UN GRAN HOMBRE

*Relato presentado al mundial de escritores por el grupo Nada nos detiene.

Cuarta consigna: El arco narrativo de mi padre:

Quizá pueda calificarse como un accidente el hecho que llevó a mi padre a nacer en esta tierra; aunque también creo que sería complicado hallar un caso que no estuviera sujeto a diversos avatares y condicionantes, pero no sé. Acaso en determinadas circunstancias sea más fácil prever la suerte de una persona; acaso uno pueda tener más control sobre su vida. Pero en un contexto de una guerra civil y de una dictadura eso es más complicado, por no decir imposible. Su familia, entonces adinerada, lo perdió todo, y sus miembros se vieron obligados a emigrar. Descender de Catalunya a Valencia, del mismo modo que descendieron de clase alta a otra baja. El cambio geográfico emuló el económico-social.

El siguiente paso fue el idioma. Si en su familia el catalán había sido la lengua vehicular, en su nueva tierra mi padre se formaría con el castellano, atizado, además, por los prejuicios de la dictadura y el abominable centralismo. La lengua familiar quedaba relegada al olvido, convertida, en el mejor de los casos, en una pieza de museo.

El aspecto psicológico también es importante, por supuesto; y no sólo eso, sino muy complejo. ¿Cómo afrontar la vida en la pobreza, tratándose de una familia numerosa de diez miembros? Lo peor fue cuando el cabeza de familia, el padre, falleció de tuberculosis. Abrumada por la situación, la madre puso a trabajar desde temprana edad a los dos mayores, que no terminaron los estudios. Afortunadamente, ése no fue el caso de mi padre y de sus otros cuatro hermanos -en total eran siete-, si bien su destino tampoco sería muy halagüeño; pues fueron internados en un colegio de monjas donde pasaron mucha hambre, hasta el punto de que en una ocasión mi padre se desmayó. Y aún más: le pegaron para que aprendiera a escribir con la mano derecha, puesto que era zurdo; y eso hasta hace no demasiado era considerado señal de posesión demoníaca. Mi padre le insistió a mi abuela para que los dos hermanos pequeños no ingresaran en ese colegio, pero le ignoró.

A pesar de todo esto, sin embargo, mi padre se desarrolló bien. Consiguió sobresalir en sus estudios de filosofía y eludió meterse en problemas políticos, ni siquiera cuando se produjo el paso a la farsa conocida como democracia. Ignoro si alguna vez ha creído en la misma o si, en caso de haberlo hecho, sigue haciéndolo. Pero, sea como fuere, ha preferido mantenerse al margen y atacar desde la docencia a esa iglesia que durante tantos años lo martirizó, por más que se escandalizaran los padres del Opus.

Pero lo que más admiro es cómo, pese a haberse criado sin padres (su madre se despegó de los hijos; su abuela materna era su única fuente de cariño), él ha sido muy afectuoso con los hijos. Y más aún: cómo, a pesar de esa carencia, ha sabido lidiar con un obstáculo tan grande como pueda ser tener un hijo discapacitado. Desde el primer día pensó en cómo organizarlo todo; cómo trabajar en su recuperación y ayudarle para que no se abatiera y no lo abrumaran las frustraciones.

Creo que nunca hallaré la paz; que jamás podré huir de mis frustraciones y sentirme una persona normal. A mis años veo muy difícil una marcha atrás; son demasiadas y demasiado profundas las heridas. En cualquier caso, sé que si no hubiera sido por mi parte, por su paciencia y su constancia, yo habría acabado mucho peor.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

03/01/2021.

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