LA ÚLTIMA CARTA

*Escrito presentado al grupo de escritores Nada nos detiene. Primera consigna: rememorar una avenida de la infancia.

¡Cuántas veces había recorrido aquella calle de niño! Al principio, acompañado por su hermano, embargado por la infantil alegría de ir al colegio; por salir de casa y vivir sus primeras experiencias. Años más tarde transitaría el mismo camino , ahora en solitario, para recibir la secundaria. Para entonces ya había perdido el entusiasmo que al comienzo anidara en su corazón; se había convertido primero en una simple rutina; después, en un suplicio. Cada metro que avanzaba hacia el instituto aumentaba su zozobra; sabía que tendría que afrontar un día más las burlas, los motes, cuando no las agresiones… En definitiva: acoso. A menudo había regresado apresuradamente para echarse sobre la cama y romper a llorar. A veces se pasaba horas sentado en el sofá, tapado con la manta de la mesa camilla, a oscuras, en silencio. Se preguntaba entonces por qué los demás eran tan crueles; por qué lo humillaban y lo torturaban de aquel modo. Su sonrisa de los primeros años se había esfumado; ya no quedaba más que una mueca de resignación. ¿Dónde habían quedado sus ilusiones? Sentía pánico por el instituto; quería dejarse los estudios. Pero sus padres no se lo permitían, y no podía escapar de aquellos ultrajes. Llegó a pensar en el suicidio. El suicidio como liberación, como única escapatoria a un mundo que para él ya no tenía sentido. Pero fue demasiado cobarde para tomar esa puerta.

Se llamaba República argentina. Curioso nombre. Le había llamado la atención antes de saber que hubiera un tipo de gobierno exento de esa horrible lacra que era la monarquía; antes de saber que había un país que se llamaba así; un país que, con el paso del tiempo y con la lectura de grandes obras, terminaría amando. Sábato, Borges y sobre todo Cortázar le hechizaban; eran tres de sus autores predilectos. Cuando leía al gran Julio soñaba con el día en que conociera esa tierra; cuando pudiera pasearse por las calles de Buenos Aires y por otras ciudades. Lástima que hubiera un charco tan inmenso que le separaba de su sueño; lástima que no ganaba millones mientras dormía, como los delincuentes que gobernaban en su país y los que manejaban el cotarro mundial; lástima que tenía que bregar como tantos por la supervivencia.

Recordaba la calle con indiferencia. No fue así al inicio, cuando se marchó del pueblo. Entonces se fue lleno de resentimiento por los malos tratos, como si las calles fueran entes animados. Pero necesitaba aliviar la carga que sentía, y no se percataba de lo irracional que era su pensamiento.

Después de tantos años, ya instalado en la ciudad, el acoso había desaparecido. Pero tampoco había recobrado la calma, la ilusión que le robaran en la infancia. No estaba seguro de por qué vivía. Se sentía vacío, sin objetivos. Volvía a pensar en la opción del suicidio; la alimentaba con el barniz romántico de tantas historias, de tantos dramas. Siempre le quedaba esa carta. En una ocasión había estado a punto. Incapaz de hacerlo de golpe, había empezado a abandonarse, con la idea de que la debilidad lo consumiera. Sólo el tétrico rostro de la muerte le hizo arrepentirse. Siempre se decía que era demasiado cobarde. ¿Algún día tendría el valor de jugar aquella carta?

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

25-11-2020.

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