DURA LEX, SED LEX (II)

-Sólo un momento, por favor.

Como accionados por un resorte, los policías dieron una vuelta de 180 grados para ponerse de nuevo de cara al sujeto. Era como un paso de baile que interpretaban con la comicidad propia de quien actúa mecánicamente; quien podría dar un giro o lanzarse desde un rascacielos indistintamente.

<<A raíz de la pandemia todos los ciudadanos estamos obligados a llevar bozal. Sin embargo, no deja de ser llamativo, por no decir insultante, que el propio gobbierno de la Unión impusiera un iva del 21% a este producto. ¡Un iva del 21%, señores! ¡Estamos hablando de un prroducto de primera necesidad, cuyo uso es obligatorio, so pena de multa! Y, por supuesto, no basta con comprar un único producto; hay que comprar por lo menos uno al día, dos a ser posible, ya que se supone que el período máximo de protección son cuatro horas. ¡¿Pero de verdad importa la salud de los ciudadanos!? ¡¿Qué gobierno puede poner el máximo de iva para un producto de primera necesidad!? ¡Eso es jugar con la salud de las personas! ¡Si no llega a ser porque algunas televisiones mostraron casos de familias donde el gasto se disparaba debido a la compra de bozales y porque otros Estados más responsables desobedecieron desde el principio el decreto del gobierno de la Unión, todavía estaríamos pagando ciento sesenta pesetas por bozal!

Definitivamente se le había pasado el frío. Espoleado por aquella invitación táctita de los agentes a hablar, se había envalentonado en su discurso. Había olvidado que se encontraba ante autoridades.

-Bueno, es posible que sea como usted dice -volvió a tomar la palabra el primer agente. El segundo parecía más sumiso, más indiferente. Acaso por apatía, acaso por cansancio, prefería guardar silencio-. En cualquier caso, ¿qué quiere que hagamos? Así están las leyes. Lo que no es posible es que cada uno se las salte cuando no le convienen; eso devendría en anarquía.

-¿Y cuando la ley es injusta?

-Caballero, ésa es una cuestión filosófica muy compleja, y ya es tarde. De hecho, usted debería estar en casa.

-A eso voy: El problema es que en este país las arbitrariedades sólo se toleran según quién las cometa. Si se trata de alguien que ha robado al fisco cien millones de pesetas, no hay problema; si se expropia patrimonio nacional para regalárselo a la iglesia, no hay problema. Ahora bien: un ciudadano sale de casa sin bozal y es multado; critica a la monarquía y va a la cárcel. Y si cuestionamos un sistema que nos oprime tanto o más que a las mujeres los sujetadores, se nos calla; se nos dice que tenemos que tragar para no caer en la anarquía. Y mientras tanto el pueblo sigue sufriendo abusos.

-¿Y qué quiere que hagamos? Nosotros somos sólo policías; tenemos familias que alimentar.

-Eso es lo malo. Que por miedo quienes podrían hacer algo por el pueblo acaban apoyando a los opresores.

Los agentes intercambiaron miradas durante unos breves segundos. Al cabo, el primero sacó de la carpeta la multa y la rasgó delante del individuo con la misma serenidad, con el miismo laconismo, con que apenas unos minutos antes la había rellenado. Sin testigos, nadie más que aquellos tres hombres sabría de aquella negligencia cometida por uno de los defensores de la autoridad; una negligencia cometida por permitir que un hombre escapara sin castigo ni mancha en su expediente. Con aquel pequeño gesto, aquel policía, como Javer, cruzaba el umbral y transgredía la ley; pasaba de ser su guardián a cuestionar los valores imperantes.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

20-02-2021.

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