EL OTRO CASTILLO (VII)

Las dos mujeres se levantaron de las sillas donde se hallabann sentadas y se aproximaron a los recién llegados.

-Hola, Barnabas. Hoy has venido muy tarde. ¿Has tenido mucho trabajo?

Preguntó una de las mujeres con voz dulce. Miraba al joven con ternura, con tristeza más bien, con una mirada lúgubre donde se traslucía resignación y conformismo. En medio de aquellas tinieblas quizá fuera difícil adivinar la expresión de su rostro, mas ésta se deducía por el tono de sus palabras.

-Sí. He ido en busca del agrimensor; pasará la noche con nosotros. Señor agrimensor, éstas son mis hermanas, A,alia y Olga.

-Un placer, señor agrimensor -dijo la que respondía al nombre de Olga-. Barnabas nos ha hablado acerca de usted; aguardábamos su llegada. Por favor, dispense a nuestros padres; no pueden moverse.

Como si desde el rincón donde se hallaba postrado la hubiera oído, el anciano empezó a hacer aspavientos con ambas manos para llamar la atención. No era una actitud de saludo hacia el huésped, sino más bien una actitud de protesta por lo que consideraba un descuido por parte de su hija. Continuaba sin pronunciar palabra; tan sólo emitía gruñidos de rabia. Olga se disculpó por aquello y fue junto a sus padres. Al amparo de la tenue luz, K vio cómo la hija empezaba a darles la cena; cogía una cuchara para llenarla de sopa y la llevaba alternativamente a los labios de uno u otro. Eso pareció molestar al padre, que se sentía con derecho a que se le sirviera primero; no estaba dispuesto a tolerar un trato por igual. Por ello, en uno de aquellos instantes en que la joven dio de cenarr a la madre,, hizo un sobreesfuerzo por acercarse al plato y sorber la sopa por sí mismo, pero lo único que consiguió fue mancharse el bigote y derramar el plato, que cayó al suelo y se hizo añicos. Olga tuvo que dejar la cena para más tarde y ocuparse de recoger los pedazos de porcelana y fregar el piso. Gracias a la actitud infantil del padre, ahora la madre tendría que compartir su ración.

-Disculpe, señor agrimensor. Voy a cambiarme; lo dejo unos minutos con mis hermanas.

-Usted dispensará lo que acaba de ver -dijo Amalia, que se introducía así en la plática con K. Su voz era tan afectada como la de la hermana. Se sujetaba las manos en el regazo con los dedos cruzados y tenía la mirada baja, como avergonzada-. Desde hace dos años ha caído sobre nosotros una horrible desgracia. Ya ve. Mis padres están ahí postrados; inválidos; y mi padre se comporta como un niño consentido. Comprendo que el ambiente no sea de su agrado. Alguien de su posición se merece un ambiente más cordial, más alegre; pero nosotros somos pobres. Y nuestros padres… Ahí los ve. De todas maneras, espero que ello no le provoque una impresión equivocada acerca de nosotros. Somos pobres, pero somos buena gente. Lo poco que podamos ofrecerle, se lo daremos con gusto. De entrada, como le ha dicho mi hermano, nos complacería mucho que nos honrara pasando la noche con nosotros.

K se sintió desarmado. Estaba incómodo en aquella casa, pero las palabras de aquella mujer parecían sinceras, y su tono lastimero lo conmovió. Además, no podía obviar la gentileza de Barnabas. Trató de sobreponerse a la imagen de aquella familia decrépita; a ese anciano que babeaba y gruñía al fondo de la sala; a la joven vestida con un viejo camisón roto que fregaba arrollidada sobre el suelo con rítmicos movimientos que acompañaban sus pequeños senos. Iba a decir algo cuando Barnabas regresó.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

13/03/2021.

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