EL OTRO CASTILLO (II)

*

-¿Ahora quiere ir a la posada de los señores?

-Sí. Creo que mis ayudantes estarán esperándome ahí. Después de lo que vi anoche, espero no tener problemas. Aquel individuo fue muy desagradable conmigo; temo que trate de utilizar su influencia en mi contra.

-No debe inquietarse por ése. Su nombre es Schwarzer; y no fue del todo sincero en sus palabras. Su padre no es el alcaide, , sino un vicealcaide; y ni siquiera es de los más importantes, sino que tiene un rango más bien modesto.

-¡Vaya! ¡Entonces ese Schwarzer que me acusó de mentir es un mentiroso!

Exclamó K en medio de una carcajada burlesca con aires de triunfo sobre aquél que la noche anterior lo había arrancado del sueño. Miraba sonriente al posadero, agradecido por la nueva prueba de confianza de éste al hacerle partícipe de aquella información. Sin embargo, el señor permanecía serio; lo observaba con sus pequeños y chispeantes ojos verdes, sin variar el tono.

-Schwarzer cumplió con su deber. La posada pertenece al castillo, y nadie que no esté vinculado con el castillo puede pernoctar. Por otra parte, es un muchacho joven; y ya sabe usted cómo son los jóvenes: fanfarrones. Trató de sacar pecho ante usted diciéndole que su padre era el alcaide.

Entonces dos hombres pasaron frente a ellos con paso ágil; uno saludó al posadero. Éste respondió:

-¡Hola, Arthur! ¡¿A dónde váis!?

-¡A la Posada de los Señores!

-¡¿A la Posada de los señores!? ¡Ahí es adónde me dirijo! ¡Esperad! ¡Os acompaño!

Gritó K. Trató de seguir a los otros dos, pero le fue del todo imposible. Los dos hombres caminaban con soltura sobre la nieve; el que respondía al nombre de Arthur ni siquiera había tenido que detenerse para pronunciar aquellas palabras. No obstante, K notaba cuánto le costaba avanzar; se le undían las piernas entre la nieve y se fatigaba. Los otros dos pronto lo dejaron atrás y, frustrado, regresó con el posadero.

-¿Qué le ocurre? ¿Se encuentra usted bien?

-Es extraño; noto que en este pueblo todo se me hace más complicado. Me siento como si hubiera envejecido veinte años de golpe.

-Tranquilo; es normal. Usted es nuevo. Ya se acostumbrará. Si lo que quiere es ir a la Posada de los Señores, yo mismo puedo llevarlo.

-No sabe cuánto se lo agradecería.

-No hay de qué. Cuanto antes se marche de aquí, mejor. Espéreme; voy a sacar el trineo. Es pequeño y viejo, pero servirá.

K vio alejarse al posadero. Se sentía confuso por aquella naturaleza extraña. El hombre tenía con él un tono cordial, pero también parecía distante y áspero. Pensaba en ello mientras contemplaba a lo lejos el castillo, envuelto en una densa niebla, con los ojos entornados, para protegerlos de la luz y del viento. El posadero llegó al cabo de unos minutos y lo sacó de su ensoñación.

-Suba detrás.

-Prefiero ir delante, con usted.

-Yo iré a pie.

Aquello fue un nuevo contratiempo. No esperaba un trato tan osco. Se le hacía muy difícil aceptar la invitación en semejantes condiciones. No sabía si algo podía haber cambiado en aquel hombre, que lo había acogido tan bondadosamente la noche anterior; si acaso su esposa lo había vuelto en su contra; o incluso si había sido amonestado por el castillo. En cualquier caso, prefirió seguir las indicaciones que le dio el posadero e ir a pie.

Durante el trayecto pudo observar más detenidamente el castillo. No pudo evitar compararlo con su pueblo, con los numerosos recuerdos de su infancia que entonces afluían a su mente. Divisaba a lo lejos la torre de una iglesia que se parecía a la de su pueblo, pero era menor. El castillo, ahora lo veía con claridad, era un castillo común y corriente; era más bien pobre y feo; no pasaba de ser una simple aldea. Le resultaba vergonzoso pensar que por un lugar semejante había abandonado su pueblo.

*Ruego a Kafka que me perdone por destrozar su hermosa novela.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

30/02/2021 (02/03/2021)

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