EL GRAN TIMO

*Reelaboración de un comentario a un escrito de Ana de Lacalle.

Desde luego, hay muchas cosas que no cuadran. Decretar toque de queda durante seis horas de nada sirve cuando durante el resto del día se mantiene un ritmo normal. Parece que lo que interesa es mantener el ritmo productivo para que las empresas y la economía no decaigan; eso es lo que en verdad importa.
Por lo demás, lo del lenguaje bélico es algo que ya observé al principio, durante los tres meses de cautiverio que tuvimos. Se hablaba de “estado de alarma”, de que “estamos en una guerra”, de que “venceremos”; y toda la gente en los balcones… Era un ambiente bélico.
No sé… Todo esto, junto al hecho de que se nos obligue a llevar mascarillas, me hace dudar. Es como querer atemorizar al ciudadano. Más allá de que estemos en una situación crítica; más allá de que el bicho esté ocasionando muertes, hay que tener en cuenta que ese bicho no es un ser perverso que se regodee con nuestro sufrimiento y quiera fundar un imperio a costa de exterminarnos. Y las mascarillas, al margen de su cuestionable utilidad, juegan el papel de uniformarnos, de privarnos de personalidad. Todos somos uno; que nadie se salga del redil. Y, por cierto, ése es otro timo: que las mascarillas estén exentas de iva en Italia y que tengan un iva superreducido en el resto de Europa, mientras aquí tenemos el máximo. Se trata de un bien de primera necesidad, cuyo uso es obligatorio, so pena de unos 100 euros o más. Debería estar exenta de impuestos. Pero claro: la cuestión es recaudar dinero; y eso de hacer que paguen más las grandes fortunas y los bancos, para que se cumpla la Constitución, como que no.

En un principio se responsabilizó a la Unión Europea del arancel tan elevado -y así parece ser-. Esto ya hizo pensar en un negocio que venía amparado desde Bruselas. Y claro: a día de hoy se vive en un estado de caos tal, que todos desconfían de todos; es muy difícil que un desconocido te dé la mano; incluso un amigo. Y, por otra parte, ha proliferado toda una industria entorno a las mascarillas -pues las autoridades sanitarias advierten de que debería usarse una al día; incluso dos-. En medio de ese pánico, la gente interioriza la necesidad de renovar el bozal; y hasta de vigilar al vecino.

Pero lo peor de todo es que esto, que en principio se quería -o eso se nos dijo- aplicar como una medida transitoria y de emergencia, va camino de perpetuarse sine die. De ahí las industrias, con los modelos originales de bozales graciosamente decorados, incluso de marca; de ahí que los propios maniquíes de las tiendas de ropa aparezcan con bozal; de ahí que incluso las muñecas lleven su propia mascarilla. Los niños -más en concreto las niñas, en este caso- tienen que crecer con la idea de vivir con mascarilla; de vivir con miedo. Es una prenda de ropa más, tan necesaria como unos pantalones o una camisa; y, además, tiene que ser elegante.

Y ahora se dice que por fin tenemos vacuna; y que por fin se empieza a vacunar. Pero, curioso, no se menciona cuál o cuáles son esas microbacterias empleadas para la elaboración de dichas vacunas. ¿Por qué tanto secretismo? ¿Acaso no tenemos derecho a saber qué es lo que nos van a inyectar? ¿No tenemos derecho alguno sobre nuestro propio cuerpo? ¿Ni a saber cómo nos van a matar? Porque, por supuesto, nos la van a meter. La peor distopía que pudiéramos habernos imaginado creo que no podría compararse con lo que estamos viviendo y con lo que se nos viene encima.
En cuanto al desconocimiento del origen del bicho, es algo parecido a la crisis económica. Se habla de crisis económica, como si fuera una mujer que viene cuando le da la gana, en vez de exponer las causas para que el pueblo las vea; en vez de culpar a la especulación, a los créditos que se deben a Europa, a Maastricht… No interesa que nada de eso se sepa.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

28/10/2020-21/12/2020.

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