MI MAYOR ANHELO (VERSIÓN FINAL)

Texto presentado al mundial de escritura. Nombre del equipo: Nada nos detiene:

Ya habían pasado veinte años, más de la mitad de mi vida.

¿Qué es lo que lleva a una chica de quince años a fijarse en un compañero que no le hace el más mínimo caso? ¿Un chico que la ignora y apenas le dirige la palabra? Quizá fuera capricho, deseo por conocer ese hermoso sentimiento; ese cosquilleo que te recorre el cuerpo cuando piensas en la otra persona; cuando la tienes delante y te mira; cuando tus labios y los suyos se besan… Quizá fuera ansia de vivir, de sentirme libre, después de pasarme la infancia y la pubertad atada en casa bajo un férreo régimen militar. Pero yo no existía para ese chico, como ya dije. Es más: el hecho de saber que me gustaba hizo que actuara de manera muy arrogante, como si le indignara pensar que yo aspirara a él. No podía estar a su altura.

Aquel comportamiento, aunque detestable, en su momento me hundió. Yo era una adolescente criada en un ambiente machista, con un trato severo por parte de mi propio padre.

Durante semanas me quedé encerrada en mi habitación. Estaba convencida de que había obrado mal; que había fallado no sólo a ese chico, sino también a mis padres. Me sentía humillada. Creo que perdí mucho peso; apenas comía. Pero la hermana de aquel tipo era un encanto de persona; era una de mis mejores amigas. Me veía llegar a clase con el semblante sombrío, cada vez más desmejorada, y se preocupó. Al principio traté de disimular; le decía que no había dormido bien; demasiado ruido en las calles, las vecinas… Pero no podía mantener aquella farsa. Pasaba el tiempo, yo enflaquecía y ella se inquietaba. ¿Pero cómo iba a contarle lo sucedido? ¿Que su propio hermano me había tratado como a un trapo? ¿Que los prejuicios de mi padre habían ayudado a hundirme? No lo comprendería. ¡Y yo me sentía tan sola! La angustia que me devoraba era cada vez mayor, hasta que el peso que tenía sobre mi conciencia me abrumó tanto, que tuve que contárselo todo.

Estaba temblando de miedo por su posible reacción: no dejaba de llorar. Después de lo que había pasado, iba a perder a una gran amiga; estaba convencida de eso. Pero necesitaba desahogarme, contarlo todo, aunque me muriera de vergüenza y terminara nuestra amistad. Es horrible no poder hablar con nadie sobre lo que nos aflige; entonces nuestro dolor va creciendo como un cáncer. Nos sentimos indefensos, perdidos, sin asideros a los que agarrarnos, sin aire para respirar.

Mi amiga me escuchó atentamente, mirándome a los ojos. Para mi sorpresa, cuando terminé mi relato me estrechó entre sus brazos; luego, cuando nos separamos, me regaló una sonrisa y me limpió las lágrimas. Su hermano era un estúpido engreído; ésas fueron sus palabras. En cuanto a mi padre, debía ignorarlo; era de otra generación, con un esquema de valores absurdo, completamente desfasado.

Aquella plática con mi amiga fue muy valiosa para mí. Me demostró que el pánico que había tenido hasta aquel instante por contarle lo ocurrido había sido infundado; y que ella, además, era una persona encantadora. Desde entonces hemos mantenido la amistad como buenas hermanas y he ganado en seguridad. En cuanto al tema sentimental, me di cuenta de que todo llega; que sólo es cuestión de esperar; que cuando menos lo pensara conocería al hombre adecuado, aquél que supiera valorarme y realmente mereciera la pena.

Tras aquella primera experiencia, sin embargo, me olvidé de los hombres. Sé que suena muy extraño, pero así es. No encontraba a mi alrededor ninguno que valiera la pena más que para abonar la tierra o para servir de alimento a las aves carroñeras. Sé que estas palabras pueden sonar agresivas, hasta misándromas; y estoy segura de que más de uno pensará que me quedé llena de despecho por el suceso anterior y con un agudo resentimiento por los varones. Nada de eso. Pero tengo mi carácter; sé quién soy, y no me gusta someterme. Y eso en un país tan machista como el mío se paga. Son pocos los hombres que piensan que las mujeres tienen los mismos derechos que ellos; la mayoría conserva la misma mentalidad retrógrada que mi padre, aunque se trate de gente más joven. Y mi padre, todo sea dicho, ha cambiado mucho; eso es de admirar. Pese a sus prejuicios, el hecho de tener a una hija tan segura de sí misma, tan reacia a plegarse a discursos trasnochados, ha modificado muchas de sus conductas; ha escuchado mis discursos y ha acabado cediendo. Eso sí: su temor siempre ha sido que mi terquedad me impida encontrar marido. Eso nunca me ha inquietado, la verdad. Si tenía que pasar la vida sola, lo haría. Pero no estaba dispuesta a dejarme pisotear; yo no era la costilla de nadie.

Me acostumbré a pasar largas horas en mi habitación, recluida entre libros y revistas de ciencia y medicina, afuera no había nada interesante; todo lo que necesitaba se encontraba entre esas cuatro paredes. Esporádicamente recibía la visita de alguna amiga, o era yo quien la hacía. No sabría explicar exactamente el porqué, pero pasé a tener una vida monástica.

En una ocasión mis amigas me instaron a crearme una cuenta en una red social; era lo habitual por aquel tiempo. Así tendríamos un trato más estrecho y podríamos interactuar con gente de todo el Continente; era la ventaja de que nuestro idioma fuera uno de los más hablados. Al principio me negué; nunca me han gustado las nuevas tecnologías. Pero mis amigas insistieron; hicieron la famosa táctica de acoso y derribo, hasta que finalmente cedieron mis defensas.

Fue así como conocí a Rubén, un tipo romántico, culto, sensible… Me había olvidado por completo de los hombres. Pero ahora, recluida en mi dormitorio, leía en la pantalla de mi portátil unas palabras que me hechizaban. Les hablé del tema a mis amigas, pero ellas se mostraron recelosas; me dijeron que era imposible que un hombre fuera tan sensible y tan amable como yo les contaba; y que, si lo era, era porque a ese hombre le gustaban otros hombres. Tampoco ayudó el hecho de que les dijera que estaba al otro lado del Atlántico. Entonces surgieron nuevas especulaciones; desde que sólo quería jugar conmigo hasta la más truculenta, la de mi madre: que podría tratarse de un tratante de blancas o de un traficante de órganos que intentaba embaucarme.

Atemorizada por mis amigas y por mi madre, procuré ser cauta. Pero cada paso que daba por conocer más a Rubén me confirmaba en mi primera impresión; aquel tipo era sincero, un romántico, y muy sensible. Quedaba por dilucidar el tema de su orientación sexual; pero eso se disolvía en sus palabras, en esos besos que querían traspasar la pantalla, en esas manos que querían acariciarme…

Sin darme cuenta la mujer que había en mí despertó; sentí renacer el anhelo que había tenido hacía casi veinte años. Muchas de mis compañeras de instituto habían terminado acostándose con patanes que no han leído un libro en su vida y que usaban más la entrepierna para pensar que el cerebro; eran mujeres que tenían tres hijos o más, quedándose embarazadas en la misma adolescencia y luego descuidando a los niños; su único objetivo era tener sexo y reproducirse como conejos. Yo, en cambio, había conocido a alguien especial, a alguien que me habían dicho que no existía. Eso sí: se encontraba muy lejos y con las suspicacias de mi familia y de mis amigas. Teníamos todas las cartas en nuestra contra.

Yo continuaba con mi vida monacal, sin apenas salir de casa. La diferencia era que ahora mi voz se oía en cualquier parte de la casa, a pesar de que la puerta del dormitorio estuviera cerrada, en especial cuando alguna ocurrencia de Rubén me hacía proferir una estruendosa carcajada. En la mesa no podía borrarme una sonrisa de idiota al recordar nuestra última conversación. Y aquel hombre, por supuesto, se convirtió en mi tema favorito cada vez que platicaba con mis padres o con mis amigas; cualquier asunto que estuvieran abordando yo terminaba desviándolo a mi terreno. Mi actitud empezó a preocupar a mi madre, que un día me insistió en conocer a aquella diabólica persona que a su juicio había trastornado a su hija. Se lo comenté a Rubén y se mostró de acuerdo, aunque aquello le ponía un poco nervioso; es muy tímido.

La experiencia fue breve; no más de unos pocos segundos, los suficientes como para que se vieran y se intercambiaran un saludo. Yo estaba emocionada porque se conocieran mamá y mi novio –ya era oficial-; Rubén estaba sonriente, con esa expresión de dulzura que le caracteriza; mamá, sin embargo, con el cabello corto y entrecano, le clavó una mirada gélida. Tenía el ceño fruncido, amenazante, con tensión concentrada. Más tarde, a solas con mi chico, me confesó que casi había podido sentir el fuego de sus pupilas; que en sus ojos había visto que aquella mujer anciana le decía con la mirada que si le hacía algo a su hija invocaría a todas las divinidades del panteón tolteca con tal de destruirlo; e incluso cruzaría a nado el Atlántico si fuera necesario para arrancarle los testículos y echárselos a nuestro perro.

Reconozco que mamá estuvo arisca, pero Rubén la entendió; vio normal que se preocupara por su niña. Papá, en cambio, es todo lo contrario. En su juventud era muy atlético, y aún le queda vigor; pero se le ha calmado mucho el carácter, hasta el punto de convertirse en un tipo flemático. A mi hermano y a mí nos crió con mano dura extremadamente dura; pero ahora nunca pasa más allá de dar un par de gritos para desahogarse. De hecho, en algunas ocasiones mamá y yo hemos discutido acaloradamente; y entonces él se ha limitado a agachar la cabeza y dar media vuelta para dirigirse al salón, como un perro apaleado. Y, ciertamente, tiene el mismo aspecto que Nel, nuestro pastor alemán, cada vez que le riñe.

El caso es que, pese a toda su docilidad, no dio su brazo a torcer. Después de que le propusiera conocer a Rubén se negó en redondo; me respondió que lo conocería cuando viniera a buscarme. Mi novio también lo entendió; me dijo que era una actitud comprensible. Lo que le intimidó fue el hecho de saber que duerme con una pistola en la mesita de noche. Nunca la ha usado, y no creo que lo haga; él mismo dice que sólo es un arma de seguridad

Pero ahora, consolidada la relación, aunque aún no podamos estar juntos, mamá se ha despojado de sus temores; ya no es esa suegra desdeñosa cuya mirada podría haber petrificado a la misma Medusa. Ahora lo mira con afecto, casi como a un hijo. Me ha visto llorar cuando ha estado accidentado; y a él lo ha visto preocuparse por mí. Sabe cuánto me importa y cuánto me quiere.

Como ya dije, la relación se fue consolidando. A medida que pasaba el tiempo, mis sentimientos eran cada vez mayores; deseaba verlo, oír su voz, reírnos juntos; y, si por cualquier motivo se retrasaba, me angustiaba; temía que le hubiera ocurrido algo. Pero luego aparecía, me daba una explicación razonable y todo volvía a la normalidad. Lo único que nos faltaba era estar juntos; dar el paso definitivo y que aquello tan hermoso se convirtiera en algo físico.

Por lo demás, yo continuaba con mi habitual rutina. Cuando no estaba ocupada en mis lecturas quedaba con mis amigas; en especial con Lorena, la hermana de aquel tipo que me había hecho pasar una época tan mala. Venía a verme y a menudo dábamos un paseo por los alrededores. Era agradable su compañía; recorrer juntas las calles en medio de risas y detenernos en la terraza de un bar a tomar un refresco bajo el cálido sol del trópico mientras veíamos pasar a las parejas. Nos pedíamos un zumo de limón y empezábamos a platicar de nuestras vidas. Ella me contaba sobre su novio; se casarían en un año. Me decía lo romántico que sería que para entonces mi chico hubiera dado el salto; poder celebrar juntas las ceremonias e incluso, más tarde, salir a pasear a los niños. Yo escuchaba y no sabía qué actitud tomar. Por una parte me ilusionaba pensar en sus palabras; por otra, me entristecía la incertidumbre de no saber cuándo pasaría eso; ni siquiera si sucedería. Llevábamos así mucho tiempo, y por momentos me desesperaba.

Una mañana, enfrascadas en esa conversación recurrente, se percató de mi semblante sombrío; y entonces sucedió aquello. El hecho tan convulso como inesperado que me ha llevado a encontrarme en esta situación.

Hundida como me había dejado su hermano, nunca quise regresar a su casa; me avergonzaba sólo de pensar en volver a toparme con él. Era una verdadera lástima, porque su madre me quería mucho; siempre era muy amable conmigo. Mi amiga me insistía repetidamente para que ignorara a ese estúpido, como lo calificaba, pero yo no me atrevía. Sin embargo, aquella mañana me sentí sin fuerzas para negarme.

Cuando llegamos me sentí abrumada. Hacía casi veinte años que no entraba en esa casa. Pero la madre no había perdido su ternura; dio un grito de alegría en cuanto me vio y se acercó para darme un abrazo. Había perdido peso y tenía la cara llena de arrugas; se había cortado el cabello y había dejado de usar tintes, pero se le notaba que había sido una mujer muy hermosa; en su rostro aún conservaba restos de su belleza juvenil. Me invitó a quedarme a comer; después su esposo podía acompañarme.

La comida fue muy acogedora. Arropada por aquella familia tan entrañable, llegué a olvidarme de lo que verdaderamente me angustiaba; me dieron grandes esperanzas de que mi hombre aparecería y podríamos materializar nuestro sueño; ese bonito cuento de hadas que casi hizo emocionarse a la buena mujer.

Después de comer los padres salieron; tenían que reincorporarse a sus respectivos trabajos. Ella es médica; de hecho, había sido compañera de papá hasta que se abrió una clínica privada. En cuanto al marido, trabaja en un prestigioso bufet de abogados, a donde acude la crème de la crème del Estado.

Siempre he querido mucho a mis padres, pero entonces no quería que aquello acabara. Habría pagado porque ésa fuera mi familia. A solas con mi amiga, nos posesionamos del sofá y pusimos una película. Volvía a ser una tarde agradable; ambas reíamos a gusto, comentábamos las escenas y disfrutábamos como niñas. Entonces se abrió la puerta.

Era Victor, su hermano. Llegó al comedor con paso decidido, con una sonrisa vanidosa. Estaba muy cambiado. Había crecido unos centímetros y se había rapado el poco cabello que le quedaba. También había ganado en corpulencia; una corpulencia obtenida a base de largas horas de gimnasio varios días por semana, como mostraba aquella playera ceñida que le marcaba los pectorales. Lo cierto es que cuando lo vi me causó repugnancia.

En cambio, su reacción al verme fue muy distinta de la mía; se le cambió por completo el semblante. No sabría describir exactamente la expresión de su rostro; sólo puedo decir que me dejó helada; que algo en mí me alertó del peligro. Había en sus ojos una mirada lasciva, de deseo mórbido, como si hubiera visto la oportunidad de saciar sus apetitos carnales; o quizá como si sintiera que podía reanudar la historia que él mismo había cerrado tanto tiempo atrás. Quién sabe. La psicología humana es tremendamente complicada.  

Quizá mis palabras sean insuficientes para reflejar todo el miedo que sentí. Creo que hace falta ser mujer para comprender de lo que hablo. Y Lorena lo comprendió. No vio a su hermano; vio a un depredador sexual; y al momento se puso de mi parte. Sin mediar palabra, Víctor avanzó hacia mí. Nosotras nos habíamos puesto de pie, alerta por lo que pudiera pasar.; mas, en cuanto vio sus intenciones, mi amiga se abalanzó sobre él. Aquello fue tan loable como temerario, dada la aguda diferencia que había entre ambos; él era mucho más fuerte. Imagino que contaría con el factor sorpresa; con que no se esperaría el ataque. Y, además de eso, acaso también contara con la bondad fraternal, que debía llevar a aquel tipo a abstenerse de infligirle daño alguno, a pesar de tratarse de un enfermo.

En cualquier caso, como ya digo, mi amiga hizo ese acto de heroísmo. Se tiró contra él con tanta fuerza, que ambos cayeron en el suelo. Yo estaba paralizada. Me despertaron los gritos de Lorena exhortándome a que huyera, a que me largara de ahí cuanto antes. Con su cuerpo sobre el de su hermano, yo sólo tenía unos pocos segundos, los que tardara él en reaccionar; y parte de ese tiempo lo desperdicié en mirar desconcertada a mi amiga. Por una parte, quería irme y escapar; por otra, temía dejarla a solas con aquel monstruo. Fue preciso que volviera a gritarme, esta vez con toda su furia, para hacerme reaccionar.

Salí de aquella casa y bajé las escaleras a toda velocidad, casi hasta quedarme sin aliento. No me atreví a llamar a casa de ningún vecino; tardarían demasiado. Para cuando hubieran abierto, yo ya habría desaparecido, apresada por aquel lunático, que me habría metido de nuevo en su casa y me habría hecho lo que todos sabemos. Además: no me conocían; no le abrirían la puerta a una desconocida.

Ya en la calle grité y pedí ayuda, pero fue inútil. En mi país la gente vive con mucho miedo; temen que por intentar auxiliar a alguien se metan en un lío que les cueste la vida. Aquí las mafias tienen mucho poder; uno puede llegar a sentirse indefenso.

Por suerte, un taxi oyó mis ruegos y paró. Subí sin dudar. Iba a decirle que arrancara pronto, sin una idea clara de adónde ir, pero no hizo falta; él pulsó el cierre automático y apretó el acelerador. Sólo entonces me di cuenta de que en el asiento del copiloto estaba el taxista. Y el taxista estaba muerto.

No pude reprimir un grito de espanto. El tipo que estaba al volante no se inmutó. Tan sólo pude verle los ojos a través del retrovisor. Era una mirada cargada de tensión, rabia más bien. Junto al volante reposaba una pistola, de donde había salido la bala que había perforado el cráneo del taxista. Me sentía impotente y desesperada. No había manera de salir de ahí, y mis gritos quedaban ahogados por los cristales e ignorados por mi raptor, que desapareció del pueblo a gran velocidad. Nos adentramos por un terreno de cosechas. ¿Iba a violarme? ¿Me abandonaría en medio de la nada? ¿Gastaría conmigo una segunda bala y sembraría aquel campo con dos cadáveres?

Pero no. Continuó hacia adelante. Llegamos a un terreno árido y desértico, donde no había más que unas pocas casas, que más bien me hicieron pensar en antiguas fábricas abandonadas. Cuatro hombres robustos y armados esperaban al fondo. Cuando llegamos, mi captor abandonó el vehículo y se dirigió hacia ellos, no sin antes dejar cerrado el vehículo para evitarme la huida. Yo me pegué a la ventanilla y traté de aguzar el oído todo lo que pude.

– ¿Qué hay, Carlos? ¿Nos traes otra chica?

– Sí. Pero creo que he cambiado de opinión -dijo, al tiempo que se giraba hacia mí. Que nuestras miradas se cruzaran hizo que un terrible escalofrío me recorriera el cuerpo. También era cierto que peor de lo que estaba no lo creía posible. ¿Me mataría? ¿Me violaría? ¿Ambas cosas? ¿Y en qué orden? Desde luego, prefería que primero me matara y que luego violara mi cadáver; pero la elección no dependía de mí. En cualquier caso, lo que tenía claro era que me encontraba ante una banda de tratantes de blancas.

– ¿La habéis visto -preguntó, señalándome-? Es preciosa. La quiero para mí. Ya os traeré más mercancía mañana. En el carro hay un fiambre; sácanlo y desháganse de él.

Los cinco tipos intercambiaban miradas serias, con ese típico bigote de fantoche ridículo que les caía junto a la comisura de los labios y sus grandes sombreros de paja. A los otros parecía no gustarles la idea de que mi secuestrador no quisiera entregarme, pero claudicaron. Dos de ellos vinieron hacia mí, abrieron la puerta del copiloto y sacaron al taxista. Entonces me observaron muy de cerca, detenidamente, con unos ojos y una sonrisa cargados de lujuria, como antes había visto en Rubén. Aquello sumado a su pestilente aliento a alcohol me produjo un mareo. En ese instante oí el ruido de un seguro.

– ¡Ustedes dos, cabrones! ¡Me sacan al fiambre y me dejan a la chica en paz! ¡Al primero que le toque un pelo lo coso a balazos!

Mi secuestrador les apuntaba con gesto amenazante. Los dos tipos mudaron el semblante; su rostro expresó entonces rabia y despecho. Cogieron el cadáver del taxista y lo arrastraron mientras mi secuestrador regresaba sin dejar de apuntarles.

– ¡Como les dije, la chica se viene conmigo! ¡Mañana les traeré más género fresco!

Cerró la puerta del carro y volvió a accionar los pestillos automáticos. Entonces reemprendimos el viaje por otro campo de cultivo que vino a desembocar en una gran hacienda. Nunca había estado en un lugar semejante. Si aquello hubiera sido Colombia, habría creído hallarme en los dominios de Pablo Escobar. Pero no; era obvio que no habíamos traspasado los límites de mi amado México. También en mi país hay mafias poderosas. Cada cual busca ganarse la vida como puede. Y yo ahí, cautiva, aguardaba perdida en medio de la nada, aterrorizada.

Ahí nos esperaba un matrimonio de avanzada edad. El tal Carlos estacionó y bajó del auto; pero, a diferencia de la otra ocasión, me abrió la puerta para que me apeara. La mujer, bajita y de cuerpo rechoncho, se dirigió a mi captor con un tono meloso y una voz aguda:

-¿Carlos, hijo mío, de donde has sacado este carro? ¿Y quién es esa chica tan guapa?

Sus ojos destilaban una bondad y una ingenuidad nada normales en una mujer de su posición. ¿De verdad era la madre de ese tipo? ¿Acaso no sabía a qué clase de negocios se dedicaba su querido hijo? ¿Acaso no sabía que su querido niño era un asesino? ¿Qué el auto que tenía delante estaba manchado con la sangre de su legítimo dueño, muerto por su retoño?

-Hola, mamá –respondió él, después de liberarse del abrazo de ella. En su rostro se dibujaba una cálida sonrisa que nada tenía que ver con la expresión amenazante del tipo que apenas diez minutos antes había encañonado a dos de sus socios-. Esta chica tan guapa es mi prometida.

¡¿Qué!? ¡¿En qué momento me consultó!? ¡¿Acaso subir a un taxi me comprometía a casarme con el conductor!? ¡Entonces a esas alturas ya tendría como una docena de maridos distintos! ¡¿Pero qué podía hacer yo!? ¡¿Cómo reaccionar ante ese sujeto!? Solo podía callar y mantenerme a la expectativa. Por otra parte, la noticia fue del agrado de la señora. Volvió a abrazar y a besar a su hijo y acto seguido se dirigió hacia mí e hizo lo mismo.

-¡Ay, hijo, qué sorpresa! ¡¿Y cómo ha sido!? ¡Muchas felicidades! ¡¿Cómo estás, querida!? ¡Pero qué guapa eres! ¡Qué suerte ha tenido mi hijo! ¡A ver si consigues que asiente la cabeza! ¡Se pasa el día fuera de casa y a su padre y a mí no nos dice nada! Pero déjame que te mire bien… ¡Eres realmente bonita!

Aquella señora no callaba; hablaba a gritos, y empezaba a ponerme de los nervios. ¿Pero de verdad era posible que no supieran a qué se dedicaba su hijo? ¿Y quién había comprado esa enorme hacienda? ¿Y con qué dinero? Aquello parecía una casa de locos. Lo único que tenía claro era que no podía confiar en nadie. ¿Aquel tipo había dicho en serio que era su prometida?

Fuimos al interior de la casa y nos sentamos en la sala. La madre continuaba fuera de sí, lanzando unas preguntas tras otras. La estancia estaba lujosamente adornada y llena de unos espejos que aumentaban la amplitud. En una vitrina figuraban varias botellas de licor, de entre las cuales el padre eligió una de tequila. Cogió cuatro vasos del estante de debajo y lo puso todo sobre una mesa delante de nosotros. Sirvió y me tendió uno para que brindáramos. Era surrealista. Ahí estaba yo, convertida en la prometida de un adorable psicópata.

Hubo un instante en que, medio mareada por el alcohol, pedí ir al baño. Ahí encontré una claraboya; mi única oportunidad. La salté y corrí tan deprisa como pude sin dejar de gritar. Estaba perdida en medio de la nada y el otro me alcanzaría sin apenas esfuerzo, pero debía intentarlo todo. Corrí con todas mis fuerzas, como nunca antes lo había hecho, hasta que convulsioné. Sí. Sé que debería haberlo dicho antes, pero lo olvidé por la importancia de toda esta locura. Soy epiléptica y una tensión que me rompía los nervios. Un cocktail explosivo.

Ignoro lo que pasó después. Sólo sé que desperté en una cama de hospital con un suero colgando delante de mí para ayudarme a reponerme. Sentada a mi lado estaba Lorena, con el rostro magullado por los golpes que le diera su hermano durante la refriega. El susodicho se había dado a la fuga. Llevaba dos días hospitalizada, y desde el anterior mi novio había estado enviándole mensajes, angustiado por no tener noticias mías. Por lo demás, un taxista corpulento y atractivo; me había encontrado desmayada en el campo y me había llevado al hospital.

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