EL OTRO CASTILLO (XX)

La posadera fue a laa cocina e intercambió unas palabras con Frieda, que le entregó las bolsas antes de ir a reunirse con K. Se mostraba alegre, optimista por el día que les esperaba, después de casi veinticuatro horas sin apenas intercambiar palabra; estaba ansiosa por conocer el resultado de las gestiones de su prometido. En cuanto estuvo frente a él lo abordó sin más dilación:

-¡Hola, cariño! ¿Has descansado bien?Anoche se te notaba agotado. ¿Cómo te fue con el alcalde?

Preguntó, colgándose del cuello de K y besándole en los labios. A pesar de la efusividad de ella -o debido a la misma-, K se mostró cohibido y titubeante. No se atrevía a mirarla a la cara; bajó los ojos y éstos se encontraron con el escote, aunque desprovistos de todo deseo libidinoso. Había temido ese instante desde las últimas horas; y ahora ella, radiante de felicidad y de pasión, no le ponía las cosas fáciles. Llevó las manos a los brazos de ella y los separó de su cuello, al tiempo que alzaba despacio la mirada y empezaba a hablar:

-Verás… De eso precisamente quería hablarte. La charla con el alcalde fue de lo más confusa… Perdona. Lo que tengo que decirte no es fáacil. Verás: me habló de un expediente, de lo complicada que era la administración del castillo, de lo mucho que se trabajaba…

-¿Qué ocurre, cariño? Estás pálido -preguntó ella, al tiempo que su rostro adquiría un semblante serio-.

-Creo que es mejor que sea directo: el alcalde me dijo que todo ha siddo un tremendo error, un gran malentendido; que no necesitan un agrimensor.

-¡Lo sabía! ¡Sabía que no se podía confiar en usted! ¡Y ahora fíjese en lo que le ha hecho a esta pobre criatura!

Gritó la posadera, que había estado escuchando detrás de la puerta y ahora aparecía tan beligerante como al principio. K, que nunca había tenido la entereza suficiente para encararla y que se había sentido abatido frente a su prometida, sin embargo, ahora, indignado por la actitud de la posadera, que había estado acechando y le increpaba delante de su novia, no pudo contenerse:

-¡Usted cállese! ¡¿Quién se ha creído que es para espiar detrás de las puertas y meterse en conversaciones ajenas!? Además: ya he dicho que fue un error del castillo; yo no tuve nada que ver.

-¡Bandido! ¡A ver ahora lo que hace para mantenerla! ¡Pues que sepa que aquí no va a pasar la noche! ¡Ella por supuesto que puede quedarse; para eso es mi hija! ¡Pero usted búsquese la vida!

-¡Madre, por favor! ¡Métase en la cocina y déjeme a mí! ¡Se lo ruego!

-¿Y ahora qué vamos a hacer -preguntó Frieda ya a solas con K. Ahora su semblante era de inquietud.-? No hagas caso de las palabras de la posadera. La quiero mucho, pero iré adonde tú vayas; no te voy a dejar solo.

K iba a decir algo cuando Lasemann entró en la Posada.

-Buenos días. Señor agrimensor, llevo toda la mañana buscándolo. Vengo del castillo; traigo una carta para usted.

Frieda se había alejado tan pronto como llegó el maestro. K respondió, incrédulo:

-¿Una carta para mí? ¿Y por qué me la da usted y no mi mensajero?

-Sé tanto como usted, señor agrimensor. Desconozco el contenido de la carta; sólo puedo decirle que el señor alcalde insistió en que se la entregara yo expresamente.

Los malentendidos con las cartas lo habían puesto en una situación comprometedora; por ello tenía sus reparos. No obstante, en cuanto oyó que el alcalde había tomado parte en aquello cogió el sobre y lo abrió.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

0670472021.

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