EL NUEVO CASTILLO (XVII)

Ya había amanecido cuando K salió del consistorio. La calle estaba vacía y oscura; las tinieblas envolvían las casas que durante el día lo cegaban por su blancura en un halo de misterio, alimentado por la soledad y por un viento que soplaba con mayor intensidad que durante las horas de sol. Quizá fuera por ello que el trayecto se le antojara tan pesado como otras veces, a pesar de que ahora el camino era descendente. Tampoco ayudó la información que le había dado el alcalde; sentía que se derrumbaba ante aquella noticia. Después de tantas emociones; después de la aversión que le mostraban los habitantes del pueblo, de la incompetencia de Barnabas y de los ayudantes; después de la ascensión para hablar con el alcalde y una plática agotadora, se sentía tan fatigado que sólo quería llegar a la Posada del Pueblo y tenderse a descansar. Pero al mismo tiempo le aterraba el momento de toparse con Frieda y contarle la verdad; y eso hacía que sus pasos vacilaran sobre la nieve.

Cuando por fin consiguió llegar a la Posada, Frieda le abrió; era la única que permanecía despierta; lo había estado esperando. Y entonces, por suerte, no lo entretuvo con preguntas. Era consciente de la situación. Era tarde, y el rostro de K le indicaba la necesidad de reposo.

Cuando por la mañana despertó, su prometida no estaba; había salido a cumplir unos encargos de la Posadera. Ésta, en cuanto vio a K levantado y vestido frente a ella, le dijo:

-¡Ya era hora! ¡A buenas horas se levanta usted! ¡Y mientras tanto Frieda ya lleva dos horas dando vueltas y ayudándome! ¿Es eso lo que piensa hacer con ella el día de mañana? ¿Pasarse el día en la cama mientras ella trabaja para mantenerlo?

-Usted disculpe. ¿Qué hora es? Estaba agotado. Ayer tuve un día muy intenso.

-Ya. Me imagino lo que haría. Lo malo es que Frieda no se lo imagina; y ni yo misma tengo el valor de decírselo de tanto que la quiero.

-No sé qué es eso que usted imagina, pero, a tenor de la manera tan osca que tiene de mirarme, el tono huraño de su voz y sus palabras, creo que usted insinúa que ayer me pasé el día de una manera irrespetuosa hacía Frieda, como si hubiera estado divirtiéndome o qué se yo.

-Joven, a mi no me la pega. Un hombre que llega a medianoche y envía a la Posada a su prometida es porque prefiere estar solo para hacer cosas que prefiere que ella no vea.

-¡Por favor! ¡Se trata de mi trabajo! ¡No tenía sentido que Frieda me acompañara en vez de estar aquí descansando! Pero parece que usted se siente más a gusto pensando lo otro. Desde el primer día me ha tratado con desconfianza y desprecio, y quisiera saber por qué. Yo a usted no le he hecho nada.

Frente a aquella mujer enérgica, que desplegaba un carácter tan fuerte y arisco, K se sentía indefenso. Habían desaparecido toda la seguridad y toda la soberbia que mostrara frente a los aldeanos, frente a sus ayudantes o frente a Barnabas; e, incluso, frente al propio alcalde. La posadera aparecía ante él imponente, amenazadora. Se sentía incapaz de responder con severidad a las graves acusaciones de la mujer, que a cada palabra se agrandaba a sus ojos, al tiempo que su propia fuerza menguaba.

-¡¿Con que ésas tenemos, eh!? ¡Además de vago, insolente! ¡A mí no me la pega, señor agrimensor -repitió-! Tengo ya mis años; he visto mucho mundo y he tratado con muchas personas como usted. Así que le aseguro que la lleva clara si cree que me engaña. Yo ya trabajaba antes de que usted naciera.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

03-04-2021.

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