UNA SOLEMNE PENDEJADA

*Escrito presentado a reto del grupo Atracción literaria: prosa y poesía, de Mar Aranda/Andrea Gastelum:

Aquella noche de invierno el frío le caló; él caminaba encogido, tratando de cerrar todas las compuertas de su menudo cuerpo al gélido viento. Le urgía llegar a casa lo antes posible para resguardarse del temporal, cambiarse de ropa y acostarse bien tapado, acaso al amparo de una almohadilla térmica que le ayudara a caldear la cama y entrar en calor. Pero el trayecto no era fácil. Lo había recorrido miles de veces en los últimos años; se lo sabía de memoria. Pero el equilibrio, que de normal le fallaba, ahora era todavía más débil; caminaba con serias dificultades, procurando apoyarse en las farolas. Lo importante era no perder la conciencia. A esas horas sólo podría ayudarle una patrulla de policía; y ésta le haría pasar la noche en el calabozo. No acertaba a comprender cómo se habían ensanchado las calles; quién había aumentado tanto las distancias. Sólo sabía que se sentía mareado, y que no veía la manera de llegar.

No era la primera vez que se encontraba en ese estado, aunque de la anterior habían pasado ya muchos años. Era una sensación rara. Ni él mismo sabía explicar por qué se entregaba a la embriaguez; por qué se sumía en ese mundo que le aturdía y aplacaba su voluntad; y, más aún, después de una hora de efusividad, a lo sumo, lo hundía en un estado de melancolía, al recordar las miserias de su vida. Esto venía a concluir en un sentimiento de culpabilidad y en las consiguientes lágrimas; y, para colmo, al día siguiente tendría resaca.

Pero él no era bebedor habitual. Por eso se había embriagado; por su falta de costumbre. Por eso y por su pequeño cuerpo. Una mínima dosis de alcohol era suficiente para despertarle el entusiasmo. Pero aquella noche, como en las otras en que había bajado a la morada del gran Dionisos, había participado en una de esas fiestas donde el alcohol desata las lenguas y exacerba las pasiones. En su caso no participó de la lujuria. Si en un primer instante se sintió eufórico, era demasiado tímido; y su existencia, demasiado convulsa. Sólo entonces, cuando la libido aumentaba entre los comensales, comprendió que su papel había terminado.

Tras los consabidos esfuerzos consiguió introducir la llave en la cerradura. Tenía que rebajar el alcohol; beber agua para tener un sueño lo menos pesado posible. Pero sabía que, hiciera lo que hiciera, esa noche no dormiría. La pasaría en vela; o bien resacoso; o bien eliminando todo ese líquido. Flaco favor a su ya menguada salud. Para lo que le quedaba, ya poco importaba. ¿Era aquello karma? -se preguntaba en la oscuridad, tendido sobre su lecho mortuorio, con el último resquicio de racionalidad que le quedaba-. No -se respondía taxativamente-. Aquello era sólo la actitud de un puro pendejo que ni siquiera sabía beber; la de un puro pendejo que, después de embriagarse, no podía acabar de gozar de la velada y que, para colmo, en vez de despertar satisfecho tras una noche salvaje y un maravilloso orgasmo, sería incapaz de pegar los ojos y se sentiría culpable. No. Lo suyo no era karma. Lo suyo no era más que una solemne pendejada.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

28/11/2020.

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