PODREDUMBRE

Cada día soporto teor el tedio de mi existencia. Una existencia tan absurda como todas, pero carente del aliciente para vivir, carente de la máscara que pudiera hacerme más llevaderos los días; carente de un analgésico que aplaque los punzantes dolores que a diario me laceran el alma. Acaso no haya morfina capaz de paliar esta profunda angustia que día a día se agranda sin que se vislumbre otro fin a semejante sufrimiento que la muerte; ese sueño eterno del que ya no se despierta y donde todo acaba; donde uno se hunde en la nada de donde procede para ya no volver a levantarse. Acaso el problema de fondo sea un exceso de conciencia. Conciencia de lo efímero que es todo, de lo fútil; conciencia de que nada puede hacerse para revertir el orden del muundo; conciencia de que todo es podredumbre.

Mi salud miserable me recuerda a diario lo endeble que soy, la frágil frontera que me separa de la tumba. No es algo nuevo; es algo que me acompaña desde siempre. Eso le hace a uno la vida insoportable. Siempre el miedo al fallo, al infarto, a que sea necesaria una nueva operación… Y esos momentos vienen acompañados por problemas digestivos, por problemas fisiológicos…

A menudo fantaseo con la idea del suicidio como una opción atrayente, seductora. Ojalá tuviera valor para hacerlo. En parte sería una manera de burlarse del mundo; de tratar de hacer responsables a cuantos me rodean de todo lo que hasta el momento me ha pasado y hacerles sentir mal con mi muerte; pero lo malo sería no poder regodearme con sus lágrimas. Pero sé que este pensamiento es absurdo; que nadie tiene la culpa de que mi vida haya sido una mierda desde el principio, salvo quienes me hicieron daño deliberadamente; y ésos no lamentarían mi muerte. Sencillamente les daría igual.

Esta impotencia ante mi suerte me desespera. Ojalá no fuera un cobarde; ojalá me atreviera. Una vía de metro, una autovía, un cuchillo… Son opciones que me vienen a la mente. El día nublado y frío acude a solidarizarse con mis sentimientos, a darme un poco de paz de medio de mi agonía. Esas nubes espesas están cargadas con las mismas lágrimas que se acumulan en mi ser, con las mismas ansias por precipitarse e inundar las calles, limpiarlas de su inmundicia, así como mis lágrimas limpiarían mi alma. Gesto absurdo, como todos; demasiada mierda. Pronto vuelve a necesitar una nueva limpieza; pronto vuelve a nublarse mi espíritu, Siempre será así, mientras no tenga el valor suficiente para acabar con todo o mientras no falle la válvula, mientras no falle el corazón, mientras un nuevo cáncer no llame a la puerta. Mientras tanto, con los nervios rotos, con una infancia quebrada, debo deambular como un miserable fantasma.

Y es que a veces he llegado a lamentar que mi cerebro actúe como un niño; que ansíe esa edad donde todavía es posible el cambio, donde aún hay ilusión. Pero no. Me alejo de esa edad y pienso en otros que supieron dar ese paso; en seres más románticos y desesperados, como fuera el caso de Pizarnik. Sé que es soberbio compararme con ella, pero todo es absurdo. La única diferencia es que en mi caso soy consciente y no puedo gozar mientras se aproxima la muerte; porque, aunque respiro, ya estoy muerto.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

22-02-2021.

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