EL OTRO CASTILLO (XII)

-Descuide, señor. Mañana mismo lo comunicaré. Y también comunicaré el primer mensaje que me dictó.

-¡¿El primer mensaje?! ¡¿Todavía no lo has comunicado!?

-Disculpe, señor; olvidé hacerlo. Pero no se preocupe; aún lo recuerdo perfectamente -y al instante Barnabas repitió el primer mensaje palabra por palabra, como había hecho la primera vez-.

-¡¿Y de qué me sirve que lo recuerdes si olvidas comunicarlo!? ¡Bien decía yo que habría sido más útil tener dos mensajeros en vez de uno! ¡Para una cosa tan sencilla que te pido y no eres capaz de hacerla! ¡Dime entonces para qué me sirves!

-Le pido nuevamente disculpas, señor. No volverá a ocurrir. Mañana notificaré sus dos mensajes.

Barnabas había palidecido ante la cólera de K; sus duros reproches le cayeron con todo el peso de la culpa. Ya no había rastro de orgullo en su mirada. Sus ojos estaban bajos; no osaban mirar a la cara al agrimensor. Éste, amansado por el aspecto desolado que ofrecía el otro, aún sin abandonar el tono serio, pero un poco más calmado, continuó:

-Está bien. Espero tu respuesta. Y ahora márchate.

Ya a solas con Frieda, le dijo:

-Perona. Creo que de momento es mejor que vayas tú sola a la Posada del Pueblo; yo iré más tarde. Hay asuntos que tengo que arreglar, como ya sabes; necesito herramientas y no puedo contar con Klamm. Tampoco puedo contar con el señor Fritz, después de lo que acabas de ver. Mi mensajero es negligente; nada me asegura que esta vez vaya a cumplir el encargo. Creo que lo mejor será que vaya a ver al alcalde.

Así pues, K emprendió en solitario aquel viaje ascendente; un viaje que, como en los días anteriores, se le antojó pesado, con el agravante de no tener en esta ocasión nadie que tirara de él. Sin embargo, pese a la fatiga, interiormente se sentía tranquilo. El hecho de entrevistarse con el alcalde no le incomodaba; en todo caso, se le representaba como un hecho memorable, por tratarse del primer administrador con quien tendría un trato directo. Lo que le parecía más inquietante era su situación respecto a Klamm. No dejaba de ser sorprendente que, siendo su subordinado, le hubiera quitado a la novia y hubieran tenido sexo a escasos metros de él. Era imposible que no se hubiera enterado; Frieda lo había despertado para darle la fatal noticia y luego había gemido como una leona en celo. Pero la respuesta de Klamm había sido el silencio. Ningún escándalo, ninguna actitud agresiva; se había limitado a marcharse sin decir palabra. Si era su superior, ¿en qué repercutía la actitud del propio K en su situación? No veía que su acto tuviera ninguna consecuencia desagradable para él. Y eso le desconcertaba.

Era algo de las tres de la tarde cuando llegó frente a la *casa de ratas, un ancho edificio de dos plantas con las paredes pintadas de blanco, como el resto de las viviendas, de las cuales sólo se diferenciaba por sus mayores dimensiones, porque estaba apartada del resto y porque una bandera con el escudo condal ondeaba en la puerta. Había doce ventanas en cada piso, dispuestas homogéneamente por todos los laterales, aunque sólo una estaba abierta; las demás, de hecho, tenían las persianas medio bajadas.

K subió la escalinata de cuatro peldaños y llamó al timbre. Pasados unos breves segundos abrió una mujer gruesa y de baja estatura, con el pelo recogido. Lo miraba con sorpresa; una sorpresa que se le marcaran más las arrugas en la piel envejecida y blanquecina, como falta de sangre.

*Traducción libre del término alemán Rathaus (ayuntamiento) que realiza el traductor, en clara actitud jocosa y despectiva hacia la clase política, habida cuenta de la larga tradición de latrocinios de la misma, aprovechando el juego de palabras a que se presta el vocablo alemán.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

21/03/2021.

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