LA PIEL DE ZAPA, POR BALZAC (II)

Contempló a la mujer dormida, que le sostenía la cabeza, expresando así en el sueño las tiernas solicitudes del amor. Graciosamente tendida cual una niña, y volviendo hacia él el rostro, parecía Paulina seguir mirándolo y le brindaba una linda boca entreabierta por un alentar igual y puro. Sus dientecillos de porcelana hacían destacar la rojez de sus labios, sobre los que vagaba una sonrisa; vivo brillaba el tono encarnado de su tez y su blancura era, por decirlo así, más blanca en aquel momento que en las más amorosas horas del día. Su garboso abandono, tan lleno de confianza, sumaba al encanto del amor los atractivos de la infancia dormida. Toda mujer, aún la más natural, obedece durante el día a ciertos convenios sociales, que cohíben las ingenuas expansiones de su alma; pero el sueño parece reintegrarlas en esa espontaneidad de vida que adorna la primera infancia. Paulina no se avergonzaba por nada, como una de esas dilectas y celestiales criaturas en cuyos gestos no ha sembrado aún la razón pensamientos ni secretos en su mirar. Destacaba vivamente su perfil sobre la fina batista de las almohadas, gruesas oleadas de encaje, mezclándose con sus alborotados cabellos, prestábanle cierto aire travieso; pero habíase dormido en medio del placer, sus largas pestañas reposaban sobre su mejilla como para resguardar su vista de una luz demasiado cruda o ayudar a ese recogimiento del alma cuando trata de retener una voluptuosidad perfecta, pero fugaz; su linda orejita, blanca y encarnada, en un marco de cabellos y dibujada en un capullo de blondas de Malinas, habría vuelto loco de amor a un pintor, un artista o un anciano, y devuelto quizá la razón a un demente. Ver a la amada dormida, riendo en sueños, plácida bajo nuestra protección y amándonos todavía dormida, en ese momento en que la criatura parece dejar de existir, y ofreciéndonos todavía una boca muda, que en el sueño nos habla del último beso; ver a una mujer confiada, semidesnuda, pero envuelta en su amor cual en un manto y casta en el seno del desorden; admirar sus ropas desperdigadas, una media de seda que la noche de antes se quitara aprisa por darnos gusto, un cinturón suelto que nos prueba una fe infinita, ¿Nos es un goce sin nombre? Esa criatura es todo un poema. La mujer que ella protegía no existe ya, nos pertenece, se ha convertido en nosotros; traicionarla será en adelante igual que traicionarnos a nosotros mismos.

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