EL CASTILLO, POR FRANZ KAFKA

Al irse, K observó en la pared un retrato oscuro en un marco oscuro. Lo había visto ya desde el lecho, pero no había podido distinguir a distancia los detalles y pensó que habían quitado del marco el verdadero cuadro y sólo se veía el fondo negro. Sin embargo, se trataba de un cuadro, como podía ver ahora: el busto de un hombre de unos cincuenta años. Tenía la cabeza tan inclinada sobre el pecho que apenas se le veían los ojos, y parecían obligarlo a esa inclinación la frente ancha y pesada y la nariz, muy curvada. La barba, aplastada contra la barbilla a consecuencia de la posición de la cabeza, se extendía por abajo. La mano izquierda se apoyaba abierta en los espesos cabellos, pero era incapaz de levantar la cabeza. “¿Quién es?”, preguntó K, “¿El conde?” Estaba ante el retrato y no se volvió para mirar al posadero. “No”, dijo el posadero, “el alcaide”. “Verdaderamente, qué alcaide más apuesto tienen en el castillo”, dijo K, “lástima que tenga un hijo tan descastado”. “No”, dijo el posadero, atrayendo un poco hacia sí a K y susurrándole al oído: Schwarzer exageró ayer; su padre no es más que un subalcaide, e incluso uno de los menos importantes”. En ese momento, el posadero le pareció a K un niño. “¡Qué granuja!”, dijo K riéndose, pero el posadero no se rió con él, sino que dijo: “También su padre es poderoso”. “Vamos”, dijo K, “tú crees que todos son poderosos. ¿Yo también?” “A ti”, dijo él tímida pero seriamente, “no te considero poderoso”. “Entonces eres muy buen observador”, dijo K. “La verdad es que poderoso, dicho sea en confianza, no lo soy. Y, como consecuencia, probablemente no respeto a los poderosos menos que tú, aunque no soy tan sincero y no siempre quiera reconocerlo”. Y, para consolarlo y congraciarse más con él, le dio una palmadita en la mejilla. El posadero sonrió un poco. Era realmente un muchacho, con aquel rostro blando y casi imberbe. ¿Cómo había dado con aquella mujer ancha y de edad, a la que, detrás de una ventanilla, se veía trajinar por la cocina, allí al lado, con los codos muy separados del cuerpo? Pero K no quiso insistir más con él para que no acabara por desaparecer su sonrisa; le hizo un solo gesto de que abriera la puerta y salió a la hermosa mañana de invierno.

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