UNA RELACIÓN PERFECTA (VIII)

Pocas veces lo he hecho con mi esposa a esas horas de la tarde; lo de aquella tarde fue algo atípico, puesto que toda la situación lo era; aquello no había sido fruto de un plan romántico, iniciado con dulces besos, sino más bien de un arrebato inesperado, a raíz de mi alocada idea de sorprenderla. Quizá ello influyera en que Julia se quedara dormida minutos después de acabar, como extenuada por la bravura. Yo también me sentía agotado, y más por el súbito cambio; había sido yo quien había desatado toda la adrenalina, al fin y al cabo, pasando de aquella furia descontrolada a aquel tranquilo sosiego. Sin embargo, permanecía despierto, reclinado sobre el respaldo de la cama, fumando en silencioun poco de María. Nombre gracioso para una hierba; muy católico. Lo pensaba y me imaginaba a esa mujer haciéndose un porro junto al amante de turno y riéndose con él porque le había dicho a su esposo que se habíia quedado embarazada por mandato divino, y el muy pendejo se lo había creído. Solo pensarlo me atacaba la risa, pero debía contenerme; no quería despertar a Julia. En cualquier caso, la hipótesis me parecía consistente, muy verosómil. Claro, que el nombre completo cambiaba un poco. Si aparecía con esa h muda, espectral, como el humo que revoloteaba por el dormitorio con ese delicioso aroma que nos adormecía a mi esposa y a mí, era una cosa. Pero me parecía ridícula la sustitución de la h por una j; me hacía pensar en una gitana de los suburbios que iba corriendo por las calles con sus carnes hinchadas y seguida de tres chamacos o más; acaso con uno pegado a las tetas, para vender frutas y verduras en el mercado o simplemente mendigar.

Imbuido de estos pensamientos, recordé las palabras de Julia al decirme que era poco observador; que sólo pensaba en los números y en el sexo. Quizá no hubiera querido reprocharme nada, pero me sonaba a eso. O quizá fuera sólo un síntoma de mi inseguridad. Al fin y al cabo, ella era la intelectual; el piso estaba lleno de libros de filosofía y de la literatura más tediosa y deprimente que podía imaginar. Algunas veces me había querido hablar de esos libros y de las truculentas vidas de sus autores, pero yo me negaba a escucharla; desenfundaba amenazante la física cuántica y amagaba con bombardearla con las teorías de Adam Smith, Keynes y otros economistas, hasta que conseguía que se batiera en retirada sin que ninguno de los dos sufriera daños.

Pero el reproche sexual no me lo merecía. Acaso estuviera obsesionado; no lo iba a negar. Pero ella lo estaba más que yo. Había sido idea suya aquella locura, y era ella quien estaría seguramente soñando con mi amante, tan pronto teniendo sexo con ella como conmigo. Y había sido ella quien había insistido en comprar ese armario de una madera tan deprimente y tan débil, sólo porque le gustaban los espejos que había en las puertas. Sólo verlos, me tiró del brazo para que acercara el oído y me dijo en voz baja que podríamos tener sexo frente a ellos; que mirarnos sería muy excitante. Con aquel criterio cerramos la compra.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mii soledad.

29-01-2021.

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