embaucarme.

Atemorizada por mis amigas y por mi madre, procuré ser cauta. Pero cada paso que daba por conocer más a Rubén me confirmaba en mi primera impresión; aquel tipo era sincero, un romántico, y muy sensible. Quedaba por dilucidar el tema de su orientación sexual; pero eso se disolvía en sus palabras, en esos besos que querían traspasar la pantalla, en esas manos que querían acariciarme…

Sin darme cuenta la mujer que había en mí despertó; sentí renacer el anhelo que había tenido hacía casi veinte años. Muchas de mis compañeras de instituto tampoco habían ido a la universidad; pero ellas no lo hicieron porque prefirieron irse de casa con patanes que no han leído un libro en su vida y tener tres hijos o más, quedándose embarazadas en la misma adolescencia y luego descuidando a los niños. Yo, en cambio, había conocido a alguien especial, a alguien que me habían dicho que no existía. Eso sí: se encontraba muy lejos y con una salud que no era mucho mejor que la mía. Teníamos todas las cartas en nuestra contra.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

26-10-2020.

Segunda versión:

Tras aquella primera experiencia, sin embargo, me olvidé de los hombres. Sé que suena muy extraño, pero así es. No encontraba a mi alrededor ninguno que valiera la pena más que para abonar la tierra o para servir de alimento a las aves carroñeras. Sé que estas palabras pueden sonar agresivas, hasta misándromas; y estoy segura de que más de uno pensará que me quedé llena de despecho por el suceso anterior y con un agudo resentimiento por los varones. Nada de eso. Pero tengo mi carácter; sé quién soy, y no me gusta someterme. Y eso en un país tan machista como el mío se paga. Son pocos los hombres que piensan que las mujeres tienen los mismos derechos que ellos; la mayoría conserva la misma mentalidad retrógrada que mi padre, aunque se trate de gente más joven. Y mi padre, todo sea dicho, ha cambiado mucho; eso es de admirar. Pese a sus prejuicios, el hecho de tener a una hija tan segura de sí misma, tan reacia a plegarse a discursos trasnochados, ha modificado muchas de sus conductas; ha escuchado mis discursos y ha acabado cediendo. Eso sí: su temor siempre ha sido que mi terquedad me impida encontrar marido. Eso nunca me ha inquietado, la verdad. Si tenía que pasar la vida sola, lo haría. Pero no estaba dispuesta a dejarme pisotear; yo no era la costilla de nadie.

Me acostumbré a pasar largas horas en mi habitación, recluida entre libros y revistas de ciencia y medicina, afuera no había nada interesante; todo lo que necesitaba se encontraba entre esas cuatro paredes. Esporádicamente recibía la visita de alguna amiga, o era yo quien la hacía. No sabría explicar exactamente el porqué, pero pasé a tener una vida monástica.

En una ocasión mis amigas me instaron a crearme una cuenta en una red social; era lo habitual por aquel tiempo. Así tendríamos un trato más estrecho y podríamos interactuar con gente de todo el Continente; era la ventaja de que nuestro idioma fuera uno de los más hablados. Al principio me negué; nunca me han gustado las nuevas tecnologías. Pero mis amigas insistieron; hicieron la famosa táctica de acoso y derribo, hasta que finalmente cedieron mis defensas.

Fue así como conocí a Rubén, un tipo romántico, culto, sensible… Me había olvidado por completo de los hombres. Pero ahora, recluida en mi dormitorio, leía en la pantalla de mi portátil unas palabras que me hechizaban. Les hablé del tema a mis amigas, pero ellas se mostraron recelosas; me dijeron que era imposible que un hombre fuera tan sensible y tan amable como yo les contaba; y que, si lo era, era porque a ese hombre le gustaban otros hombres. Tampoco ayudó el hecho de que les dijera que estaba al otro lado del Atlántico. Entonces surgieron nuevas especulaciones; desde que sólo quería jugar conmigo hasta la más truculenta, la de mi madre: que podría tratarse de un tratante de blancas o de un traficante de órganos que intentaba embaucarme.

Atemorizada por mis amigas y por mi madre, procuré ser cauta. Pero cada paso que daba por conocer más a Rubén me confirmaba en mi primera impresión; aquel tipo era sincero, un romántico, y muy sensible. Quedaba por dilucidar el tema de su orientación sexual; pero eso se disolvía en sus palabras, en esos besos que querían traspasar la pantalla, en esas manos que querían acariciarme…

Sin darme cuenta la mujer que había en mí despertó; sentí renacer el anhelo que había tenido hacía casi veinte años. Muchas de mis compañeras de instituto habían terminado acostándose con patanes que no han leído un libro en su vida y que usaban más la entrepierna para pensar que el cerebro; eran mujeres que tenían tres hijos o más, quedándose embarazadas en la misma adolescencia y luego descuidando a los niños; su único objetivo era tener sexo y reproducirse como conejos. Yo, en cambio, había conocido a alguien especial, a alguien que me habían dicho que no existía. Eso sí: se encontraba muy lejos y con las suspicacias de mi familia y de mis amigas. Teníamos todas las cartas en nuestra contra.

27-10-2020.

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