EL OTRO CASTILLO (XIX)

-Está bien. Si usted tiene ese gesto conmigo, aunque sea preventivo, creo que también yo puedo entender su cautela. Pero, si usted me lo permite, del mismo modo que a usted le sorprende mi relación con Frieda, también a mí me sorprendió el primer día su relación con su esposo.

-No es demasiado delicado por su parte plantear esa cuestión ahora, cuando entre nosotros todavía no hay confianza, y cuando recién estamos empezando a entendernos. Sin embargo, en consideración al voto de confianza que le he dado, y para no volver a la tensión de antes, voy a satisfacer su curiosidad. Por otra parte, no es usted el primero que me lo plantea; ya otras muchas personas lo han hecho, por considerar nuestra unión un tanto atípica.

Esta posada pertenecía a mis suegros. Franz por entonces era adolescente y estaba prometido con una muchacha muy bonita, pero que no gozaba de muy buena salud que digamos. Sus padres trataron de evitar ese matrimonio; sabían lo mucho que sufriría su hijo si la perdía. Y así fue: tras un año de noviazgo, siempre aquejada de males, a la muchacha le detectaron tuberculosis; tenía los dos pulmones en muy mal estado. No llegó al año tras diagnosticarle la enfermedad.

Aquello le afectó mucho a Franz. Ahí donde lo ve, siempre ha sido muy sensible; la prueba la tiene en usted mismo. Sin conocerlo, y pese al riesgo que corría de desobedecer al castillo, lo acogió en la posada. El hecho de dejarlo en la calle le causaba más dolor que el posible castigo que pudiera recibir. Su conciencia le prohibía dejar a nadie en la calle, y menos en medio de la noche, con los rigores del invierno.

Pues bien: en cuanto falleció su prometida, se pasó tardes enteras sentado en una silla del jardín, llorando desconsoladamente; la pena lo consumía. Yo pasaba a menudo por delante de la Posada y lo veía a través de la verja. Un día decidí entrar y sentarme a su lado; le hablé con ternura y traté de que se calmara. Para desahogarse me contó su historia tal como se la he referido.

Al día siguiente hablé con sus padres y conseguí que me contrataran; así podría estar más cerca de Franz. Hace falta tener el corazón duro como una roca para no enamorarse de un hombre tan tierno; y no me importa que usted crea que yo lo tengo. El alma de ese hombre me conmovió. Lo vi como una criatura indefensa y llena de bondad, y me dije que haría todo lo posible por estar a su lado. Trabajé muy duro; fui muy atenta con todos los clientes e iba constantemente de una mesa a otra; y siempre que tenía tiempo me encargaba de las compras. Los aldeanos estaban muy contentos conmigo; pronto se corrió la voz y la clientela aumentó con rapidez. Le ganamos clientes a la Posada de los señores, ¡figúrese usted!

Mi diligencia, como puede ver, dio sus frutos. La Posada despuntó, y también yo. Por una parte me gané el aprecio de mis suegros, que vieron en mí un gran partido para su hijo; por otra, conseguí ahorrar tanto dinero, que finalmente pude comprar la Posada, que ahora legalmente me pertenece. El único inconveniente es que todos mis esfuerzos me han pasado factura con los años. Contrariamente a lo que usted pueda creer, sólo soy dos años mayor que Franz. Ha sido un trabajo excesivo lo que me ha hecho desgastarme tanto.

En esos momentos Frieda llegó a la Posada cargadacon dos bolsas en cada mano.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

05/04/2021.

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