UNA RELACIÓN PERFECTA (VI)

Así transcurrieron hasta tres meses. Los jueves me escurría furtivamente hacia ese mundo prohibido y me sumergía en la fantasía de mi esposa, convertida también en mía; mi cuerpo se unía al de mi amante con la pasión que nos proporcionaba el supuesto peligro. Durante el resto de la semana, orgulloso con aquella azaña, hacía vibrar en nuestro lecho a Julia. Jugaba con cada línea de su cuerpo, con cada curva, con cada poro; y ella gozaba como nunca antes lo había hecho. Al mismo tiempo, pensando en el jueves siguiente y en el anterior, yo me embravecía.

Quién sabe cuánto podríamos haber durado con aquel ritmo; quizá no habría terminado nunca. Pero terminó.

Habían transcurrido tres meses desde que se iniciara mi doble vida cuando decidí darle una sorpresa a mi esposa. Y lo conseguí. El problema fue que ella me correspondió de igual manera.

Aquel día era víspera del día de los muertos. Trabajé intensamente en el banco y regresé a casa una hora antes para ponerme un disfraz de esqueleto y esconderme en el armario de nuestra hhabitación, donde permanecería hasta que regresara; y entonces, mientras estuviera cambiándose, me abalanzaría sobre ella.

El plan iba tal como esperaba. Era molesto estar apretado entre mis propias camisas; me costaba respirar; y más con ese disfraz. Pero me compensaba pensar en la cara que pondría mi esposa cuando, medio desnuda, me viera salir. Me regodeaba con anticipado deleite cuando oí la puerta de casa; poco después se encendía la luz del dormitorio y entraba Julia. La vi quitarse los molestos tacones y dejar escapar un suspiro de alivio, acompañada por una mueca que afeaba su bello rostro, aunque también me hacía pensar en una expresión parecida que ansiaba provocarle en unos minutos. Luego se quitó los vaqueros ajustados. Me gustaba verla así, con sus hermosas piernas, sólo protegidas por una delicada braguita, que caería víctima de la lujuria.

Creí llegado mi momento, pero entonces observé que recibía un mensaje, y decidí esperar. No tardé más que unos segundos en darme cuenta de que se trataba de un vídeo porno; y ese vídeo porno lo conocía. Cuando tu amante lleva semanas insistiéndote, por más que te resistas, acabas cediendo; y más si te dice que la persona encargada de grabarlo es su hermana. No sabría explicar exactamente el porqué, pero es un fetiche de todo hombre heterosexual que se precie: tener sexo con dos hermanas; o que una de ellas, por lo menos, lo vea y lo grabe. Cuando Gloria me presentó aquella opción, la escasa cordura que me quedaba se esfumó. Sabía que era un gran riesgo, que se trataba de una prueba que, quién sabía cómo, podía llegar a Julia. Y a pesar de todo lo hice.

Al principio me quedé frío. Mi esposa viendo aquello. No cabía duda; éramos nosotros. Pero desde el armario no percibí signo alguno de enojo por parte de Julia; ningún grito, ni la más mínima lágrima enturbió sus bonitos ojos. En cambio, me pareció notar que sonreía; y, lo que en un principio fue sólo una sonrisa, fue evolucionando en una mueca de admiración; de excitación, más bien, con los ojos desorbitados, contemplando fijamente la pantalla. Su mirada rebosaba lascivia. Estaba tan absorta en el celular, que mientras lo sostenía con la derecha, se llevó la izquierda a la braguita y empezó a bajarla. Entonces, con una mezcla de indignación y desconcierto, salí bruscamente del armario.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

25-01-2021.

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