UNA RELACIÓN PERFECTA (II)

-¿Te gustaría comérmelas de nuevo, verdad -me preguntó con una sonrisa cargada de lascivia-? ¿Por qué no lo haces?

Retiré la mano de sus senos, molesto por aquella actitud burlesca, como si de alguna manera me despreciara. Sabía que no era así. Julia me adoraba; era sólo su carácter juguetón, esa facilidad de evadirse y tomarlo todo a broma. Esa alegría y esa actitud positiva me habían seducido. Pero me desconcertaba que en un momento tan importante para ambos no mantuviera la calma. En su lugar, dio un tirón y me arrancó la sábana sin parar de reír. Aquello me alteró.

-Julia, cariño! ¡Estoy hablando en serio! ¡¿Por qué no me respondes!? ¡¿No puedes serenarte por un momento, por favor!?

-¡Qué mono y qué sexi te pones cuando te enfadas! ¿Quieres que te responda -dijo de pie junto a la cama, con la sábana envolviendo su bello cuerpo desnudo y sin parar de reír, por más que se lo pidiera-? La respuesta es sí. Hablo en serio.

-¡¿Qué -exclamé-!? ¡¿Cómo puedes decirme eso!?

-No sé. Me excita pensar en tu pequeño soldadito dentro de otra mujer.

-¿Tu pequeño soldadito? ¿Cuándo lo degradaste? Antes era tu gran general. ¿Tan malos servicios te ha prestado?

Aquel detalle me tocó la moral; me hizo sentir humillado. El tono colérico de mi voz se apagó.

-¡No seas tonto -gritó ella. Acto seguido, saltó sobre la cama, se abalanzó sobre mí y empezó a besarme-! ¡Mira que eres bobo! Te digo las cosas con ternura y montas una escena. Claro que estoy orgullosa de tu soldadito; no importa cómo lo llame. Y precisamente por eso quiero compartirlo, porque quiero que otras mujeres vean que tu general vale más que muchos ejércitos; y que ese general es mío.

-¡Pero amor, eso que me pides es absurdo -ahora era yo el que estaba fuera de la cama, sólo que no tenía la sábana-! ¡Cualquier otra mujer lo vería como algo muy grave, como un motivo de divorcio!

-Pero yo no soy como las otras mujeres; por eso te fijaste en mí. Y tú tampoco eres como los otros hombres. Cualquier otro se habría excitado sólo con oír mi propuesta.

-Está bien. Trata de mirarlo desde este punto de vista: me pides que tenga una amante, que te engañe, a pesar de que esa idea me repugna. Pero, ¿cómo puede haber engaño si accedo obligado y eres tú, además, quien me lo pide y tú, por supuesto, estás al corriente de todo?

-Bueno, pero me gusta pensar en la idea de que puedas hacerlo; y, si algún día te sorprendo con alguna, eso me parecerá muy excitante.

-¿Y no puedes pedirme algo más normal? ¿Que hagamos un trío con tu hermana? ¿Que hagamos una orgía con nuestros amigos?

-No. Eso es algo muy común. Déjame sonar con una locura. Y deja ya de hablar del tema y vuelve a la cama, que mi amiguito está cogiendo frío; no quiero que se costipe -dijo, al tiempo que soltaba la sábana y se estiraba por encima del lecho para atraerme hacia ella con la mano-.

Y una vez más lo consiguió. Julia aplacó mi voluntad. Consiguió que me amansara y -lo más increíble- que mi gran general y yo estuviéramos a la altura de las expectativas y que libráramos con rotundo éxito otra gran batalla. Había sabido calentar mi pólvora. Esa vez gritó como nunca.

Y fue así cómo por mi amada esposa empecé a tener amantes.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

18/01/2021.

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