ENTONCES

Ha pasado ya mucho tiempo de aquello. Creo que yo ni siquiera tenía quince años, puesto que mi hermano me saca cinco, y en aquella época aún no iba a la Universidad. Eran años felices, o así se nos venden. Por lo menos, guardaban la ventaja de que la tecnología no estaba tan avanzada. Por entonces ya teníamos en casa uno de esos ordenadores antiguos; uno de ésos de caja, que te dejaba con escozor en los ojos cuando terminabas de esarlo. Por suerte, entonces se empleaba muy poco; su uso no estaba generalizado, pues no se había convertido en un bien de primera necesidad; era, más bien, un lujo. Su implantación aún estaba empezando. Creo que en mi casa quien más lo utilizaba era mi padre, para redactar su tesis doctoral. ¡Qué gran adelanto con respecto a las máquinas de escribir! Si cometías un error, no había que romper toda la hoja.

Recuerdo que nuestras habitaciones estaban próximas; él trabajaba unas horas de madrugada, antes de acostarse, y yo le oía teclear, incluso con la puerta de mii dormitorio cerrada. Bueno, en realidad también era de mi hermano, que se ponía nervioso con aquel ruido y terminaba levantándose para cerrar la puerta de la recámara de mis padres. A mí, en cambio, aquel ruido me relajaba.

Quitando de los ordenadores, todo era normal. Aún no habían aparecido los móviles. Cuando mi hermano quería quedar con sus amigos, lo hacía de manera presencial; se encontraba con ellos, pasaban unas horas juntos y acordaban una nuueva quedada para una ulterior ocasión. Y este momento venía acompañado de toda una amalgama de emociones: uno esperaba a que el otro pasara a buscarloy le llamara al timbre de casa; y si se retrasaba surgía de repente la duda de si algún incidente le había impedido acudir. Y luego paseos con charlas amenas o jocosas, que podían acabar en los recreativos, en el club de ajedrez o en la discoteca, dependiendo de la ocasión.

En cualquier caso, en aquel entonces el trato era directo; uno salía a la calle y veía gente, caminaba disfrutando del paisaje; los niños se encontraban para corretear y hundirse en sus inocentes risas infantiles; y uno llegaba a echar de menos el colegio si no veía a los amigos.

Hoy, en cambio, los ordenadores se han generalizado; y no ya ordenadores, sino portátiles, para tenernos más atados al aparato. Aunque, si de tenernos atados se trata, nada mejor que los celulares, que son mucho más prácticos; caben en un bolsillo y se sostienen con una mano. Las consecuencias de todo ello son demoledoras y desmoralizadoras: hoy día somos muy pocos los que realmente disfrutamos de un paseo; casi todos caminan con el rostro clavado en la pantalla, como miserables autómatas sin personalidad, incapaces de gozar del aire fresco. Hace poco vi a un adolescente que caminaba hacia mí con ese gesto. Yo no me moví; me quedé quieto, sin apartarme de su camino, a riesgo de que chocara conmigo. Por suerte, cuando me tenía a cinco centímetros levantó la cabeza, me vio, me pidió perdón y se apartó. Rara avis. Un chamaco con buenos modales. Lo normal son los típicos pendejos que visten gorra con visera hacia atrás, o llevan puesta la capucha de la sudadera aunque haga calor para darse un aspecto más misterioso, como si estuvieran en el Bronx y fueran unos matones.

Lo peor son los niños, que ya no tienen esas sanas aficiones que tenían los niños antes. Las redes sociales los han convertido en esclavos y los idiotizan. Las nuevas tecnologías homogeneízan el pensamiento; pero no un pensamiento crítico, sino de rebaño. Se esparce la estupidez como una mancha de aceite. Ahora uno no se cultiva con la lectura. Por cada persona que veo leer un libro en el metro, por lo menos veinte están usando el móvil. Es la táctica perfecta para crear mentes débiles, seres estúpidos. Y eso ahora. Cuando hayamos muerto las generaciones pretecnológicas, el mundo sólo será un rebaño de borregos.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

27-02-2021.

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