CARTAS A MILENA, DE KAFKA

Merano, 13 de junio de 1920. domingo:

Hoy una cosa que tal vez aclare muchas otras, Milena (qué nombre tan rico y denso; apenas es posible levantarlo de pura plenitud, y no me gustó mucho al principio; me pareció un griego o un romano extraviado en Bohemia, violentado en checo, defraudado en la acentuación. Y es, sin embargo, maravillosa en el color y la figura; una mujer que uno lleva en los brazos, apartándola del mundo, del fuego, qué sé yo. Ella se acurruca en tus brazos, dócil y confiada, sólo el acento que recae sobre la i es duro. ¿No se te escapa el nombre de un salto? ¿O no será quizá el salto de alegría que das tú con tu carga?).

Escribes dos tipos de cartas. No me refiero a las que escribes a pluma y a lápiz, aunque lo escrito a lápiz insinúa ya por sí mismo muchas cosas y hace que uno aguce el oído; pero esa distinción no es decisiva. Por ejemplo: la última carta con tarjeta de alojamiento está escrita a lápiz y me hace feliz; feliz me hacen, en efecto (comprende, Milena, mi edad, mi desgaste y, sobre todo,el miedo; y comprende tu juventud, tu lozanía, tu valentía; y mi miedo crece más y más, porque significa un retroceder ante el mundo; por eso aumenta su presión, por eso sigue aumentando el miedo; tu valentía, en cambio, significa un avance, de ahí que disminuya la presión, que aumenta la valentía), feliz me hacen las cartas apacibles. Podría sentarme al pie de esas cartas, con una felicidad desmedida; son lluvia sobre la cabeza ardiente. Pero cuando llegan esas otras cartas, Milena, aunque por su naturaleza aporten más felicidad que las primeras (pero yo, por mi debilidad, tardo días en penetrar hasta esa felicidad), esas cartas que empiezan con exclamaciones (y yo, que estoy tan lejos) y no sé con qué sobresalto terminan, entonces, Milena, comienzo en efecto a temblar como si tocaran a rebato, no puedo leer eso y sin embargo lo leo, claro, como bebe un animal que muere de sed, pero a la vez miedo y más miedo, busco un mueble bajo el que pueda esconderme; tembloroso y casi sin sentido rezo en un rincón para que, lo mismo que has entrado en tromba con esa carta, salgas volando otra vez por la ventana, pues yo no puedo mantener un huracán en mii habitación. En esas cartas debes de tener la grandiosa cabeza de Medusa, hasta tal punto se agitan convulsivamente las sserpientes del horror en torno a tu cabeza, y en torno a la mía; pero aún con más frenesí las serpientes del miedo.

Praga. Finales de marzo de 1922:

Hace ya mucho tiempo que no le escribo, señora Milena, y si lo hago hoy es debido a una casualidad. En realidad no debería disculparme por no haber escrito; ya sabe usted cómo odio las cartas. Toda la desdicha de mi vida -con lo que no quiero quejarme, sino hacer una reflexión de interés general-, viene, por así decirlo, de las cartas o de la posibilidad de escribirlas. Las personas no me han engañado prácticamente nunca, pero las cartas siempre, y además, en este caso no las de los otros, sino las mías. Es en mi caso una desdicha particular, de la que no quiero decir más, pero también, al mismo tiempo, general. La fácil posibilidad de escribir cartas tiene que haber traído al mundo -visto sólo teóricamente- un horrible trastorno de las almas. Es, en efecto, una relación con espectros; y no sólo con el espectro del destinatario, sino también con el propio espectro, que se le va formando a uno, sin darse cuenta, en la carta que escribe o incluso en una serie de cartas, en la que una carta confirma la otra y puede invocarla como testigo. ¡A quién se le habrá ocurrido pensar que la gente podía relacionarse por correspondencia! Se puede pensar en una persona lejana y se puede tocar a una persona cercana; todo lo demás supera las fuerzas humanas. Pero escribir cartas significa desnudarse delante de los espectros, cosa que ellos esperan ansiosos. Los besos escritos no llegan a su destino, sino que los espectros se los beben por el camino. Con una alimentación tan sustanciosa se multiplican enormemente. La humanidad lo percibe y lucha contra ello; para eliminar en lo posible lo espectral entre los hombres y lograr el contacto natural, la paz entre las almas, ha inventado el automóvil, el ferrocarril, el aeroplano; pero ya no hay ayuda posible, son manifiestamente inventos hechos ya en el despeñadero; la parte contraria es mucho más serena y fuerte; ha inventado, después del correo, el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos. Los fantasmas no morirán de hambre, pero nosotros nos iremos a pique.

Me asombra que no haya escrito usted todavía sobre eso, no para impedir ni para lograr algo con la publicación -para eso es ya tarde-, pero al menos para ponerles “a ellos” de manifiesto que los han reconocido.

Por lo demás, se los puede reconocer también en las excepciones. A veces dejan pasar una carta sin poner trabas y la carta llega, como una mano amigable, que se posa ligera y bondadosa, sobre la propia mano. Pues bien: probablemente esto también es sólo apariencia y esos casos son también los más peligrosos; de ellos hay que protegerse más que de otros; pero, si es una ilusión, es en cualquier caso perfecta.

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