DEMASIADO ARDOR

*Relato para el reto de Escritura Semanal, del grupo Nada nos detiene. Objetivo: escribir una historia con veinte comienzos.

UNA HISTORIA EN VEINTE ACTOS

Sus labios encarnados reflejaban una malévola sonrisa; una sonrisa de satisfacción que venía acompañada por esa mirada astuta con que observaba el cadáver del hombre que yacía boca abajo sobre la mesa, tendida la cabeza junto a medio vaso de vodka.

Aquella mañana Ramón despertó pletórico, lleno de energía. Poco le importaba que el sueno hubiera sido incompleto; que no hubiera descansado las horas suficientes. Lo compensaba una noche de pasión desenfrenada; una noche de sexo salvaje. Su esposa, no obstante, lejos de compartir semejante entusiasmo, sentía que la libido de su marido la estaba reventando.

Era un barrio tranquilo; desde que los jóvenes de la droga se habían ido a un lugar más apartado, ningún conflicto había perturbado a los vecinos. Por eso aquella noche sorprendió tanto la llegada de un coche de policía. Apostados junto a las ventanas, muchos curiosos vieron descender del vehículo a una pareja de agentes.

Julia no podía soportar aquello; su cuerpo, al menos, no aguantaría demasiado. Lo más absurdo de todo era que él era un encanto; el mejor hombre con quien había estado. ¿A quién podía pedir ayuda? Ninguna amiga le creería. ¡Un esposo con semejante ardor! Todas la envidiarían.

Salió de trabajar a las 20:00. Otra larga jornada en el bufet de abogados, pero que compensaba, Gran parte del tiempo, en medio de los repasos de expedientes, los pasaba entre comentarios jocosos con los compañeros, acaso con un descanso para tomar un café en la cafetería de la esquina.

La noche era fría; demasiado, quizá, para la mayoría de los transeúntes, que habían abandonado las calles. Sólo unas pocas personas desafiaban las bajas temperaturas. Entre ellas, un distinguido hombre con traje y corbata.

Reunido junto a dos amigos entorno a una mesa del bar, bebía con calma aquel café intenso, con una especie de cándida sonrisa que mal podía corresponder a un hombre de su oficio.

Pensó mucho en su situación. Lo que iba a hacer era algo menos que una locura, pero no sabía de qué otro modo escapar de tan singular tortura. Pensando en Fidel, para sí misma se dijo que la historia la absolvería.

Consciente de lo que había hecho, pronto su semblante adquirió un tono de inquietud, pero ya no había marcha atrás. Tomó el celular, marcó el número de la policía y con voz temblorosa dijo: “Acabo de matar a mi esposo.”

Sobre una mesa en el comedor había dos platos con salmón y papas, alumbrados por una vela en el centro y acompañados por dos copas con vodka y una botella del codiciado brebaje.

Los agentes tomaron las escaleras, circunstancia que aprovecharon algunos vecinos para parapetarse tras las mirillas. Era un tercer piso solamente; y debían hacer gala de su buena forma.

Él vio aquello sorprendido. No esperaba un recibimiento tan romántico, pero nada sospechó. ¿Cómo podía sospechar que la mujer a la que tanto amaba, a quien tan bellos orgasmos regalaba, estaba a punto de perderlo?

“¡Policía -gritaron los agentes, tras golpear con los nudillos en la puerta-!” Al cabo de pocos segundos les abrió la mujer. Se mostró cabizbaja, pero serena. Había aceptado su destino.

En los ojos de él resplandecía la dicha del amor. Un amor inquebrantable, como el primer día. La miró fijamente. Ella le devolvió la devota mirada, aunque no fuera sincera.

¡Un matrimonio tan unido! ¡Y con aquellos gritos que hacían retumbar el edificio! Sólo podían haberse matado con sexo. Pero no. Y había sido ella la asesina.

Él la besó cálidamente. Fue un beso largo, aperitivo de la cena. Pero no. Ninguno cenaría. Todo acabaría cuando él probara el vodka.

Lo encontraron en la misma postura en que cayera. Ahí estaba el cadáver del marido, con las pupilas dilatadas, muerto apenas hacía una hora.

El barrio, sumido en una aburrida monotonía desde hacía meses, había salido del anonimato.

Sin dejar de observara y sonreír con la mirada, se llevó la copa a los labios. Segundos después se desplomaba; y la copa, golpeando contra el suelo, se hacía añicos.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

02/12/2020.

2 comentarios en “DEMASIADO ARDOR

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