LAS ÚLTIMAS PLUMAS DEL IMPERIO

*Escrito presentado a reto por el grupo Artes literarias: prosa y poesía, de Andrea Gastelum/Mar Aranda. Extensión: 100-300 palabras:

Checo, judío, alemán. El joven Franz no alcanzaba a entender el porqué de esa mezcolanza, como tampoco podía comprender los odios que habían enfrentado a las distintas Naciones de su estimada Europa y que habíanacabado con su tierra, resquebrajada en siete pedazos. ¿Qué había pasado para que se derrumbara ese gran imperio multiétnico, donde tantos pueblos aparecían unidos por una misma bandera, más allá de su religión y de su idioma? Ya no podía desplazarse con libertad dentro de aquel vasto territorio; ahora vivía en un país de dimensiones más modestas; Bohemia era ahora su patria, aunque él conservara el alemán como su lengua e hiciese nulo caso de la religión.

Otro judío que había perdido su patria era Stefan; él tenía que conformarse con ser austríaco. También usaba el alemán; también escribía, aunque en su caso fuera su oficio habitual, mientras que en el caso de Franza se trataba de un ejercicio del alma, de una sangría de los dolores que le punzaban el espíritu; acaso de una huida de ese padre que no había sabido corresponderle y que durante años lo había torturado psicológicamente.

Stefan le sobrevivió unos veinte años, hasta que el horror por una nueva guerra que volvía a masacrar el mundo que había amado le llevó a tomar la decisión de acabar con su vida. Él pudo elegir; Franz, no. Aquejado de una salud endeble, falleció a los cuarenta y uno, abatido por el tifus. Su última novela, El castillo, quedó inconclusa. Por suerte su amigo Max desobedeció su última voluntad y salvó esta obra y otras de las llamas.

*Escrito basado en el reto de Andrea Gastelum:

¿Cómo había sido el mundo oriental? ¿Y cómo seguiría siéndolo en sus días? Franz se lo imaginaba sin demasiado esfuerzo; no podía ser muy diferente del mundo donde vivía, siempre tan distante, tan hostil. Sobrevivir en él se le antojaba una tarea harto ardua. Se sentía diluido entre toda la intrincada maquinaria funcionarial; su personalidad quedaba anulada para convertirse en un mero engranaje de una maquinaria imperial que veía al ciudadano como a un insecto, prescindible. Sí; así se veía él mismo: como un insecto. Él mismo era Gregor Samsa, ese ser despreciado por todos y abatido por su propio padre. Si el trabajo no le satisfacía, llegar a casa era su mayor condena; sus movimientos y sus actos eran juzgados, pues sobre él recaía el peso de la familia. Hasta su querida hermana Ottla le dio la espalda.

Terminó convirtiéndose en un espíritu solitario, como Friedrich y como Soren; y, como ellos, no vivió demasiado. Acaso si su alma no hubiera estado tan atormentada su salud habría sido más robusta. Pero las tinieblas en que se hundió desde su infancia fraguaron su destino. Quizá su única tabla de salvación fuera Felice, esa mujer que lo podía unir de nuevo al mundo; pero se sentía atrapado por la disyuntiva de vivir conforme al padre y ganar su aprecio -o luchar por él, al menos- o renunciar a todo por repugnancia hacia los valores de una persona que desde el principio lo había hundido. Optó por lo segundo, aunque ello fuera su sentencia de muerte.

Durante su corta vida, sin embargo, Franz acumuló una vasta cultura que volcó de forma magistral en sus novelas. Era un escritor fabuloso, con un gran dominio de la alegoría y un estilo impecable. Como muchos otros genios, no fue realmente descubierto hasta décadas después de su óbito. ¡Cuántas grandes obras se quedaron por escribir! Entre ellas, el final de El castillo. Al menos no tuvo que vivir el terrible horror de la segunda guerra, donde fallecería su familia.

Stefan también tenía una gran sensibilidad. Como Franz, escribía en alemán; y, como Franz, era judío. Por eso tuvo que emigrar de su Viena natal apenas estalló el conflicto, para resguardar la vida a la espera de que los nazis fueran derrotados. No obstante, en 1942 eso no parecía más que una quimera; y Stefan se sentía psicológicamente derrotado. En su caso no había sido su padre el agresor; habían sido los alemanes. Muchos de sus amigos y familiares habían perecido víctimas de la cruel barbarie; él y su esposa se hhabían refugiado en Brasil. Pero, ¿acaso era eso suficiente? Sin familia, sin amigos, en un país completamente desconocido, a miles de kilómetros de su patria, con un idioma extraño y los nazis dominando Europa…

Si el tifus había acabado con Franz, una bala perforó el cráneo de Stefan para poner fin a su dolor. En su obra póstuma, El mundo de ayer, retrató la Europa que conoció, la misma que viera Franz, la del imperio austro-húngaro. A diferencia de Franz, él vio destruirse su patria dos veces: primero, ese hermoso imperio; después, Austria era anexionada por Alemania. Dejó un legado mayor que el de Franz, pero también el gusto amargo por su temprana pérdida.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

18-02-2021.

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