UNA RELACIÓN PERFECTA (III)

La primera fue Gloria; la conocí una noche. Aquel día había sido el cumpleaños de mi esposa, y salimos a cenar para celebrarlo. No escatimé en gastos; la llevé a un restaurante lujoso y pedí un buen tinto. Julia se mostró entusiasmada y feliz, fiel a su temperamento. Quizá demasiado. Me dio la impresión de que estaba agitada, incluso despistada. Fue en repetidas ocasiones al baño. En su momento no le di importancia; lo vi normal. Quería estar perfectamente explosiva, con aquel brillo en los ojos, con su piel tersa, con un vestido rojo muy escotado y muy corto que le marcaba la silueta.

Salimos del restaurante al cabo de unas dos horas y dimos un paseo por una de las principales avenidas, con la idea de rebajar la cena, siempre cogidos de la mano y alimentando el deseo para acabar de rematar la fiesta. Cuando, ya de regreso, nos metimos por un callejón solitario y húmedo, que desentonaba mucho con nuestro gusto exquisito, vimos que se acercaba hacia nosotros una mujer de mediana estatura, con el cabello encrespado. Vestía unos pantalones de cuero muy ceñidos y blusa blanca y parecía muy nerviosa. Nos dijo que era de Palenque; que acababa de llegar y que le habían robado. Se sentía desesperada. No tenía dinero ni celular. Le sugerimos que fuera a una comisaría a poner una denuncia, pero no se atrevía a ir sola a ninguna parte, y menos a esas horas de la noche. Y entonces, cuando nos dijo aquello, Julia le ofreció que yo la acompañara. Ella estaba demasiado cansada; prefería darse una ducha y acostarse.

Atónito por aquella respuesta de mi esposa, acompañé a aquella pobre criatura indefensa a la comisaría más cercana. Su declaración fue del todo inverosímil, y parece mentira que ni los agentes ni yo supiéramos reaccionar a su testimonio. Que estaba tomándose un tequila en un bar y que de repente vio que el bolso había desaparecido. En mi defensa sólo puedo decir que me sentía demasiado agotado para pensar con claridad y que soy demasiado inseguro como para desconfiar de una mujer que se me acerca con lágrimas en los ojos. En cuanto a los policías, estoy convencido de que desde el principio se dieron cuenta de que mentía y que yo no era más que un pobre imbécil, y le siguieron la corriente sólo para divertirse.

Sin dinero y desamparada en una ciudad desconocida, ahora el problema -el supuesto problema- era cómo regresar al hotel. Por suerte, había apuntado el nombre; lo busqué y la acompañé hasta su habitación. Y, una vez ahí, me pidió que pasara la noche con ella. Me dijo que estaba muy agradecida a Julia y a mí por todo aquello, pero que después de lo ocurrido no se sentía con fuerzas para pasar la noche sola; y que, por ello, me rogaba que permaneciera a su lado. Aquello era demasiado; mucho más de lo que podía soportar; y me negué en rotundo. Entonces se lanzó a mis pies con los ojos anegados en llanto; procuré calmarla, pero no me escuchaba; ni tan sólo me dejaba hablar. Era una situación muy embarazosa. Abrumado por algo que sobrepasaba mi capacidad de reacción, decidí telefonear a mi esposa y ponerla al corriente. Y ella puso la guinda a aquella noche: me respondió que lo entendía perfectamente; que debía de ser terrible que te robaran el primer día de llegar a la otra punta del país; y que, por tanto, no veía inconveniente en que durmiera esa noche en su habitación.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

20/01/2021.

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