MEMENTO MORI

Escrito presentado al Mundial de escritura por el grupo Nada nos detiene.

Tercera dinámica: veinte frases con el comienzo Recuerdo:

Recuerdo fugaces, como en una nebulosa, aquellos remotos días en cuidados intensivos. No. Creo que todo se reduce a mi imaginación; a recuerdos creados por las anécdotas que me contó mi padre; de cómo estuvo a mi lado cada día; las palabras cariñosas que me decía, los besos que me daba, los abrazos, cómo jugaba conmigo.

Recuerdo los paseos con mi padre por la glorieta, la avenida principal de mi pueblo, agarrándome de la mano para que no me cayera. Practicaba conmigo juegos terapéuticos. Me hacía caminar por el borde de un árbol, siempre sujetándome para ayudarme; o me regalaba cuadernos para estimular mis reflejos y mi capacidad de observación.

Recuerdo los paseos que daba por la playa con mi padre. Me untaba todo el cuerpo con crema y luego íbamos en una dirección, mirando el suelo en busca de conchas raras, caballitos de mar o restos de nácar. A menudo yo me cansaba antes de iniciar el regreso; me cansaba sólo de pensar en lo que faltaba de recorrido. Pero mi padre, siempre paciente, me esperaba; y con sus bromas y sus mimos convertía aquello en un juego.

Recuerdo las veces en que me puse a jugar con mi padre a la petanca. Era una manera amena de hacerme practicar la puntería y la fuerza, como cuando me regaló una pistola de plástico para jugar al tiro al blanco en el comedor. A menudo yo prefería usar la izquierda, porque esa parte del cuerpo se me quedó muy débil tras la operación.

Recuerdo cómo mi padre me ayudaba con las tareas escolares. Con todas, aunque creo que en especial con las matemáticas; y aún en el instituto con el latín y el griego, sus dos materias predilectas. Siempre decía que habría estudiado filología clásica de haber habido en su ciudad en aquellos años.

Recuerdo cuando mi padre me regaló mi primer diario. Yo tenía diez años, y me daba escribir. Mi padre me hablaba acerca de lo divertido y emocionante que podía ser escribir un poco todos los días y, años más tarde, leerlo. Él mismo lo hacía; y sigue haciéndolo. De ese modo me estimuló la imaginación y me hizo mejorar la ortografía. Al principio yo era inconstante, pero terminé enamorándome de mi propio libro.

Recuerdo también los primeros libros que me sugirió, de Julio Verne, que en su infancia le cautivó. Confieso que no sabría decir cuáles me he leído y cuáles no. Pero aquello fue mi segundo despertar de la imaginación. Al principio también fue lento y perezoso. También me costó tomar el hábito. Hasta que me entusiasmé.

Recuerdo las noches en que me despertaba angustiado, en la muerte. Ignoro por qué me angustiaba tanto; supongo porque había estado varias veces a las puertas. Despertaba a mi padre llorando; y él con toda la paciencia me llevaba al comedor y me hablaba del eterno retorno, de Epicuro, de los presocráticos… Cosas que por aquel entonces yo no entendía más que vagamente, pero que me ayudaban a recuperar la calma. Y, ya de paso, me despertaban el interés por la filosofía.

Recuerdo la primera vez que vi la nieve. Mi padre nos llevó en coche a un amigo y a mí a un pueblo. Creía que era donde ha trabajado casi toda su vida como profesor, pero me lo ha negado. En cualquier caso, fue un día muy agradable. Mi amigo y yo posamos con sendas bolas de nieve que después nos llevamos a nuestras casas, para tratar de conservarlas.

Recuerdo cómo me apoyó mi padre durante la primaria y la secundaria, cuando, recluido en casa, sin relacionarme con nadie y llorando por mi soledad, se ponía a jugar conmigo. A veces mi hermano lo sustituía. Todo eso haría que me convirtiera en una persona muy retraída.

Recuerdo, por otra parte, el día en que leí aquel hermoso poema. El contenido lo he olvidado, pero sé que me enamoró. Esas palabras me hablaban de un alma tierna y cristalina. Me pregunté al momento quién podía ser semejante criatura.

Recuerdo cómo me asaltó el miedo cuando respondió con entusiasmo a mis comentarios; cómo en mi interior se entabló una encarnizada lucha entre el deleite que me producía leer a esa mujer y la resistencia a creer que realmente existiera un ser tan sensible y tan cariñoso.

Recuerdo que me desgarró la duda; y que, después de haberme alejado, la busqué. Le pedí disculpas por mi actitud; disculpas que, como no podía ser de otra manera, aceptó. Yo nunca podré perdonarme todo el dolor que le causé y todas las lágrimas que le hice derramar por mi paranoia.

Recuerdo la alegría que inundó desde entonces nuestras pláticas; en especial, desde la primera vez que nos vimos. Y, si yo había sido suspicaz, en su casa también lo eran conmigo. La primera vez que me vio su madre, me lanzó una mirada escrutadora que quizá a otras personas de menos temple habría petrificado.

Recuerdo, no obstante, cómo el trato continuo hizo que poco a poco fueran cediendo las reticencias. Aquella mujer excepcional que era mi amiga, pero a quien ya consideraba mi novia y casi mi esposa, me había devuelto la ilusión. Cada día necesitaba oírla, verla. Pensaba en ella a todas horas.

Recuerdo cómo pensé en ella la tarde en que me accidenté, hace más de un año. Pasaría más de un día sin poder comunicarme con ella, pues estaba hospitalizado y no llevaba el celular encima. Según supe a posteriori, aquella noche no durmió, presa del pánico de que me hubiera pasado algo. Es un ángel.

Recuerdo la primera vez que me enseñó su casa; el entusiasmo con que me mostraba cada rincón y con que me hablaba de sus hermanos, de sus gatos y de su perro. Me hacía soñar despierto. Anhelaba el momento de tenerla a mi lado. Era tanto el amor que se respiraba en cada palabra, en cada gesto.

Recuerdo, sin embargo, momentos más crudos. Cuando, después de una noche de insomnio o dolorida por alguna de las enfermedades que la asolan, sentía que se me traspasaba el corazón al observar sus mejillas anegadas en lágrimas. No era justo que mi ángel sufriera lo más mínimo.

Recuerdo la ilusión con que siempre me hablaba; todos los proyectos de futuro, algunos más realizables, otros más utópicos.

Recuerdo, sobre todo, esos ojazos pardos, esa mirada enamorada con que cada día me hechiza; esa deliciosa sonrisa; esa felicidad que transmite; esa voz delicada y sensual que me subyuga. Flora Ubaldo Alarcón, te amo princesa mía.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

09/12/2020.

3 comentarios en “MEMENTO MORI

    1. Muchas gracias, mi princesa. Eres adorable. Sé que todo cuanto diga sobre ti será insuficiente para reflejar lo maravillosa y lo importante que eres. Te amo, lucero mío 😘😘😘❤️❤️❤️.

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