GOTAS DE NOSTALGIA (II)

¨Debes aprender a canalizar mejor tu ira». Recordaba las palabras y se sentía humillado. Aquellas palabras, pronunciadas por Esculapio, a quien siempre había tenido por un medicucho de pacotilla, por un engreído, que no valía ni lo que la mugre que se incrustaba entre la uña de su dedo meñique (el derecho. El izquierdo era demasiado para ese medicucho de segunda fila). Esas palabras le taladraban el cerebro. Y pronunciadas, además, con aquel tono condescendiente. Había sido la venganza que durante millones de años había pacientemente aguardado el ladino galeno. Aquel tono tan afable rezumbaba ahora en sus oídos. Sin necesidad de la menor violencia, sin arriesgar su integridad física, con la mayor sutileza le había dicho que estaba acabado; que él, Esculapio, el olimpucho de la medicina, lo tenía dominado. Y aquella violencia soterrada podía tener el peor desenlace si se iba de la lengua y lo contaba. El juramento hipocrático se lo impedía, pero en las orgías de los olímpicos, bajo el efecto del vino, cualquier cosa podía pasar. Además: el juramento hipocrático de nada servía cuando se trataba de aplastar a un enemigo; y menos aún cuando era un enemigo tan poderoso. Casi todos los inmortales eran hermanos suyos; le debían la vida, después de haberlos salvado de la voracidad de Cronos. Pero las rivalidades persistían; todos ansiaban mayor poder. Si en dos generaciones consecutivas el hijo había derrocado al padre, ¿no podía ocurrir ahora que un hermano buscara apoyos para destronarlo? Y lo más vergonzoso era cómo recibiría Hera la noticia de la depresión de su esposo. Podía oír su carcajada taladrándole la cabeza. Y la victoria de Esculapio habría sido rotunda.

¨Debes aprender a canalizar mejor tu ira». Se maldecía por haber aceptado el consejo de Hefesto; ahora su trono pendía de un hilo. Se merecía que lo dejara en silla de ruedas. ¡Canalizar su ira! ¡Lo pensaba y la cólera le abrasaba las entrañas! Precisamente esa aquiescencia con su humilde servidor y ese rebajamiento ante el olimpucho le oprimían ahora con fuerza el alma. No debía canalizar mejor su ira. ¡¿Qué podía esperarse del galeno!? La solución a sus problemas era desatar su agresividad y demostrar que no había flaqueza en su ánimo.

No podía dejar a Hefesto en silla de ruedas; eso jamás se lo habría perdonado. Por otra parte, el frasco que blandía en la zurda constituía un peligro. Por más y mejor que lo guardara, en cualquier momento alguien podía hallarlo; y eso sería su perdición. Debía deshacerse de él. En adelante sólo permanecerían en su memoria los recuerdos de aquellas joyas.

Agarró con firmeza el rayo, cerró los ojos y lo arrojó junto al frasco. Éste se perdió en el camino; el rayo, en cambio, se precipitó en la península itálica. Acres gases empezaron a brotar del Vesubio; la población contempló horrorizada las amenazadoras erupciones que asomaban por el cráter del volcán. En apenas unas horas, Pompeya y Herculano quedaron reducidas a cenizas.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

09/01/2021.

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