EL ACUERDO

*Escrito presentado al Mundial de escritura por el grupo Nada nos detiene:

-Si firmo este documento arruinaremos nuestro país. Ustedes nos ofrecen un dinero a fondo perdido y entrar en su organización a cambio de que destruyamos nuestra industria y nos convirtamos en un país dependiente. Su acuerdo nos obligará a comprarles a ustedes todos los productos. Es decir: ustedes, más que ayuda, nos ofrecen un caballo de Troya.

En una espaciosa sala con las paredes pintadas de blanco, una treintena de hombres y mujeres debatían en torno a una mesa ovalada, sentados en cómodos sillones de terciopelo verde. Los representantes de las diez naciones integrantes del organismo recibieron a quienes iban en nombre de las dos candidatas. Ante las quejas del presidente de uno de los países recién llegados, uno de los jefes de Estado se llevó el cigarrillo a los labios y aspiró profundamente. Cuando el humo se hubo disipado, observó al candidato con semblante severo y respondió:

-Eso no es asunto suyo. Todos ustedes, así como los demás miembros de su parlamento, tendrán las espaldas bien cubiertas. En su país gozan de un buen sueldo; y cuando se cansen del parlamento siempre podrán pasar a formar parte del consejo de administración de una gran empresa. Es decir: ustedes no notarán las consecuencias. Si acepta, podrán disfrutar del juego; será parte de un gran negocio, como lo serán sus amigos aquí presentes y los que les esperan allá. Será un gran timo, pero completamente legal. Además, serán recibidos como héroes; se les recordará como los que metieron a su país en la modernidad. Y pocos caerán en el detalle de la industria; sólo los trabajadores de las fábricas que se vayan a la calle. Pero eso no debe importarle; ustedes controlan los medios de comunicación. Déles una cobertura mínima, para que no puedan acusarle de dictador, y luego hable de las bondades y excelencias de nuestra organización; exalte nuestras virtudes. Nadie se fijará en los alborotadores. Gasten el dinero que les demos en infraestructuras; hagan mejores carreteras, parques, aeropuertos… Todos lo que se les ocurra para que la gente se sienta cómoda, y reciban comisiones por la adjudicación de las obras. Si alguien le recrimina la falta de industria, será al cabo de muchos años, tantos, que es posible que que ni usted ni sus amigos estén ya en el gobierno; y los votantes no castigarán al nuevo secretario general, porque lo verán como savia nueva. La gente es así de cándida; se le engaña sin demasiado esfuerzo. Además, siempre podrá decir que era una condición necesaria para obtener la plata, sin la cual no habrían podido hacer todas esas obras. Y, en el peor de los casos, puede presentarse como un pobre inocente que ha cometido un error; eso siempre se perdona. Y quien no le crea no podrá demostrar nada. Ahora bien: si no firma, regresarán como unos fracasados; ustedes y su partido se hundirán para siempre; y esta plática nunca habrá tenido lugar.

Los representantes de la nación candidata intercambiaron miradas sin decirse nada, sirviéndose del lenguaje facial. Fue fácil llegar a un consenso. El presidente mantenía el semblante grave y concentrado. Emulando el gesto del jefe de Estado, se llevó el cigarrillo a los labios y dio una honda calada. Cuando el humo se hubo disipado, pudo contemplarse en su rostro una sonrisa maliciosa de satisfacción. Tomó el bolígrafo y preguntó:

-¿Dónde tengo que firmar?

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

06/11/2020.

2 comentarios en “EL ACUERDO

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