DEMASIADO TARDE

Una vez más sentí lo insignificante que era mi vida; lo absurda que era mi existencia. Quizá ello redundara en mi estado afiebrado, en una mayor debilidad, que me llevaba a tenderme en la cama sin ánimos de levantarme. Y es que, ciertamente, no entendía qué sentido tenía nada de lo que hiciera. Así, hasta mis lecturas me sumían en el tedio; y ni escribir era suficiente para llenar mis vacíos.

Creo que desde hace muchos años me siento así, aunque todo depende de temporadas; hay épocas en que la crudeza de mi existencia se me hace más insoportable. Y en estos últimos días he percibido que, si mi vida era tan intrascendente como otra cualquiera, es, sin embargo, mucho más miserable. Y no creo que yo sea más consciente que el resto de su fugacidad -o quizá sí; no estoy seguro. Al fin y al cabo, he estado a punto de morir en varias ocasiones-, sino porque desperdicio el poco tiempo de que dispongo y desaprovecho las escasas oportunidades que tengo.

Es el gran problema que entraña el éxito ajeno: que, cuando se nos resiste, nos hace sentirnos más insignificantes, hasta despreciarnos, incluso. Uno acaba huyendo de todo y de todos. La misantropía deja de ser escudo suficiente para amortiguar los golpes de la realidad; uno termina por torurarse y por culparse. Acaso no sea culpa suya haber llegado a tal situación; acaso no haya sido nada fácil. Pero esa angustia debe canalizarla. Primero trata de expulsarla y manifestarla frente a los demás; después, cuando esto no es suficiente, contra sí mismo. Esto debería redundar en último término en el suicidio; en el fin del dolor por decisión propia. Pero ése es el punto más complicado.

La debilidad del cuerpo, y acaso la enfermedad, parece más bien una invitación para alentar ese duro trance. Si uno no se atreve a abrazar la muerte de manera directa, ésta se empieza a manifestar lentamente, con femenil coquetería. En esos pequeños instantes de desvanecimiento, todavía con una pizca de conciencia, hacemos balance de nuestra existencia y la contraponemos a la de cuantos nos rodean; y entonces comprobamos que, si ellos han triunfado; si tienen el reconocimiento de sus seres queridos y envejecen de forma dichosa, uno, por contra, no puede hacer más que dar vueltas en un bucle. Cada día más viejo, cada día más enfermo, cada día más muerto, pero sin progresar. Siempre estancado. Y siempre infeliz.

Sabe que no lo hará; que sencillamente se dormirá y al día siguiente emprenderá otra jornada rutinaria. Sin valor para arriesgarse y sin valor para morir. Al principio quizá luchó un poco; quizá hizo tímidos esfuerzos por sobreponerse y cambiar. Pero ya no. Cada vez que miraba a esos tiempos y a esas aspiraciones de redención, se hundía al percibir su propio fracaso. No. ¿A quién quería engañar? Sabía que nada iba a cambiar. Si durante tantos años no había tenido el valor que había necesitado, ahora ya era demasiado tarde. No tenía fuerzas para nada. Ni siquiera para morir.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

13/12/2020.

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