UNA RELACIÓN PERFECTA (IV)

Como respuesta a mi perplejidad, lo que percibí por parte de aquella mujer fue una sonrisa burlona, detrás de la cual se ocultaba la satisfacción por su victoria; el hondo regocijo interior por ver cómo se desvanecía mi única posibilidad de evadirme; una posibilidad que había considerado tan firme y cuyo fracaso, al hundirme, la agrandaba.

Era la primera vez en toda la noche en que la veía sonreír, aunque fuera una sonrisa tan molesta. Y entonces me pareció hermosa. Las lágrimas que pocas horas antes habían inundado sus mejillas desaparecieron para dar paso a una mujer preciosa y rejuvenecida. Acaso en aquel aspecto también me sentía derrotado. Había desaparecido la mujer indefensa; en su lugar, frente a mí se erguía una mujer cuya belleza me seducía. Veía su impecable sonrisa y sentía que me encontraba frente a una mantis.

-Ha sido un día muy largo. Date la vuelta, por favor; voy a darme una ducha.

Me giré y aguardé a oír el agua para voltearme. Cuando lo hice, todavía inquieto por la situación, me dediqué a dar minúsculos paseos por el dormitorio. En una esquina había depositado cuidadosamente los botines negros; la ropa, sobre una silla. Sólo entonces me percaté de unos pendientes blancos y pequeños, que debían de haber adornado sus orejas, y que ahora reposaban sobre la mesita que había en el lado de la cama que iba a ocupar. En cuanto a mí, sabía que no descansaría.

De pronto el agua cesó. Al cabo de unos segundos se abrió la puerta y salió envuelta en un albornoz rosado y llena de vigor. Su melena castaña revivía; ondeaba sobre sus hombros y se balanceaba a cada paso que daba con un ritmo gracioso que confirmaba una sonrisa que me atraía cada vez más. Sus carnosos labios, aún sin decir nada, me llamaban;su chispeante mirada, sensual, me abrasaba.

-¿Y tú? ¿No quieres darte una ducha? Te ayudará a relajarte -dijo, de pie frente a mí, con un tono melódico, juguetón. Se sabía dueña de mí-.

-No, gracias.

-¿Qué te pasa? ¿Acaso tienes vergüenza -me preguntó mientras me rodeaba el cuello con las manos y me clavaba la mirada.-? ¿Qué crees que pueda pasar si te refrescas un poco?

-¡Bueno, ya es suficiente -dije, tratando de desembarazarme de ella y de recobrar el control.-! ¡Esto no puede seguir así! ¡Mi esposa y yo hemos querido ayudarte y tú ahora te tomas unas confianzas conmigo que no me merezco; y mi esposa tampoco! ¡Nunca le sería infiel; y menos con alguien a quien acabo de conocer!

-¿De verdad -preguntó sin perder la osadía, imperturbable-? ¿Acaso hace unos segundos no me has contemplado con deseo? Y, por otra parte, no te llama la atención que tu esposa te deje pasar la noche con una desconocida? ¿Acaso no sabe ella lo que puede ocurrir? ¿O es que ella misma lo desea y ha visto en este caso una oportunidad?

Entonces me acordé de la conversación que había tenido con Julia hacía ya tres meses; nunca habíamos vuelto a sacar el tema. Y de repente aparecía esa mujer hermosa, apasionada. ¿Debía hacerlo?

Me debatía en esa duda cuando se desabrochó el albornoz y lo dejó caer con negligencia. Entonces contemplé su bello cuerpo desnudo; esa piel canela y suave que lucía sus bonitas curvas; esos senos turgentes y firmes que apretó contra mi pecho. Ahí se aflojaron todas mis defensas. Me excité, y ella lo notó. Me besó y empezó a desabrocharme la camisa, sin que yo opusiera resistencia.

Autor: Jaavier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

23-01-2021.

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