MI MAYOR ANHELO (IV)

Como ya dije, la relación se fue consolidando. A medida que pasaba el tiempo, mis sentimientos eran cada vez mayores; deseaba verlo, oír su voz, reírnos juntos; y, si por cualquier motivo se retrasaba, me angustiaba; temía que le hubiera ocurrido algo. Pero luego aparecía, me daba una explicación razonable y todo volvía a la normalidad. Lo único que nos faltaba era estar juntos; dar el paso definitivo y que aquello tan hermoso se convirtiera en algo físico.
Por lo demás, yo continuaba con mi habitual rutina. Cuando no estaba ocupada en mis lecturas quedaba con mis amigas; en especial con Lorena, la hermana de aquel tipo que me había hecho pasar una época tan mala. Venía a verme y a menudo dábamos un paseo por los alrededores. Era agradable su compañía; recorrer juntas las calles en medio de risas y detenernos en la terraza de un bar a tomar un refresco bajo el cálido sol del trópico mientras veíamos pasar a las parejas. Nos pedíamos un zumo de limón y empezábamos a platicar de nuestras vidas. Ella me contaba sobre su novio; se casarían en un año. Me decía lo romántico que sería que para entonces mi chico hubiera dado el salto; poder celebrar juntas las ceremonias e incluso, más tarde, salir a pasear a los niños. Yo escuchaba y no sabía qué actitud tomar. Por una parte me ilusionaba pensar en sus palabras; por otra, me entristecía la incertidumbre de no saber cuándo pasaría eso; ni siquiera si sucedería. Llevábamos así mucho tiempo, y por momentos me desesperaba.
Una mañana, enfrascadas en esa conversación recurrente, se percató de mi semblante sombrío; y entonces sucedió aquello. El hecho tan convulso como inesperado que me ha llevado a encontrarme en esta situación.
Hundida como me había dejado su hermano, nunca quise regresar a su casa; me avergonzaba sólo de pensar en volver a toparme con él. Era una verdadera lástima, porque su madre me quería mucho; siempre era muy amable conmigo. Mi amiga me insistía repetidamente para que ignorara a ese estúpido, como lo calificaba, pero yo no me atrevía. Sin embargo, aquella mañana me sentí sin fuerzas para negarme.
Cuando llegamos me sentí abrumada. Hacía casi veinte años que no entraba en esa casa. Pero la madre no había perdido su ternura; dio un grito de alegría en cuanto me vio y se acercó para darme un abrazo. Había perdido peso y tenía la cara llena de arrugas; se había cortado el cabello y había dejado de usar tintes, pero se le notaba que había sido una mujer muy hermosa; en su rostro aún conservaba restos de su belleza juvenil. Me invitó a quedarme a comer; después su esposo podía acompañarme.
La comida fue muy acogedora. Arropada por aquella familia tan entrañable, llegué a olvidarme de lo que verdaderamente me angustiaba; me dieron grandes esperanzas de que mi hombre aparecería y podríamos materializar nuestro sueño; ese bonito cuento de hadas que casi hizo emocionarse a la buena mujer.
Después de comer los padres salieron; tenían que reincorporarse a sus respectivos trabajos. Ella es médica; de hecho, había sido compañera de papá hasta que se abrió una clínica privada. En cuanto al marido, trabaja en un prestigioso bufet de abogados, a donde acude la crème de la crème del Estado.
Siempre he querido mucho a mis padres, pero entonces no quería que aquello acabara. Habría pagado porque ésa fuera mi familia. A solas con mi amiga, nos posesionamos del sofá y pusimos una película. Volvía a ser una tarde agradable; ambas reíamos a gusto, comentábamos las escenas y disfrutábamos como niñas. Entonces se abrió la puerta.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

29/10/2010.

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