EL SUEÑO DE KONIGSBERG

*Escrito presentado al mundial de escritura por el grupo Nada nos detiene:

Abrió la puerta de casa y entró en el pequeño recibidor que comunicaba con el estrecho pasillo, un largo corredor que presentaba a mano izquierda dos habitaciones contiguas que se hallaban vacías desde que comprara la vivienda. A mano derecha, en una pared estucada que en sus primeros días debió de ser blanca, como el resto del piso, había cuadros de actrices de otra época anterior a la suya; Audrey Hepburn, básicamente, todo un icono del séptimo arte; pero también Chaplin y otros. También algunas fotografías emblemáticas de París y de Londres, esas dos grandes capitales que siempre habían figurado en su imaginario como cuna del romanticismo, pero que, sin embargo, nunca había visitado. Siempre había permanecido anclado en su ciudad, en su barrio, gozando de la dulce y amarga melancolía de su sueño, quizá por el miedo a despertar a una realidad menos idílica si realizaba aquel viaje.

Lo cruzó con paso lento y ceremonial, mientras tenía sensualmente asida de la cintura a su amiga. Al final del pasillo se encontraba la cocina, uno de los departamentos fundamentales, pero que él nunca había sabido aprovechar; era un cocinero pésimo. La mayor parte de su alimentación se reducía a comprar preparados industriales y calentarlos. Eso explicaba en buena medida su mala salud; por eso no se quejaba. Era él quien había preferido aquella comodidad; ganar tiempo para dedicarse a sus libros y su vida bohemia.

Llegaron al comedor y ella se topó con aquel mueble repleto de novelas de García Márquez, de Cortázar y de otros muchos, en su mayoría latinoamericanos; aunque lo que más le llamó la atención fue un grupo que parecía constituir una especie de panteón, formado por Dostoyevski, Pessoa, Camus, Ciorán y Nietzsche. Aquella preciosa biblioteca estaba protegida por una vidriera, mas ésta estaba cargada de polvo, como todo el mueble, donde se hallaba el televisor.

Enfrente, con una mesa redonda de por medio, junto a un extenso ventanal, había un sofá, arriba del cual pendía una fotografía de las torres gemelas; era Nueva York en la noche. Era curioso: se trataba de un país que aborrecía, pero no había conseguido escapar de toda la propaganda que hablaba en favor de esa tierra. Quizá por los encantadores retratos que había hecho de su ciudad Woody Allen, ese auténtico neoyorquino con un estilo romántico y sentimental que le apasionaba; se veía plenamente reflejado en él. Ojalá hubiera tenido más suerte en la vida; ojalá hubiera sido capaz de escribir siquiera un libro. Aún tenía tiempo, pero sentía que ya habían pasado los mejores años de su vida; que la energía y el entusiasmo de los años de juventud le faltaban. Y ahora estaba en su apartamento con aquella hermosa morena, en su casa de apenas ochenta metros cuadrados, y trataba de hacerse la ilusión de que era Woody Allen en su ático de Central Park con Diane Keaton.

Ella leyó detenidamente los títulos de aquellas obras mientras él iba un momento a la cocina y servía dos copas de tinto. Regresó, le entregó la suya a la mujer y se sentaron en los extremos del sofá.

– Así que ésta es tu casa -dijo ella en un intento de romper el hielo-.

– Sí. Bueno… Me abstengo de enseñarte el resto, porque no está en condiciones. Es decir: puedes usar el baño si lo necesitas, pero no te aconsejo entrar al dormitorio.

– Comprendo -repuso ella mientras se llevaba delicadamente la copa a los labios y le clavaba una mirada felina-. Entonces, tendremos que usar el sofá.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

31/10/2020.

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