DIARIOS DE KAFKA

30/10/1911: Es una vieja costumbre mía no permitir que las impresiones puras, dolorosas o alegres, se dispersen benéficamente por todo mi ser en cuanto han alcanzado su pureza suprema, sino enturbiarlas y ahuyentarlas con impresiones nuevas, imprevistas y débiles. No es mala intención de causarme daño a mí mismo, sino debilidad para soportar la pureza de esa impresión, una debilidad no confesada, que prefiere salvarse en silencio interior, suscitando de modo aparentemente arbitrario la nueva impresión, en vez de, como sería correcto, rebelarse e invocar otras fuerzas para que la soporten. Así, por ejemplo, el sábado por la noche, después de oír la buena narración de la señorita Tussig, aunque más que de ella, es de Max, al menos le pertenece a él con mayor propiedad, en mayor medida que si fuera suya, y luego, después de oír la excelente obra teatral Konkurrenz (Competencia) de Baum, en la que se ve la fuerza dramática trabajar y causar efecto tan ininterrumpidamente como en la creación de un artista vivo, después de oír esas dos me encontraba tan abatido, y mi interior,, que llevaba varios días poco menos que vacío, se encontró imprevistamente lleno de una aflicción tan grave, que de regreso a casa le declaré a Max que lo de Robert y Samuel no iba a ninguna parte. Para hacer esa declaración no necesité el menor coraje, ni frente a mí ni frente a Max. La conversación que siguió me desconcertó un poco, porque, al no ser ni de lejos Robert y Samuel mi preocupación principal de aquel momento, no supe cómo replicar a las objeciones de Max. Pero luego, cuando me quedé solo y habían desaparecido no sólo la perturbación de mi tristeza por la conversación, sino el consuelo casi siempre eficaz de la presencia de Max, mi desesperanza se incrementó hasta tal punto que empezó a diluir mi pensamiento (en ese momento, mientras hago pausa para cenar, llega a casa Löwy, y me molesta y me deleita de siete a diez). Pero en vez de aguardar en casa lo que ocurrirá después,leí desordenadamente dos números de Die Aktion, un poco de Die Missgeschickten (los fracasados), finalmente también apuntes sueltos de mis viajes parisienses, y me metí en la cama, más contento que antes, pero ofuscado. Algo parrecido ocurrió hace unos días, cuando regresé de un paseo imitando claramente a Löwy, con la fuerza de su entusiasmo aparentemente enfocada hacia mi meta. También entonces leí y dije un montón de cosas confusas en casa, y me vine abajo.

02/11/1911: En los periódicos, en las conversaciones, en la oficina, lo que a menudo nos engaña es el temperamento del lenguaje, y también la esperanza, nacida de una momentánea debilidad, de que en el instante siguiente llegará una iluminación súbita, tanto más fuerte cuanto repentina, o simplemente una gran confianza en uno mismo, o una mejor negligencia, o una poderosa impresión que uno quiere descargar a toda costa sobre el futuro, o la certeza de que el entusiasmo presente, si es verdadero, justifica todo trastorno futuro, o la complacencia en frases que en su centro están elevadas por uno o dos golpes y hacen abrir la boca gradualmente hasta el máximo, si bien luego la hacen cerrar de forma también demasiado rápida y torcida, o el rastro de la posibilidad de un juicio decidido, tendente a la claridad, o el esfuerzo de hacer que siga fluyendo un discurso que en realidad está acabado, o el deseo de abandonar el tema a toda prisa, a rastras si hace falta, o una desesperación que busca una salida para su pesada respiración, o el anhelo de una luz sin sombras -todas esas cosas pueden llevar a formular frases como: “El libro que acabo de terminar es el más hermoso hasta ahora.” O “Nunca he leído un libro ttan hermoso como éste.”

4/12/1913: Visto desde fuera es horrible morir; no digamos matarse siendo adulto ya, pero aún joven. Irse en medio de una confusión total que sólo adquiría sentido dentro de un desarrollo ulterior, sin esperanza o con la única esperanza de que ese acto de presencia en la vida sea considerado en un cálculo total como algo no ocurrido. En tal situación estaría yo ahora. Morir no significaría otra cosa que entregar una nada a la nada, lo cual resulta inconcebible, pues cómo podría uno, que es una nada, entregarse con consciencia a la nada, y no sólo a una nada vacía, sino a una nada efervescente, cuya nulidad consiste en su incomprensibilidad.

15/2/1920: Se trata de lo siguiente: una vez, hace muchos años, estaba yo sentado, seguramente bastante triste, en la falda del Laurenziberg. (Estaba examinando los deseos que tenía para mi vida. El más importante o el más atractivo resultó ser el de adquirir una visión de la vida ( y -esto iba necesariamente ligado, desde luego, a lo anterior- de poder convencer por escrito de ella a los otros) en la que la vida conservara, ciertamente, sus pesadas caídas y subidas naturales, pero al mismo tiempo fuese reconocida, con claridad no menor, como una nada, como un sueño, como un balanceo. Quizá un hermoso deseo si lo hubiese deseado bien. Un poco como el deseo de construir a golpes de martillo una mesa con una artesanía minuciosa y bien ordenada y al mismo tiempo no hacer nada, pero de modo que pudiera decirse: “Para él martillear no es nada”, sino “Para él martillear es a la vez martillear y no hacer nada”, con lo cual martillear se hubiera vuelto, en efecto, más atrevido, más real, más decidido, y si se quiere, más demencial. Pero él no podía desear así, pues su deseo no era un deseo, era sólo una defensa, un aburguesamiento de la nada, un soplo de vivacidad que él quería otorgar a la nada, en la cual, ciertamente, apenasdaba él por entonces sus primeros pasos, pero que ya sentía como un elemento) Aquello fue entonces una especie de adiós que dijo al muundo aparente de su juventud; aquel mundo, por lo demás, nunca lo había engañado de manera directa, sino que había hecho que lo engañaran con sus discursos todas las autoridades que lo rodeaban. Así es como había resultado la necesidad del “deseo”

16/01/1922: En la última semana ha habido en mí un hundimiento, tan total como sólo lo fue acaso el que se produjo una noche hace dos años; no he vivido otro caso igual. Todo parecía entonces acabado, y tampoco ahora parecen muy diferentes las cosas. Uno puede entender eso de dos maneras, y sin duda es preciso entenderlo de esas dos maneras al mismo tiempo. Primero: hundimiento, imposibilidad de dormir, imposibilidad de estar despierto, imposibilidad de soportar la vida o, más exactamente, el curso de la vida. Los relojes no coinciden; el reloj interior corre de una manera diabólica o demoníaca o en todo caso inhumana; el reloj exterior sigue su marcha habitual titubeando. Qué otra cosa puede ocurrir sino que esos dos mundos distintos se separen, y se separan o al menos se desgarran horriblemente. El salvajismo de la marcha interna puede tener distintos motivos; el más visible es la observación de sí mismo, observación que no deja tranquila a ninguna idea, las persigue a todas hasta sacarlas a la luz para luego ella misma ser perseguida, en cuanto idea, por una nueva observación de sí mismo. Segunda: esa persecución toma una dirección que me aparta de la humanidad. La soledad, que en su mayor parte me ha venido impuesta desde siempre, pero que en parte también ha sido buscada por mí -pero qué otra cosa sino imposición era eso-, esa soledad se vuelve ahora completamente inequívoca y llega a su extremo. ¿Adónde conduce? Puede conducir, y parece lo más evidente, a la demencia; sobre eso no cabe decir nada más. La caza pasa pormedio de mí y me desgarra. O bien yo puedo -¿puedo?-, aunque sólo sea en mínima parte, mantenerme; o sea: dejarme arrastrar por la caza. ¿Adónde llego entonces? “Caza” es sólo una imagen;también puedo decir “asalto a la última frontera terrenal”, asalto desde abajo, desde el hombre; y como eso también es una imagen, puedo sustituirlo por la imagen del asalto desde arriba, hacia mí, que estoy abajo.

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