CARTA DE MILENA A MAX BROD

Principios de agosto de 1920. Escrita en checo; traducida por Max Brod:

A su carta podría responder durante días y noches. ¿Dice usted cómo es posible que Frank tenga miedo del amor y no de la vida? Pero yo pienso que es distinto. La vida es para él algo distinto de lo que es para el resto de los hombres; sobre todo el dinero, la bolsa, la central de divisas, una máquina de escribir, son para él cosas completamente místicas (y so son, en efecto; sólo no lo son para los que somos distintos) son para él los más extraños enigmas, frente a los cuales él no se comporta como nosotros. ¿Es su trabajo de funcionario el simple cumplimiento de un servicio? Para él una función -también la que él ejerce- es algo tan enigmático, tan admirable, como lo es para un niño pequeño una locomotora. No entiende la cosa más sencilla del mundo. ¿Ha estado con él alguna vez en una oficina de correos? Cuando redacta un telegrama y con gesto perplejo busca una ventanilla que le guste más que las otras; cuando entonces, sin comprender cómo ni por qué, va de una ventanilla a otra hasta que da con la correcta, y cuando paga y le dan la vuelta, comprueba que le han devuelto una corona de más, y devuelve la corona a la señorita de la ventanilla. Luego se va despacio, cuenta una vez más, y en el último tramo de la escalera, abajo, ve que la corona devuelta le pertenecía. Bueno, una está ahora perpleja a su lado, él se apoya sobre un pie, sobre el otro, y da vueltas a lo que habría que hacer. Volver sobre sus pasos es difícil; arriba se agrupa un montón de gente. “Entonces déjalo estar”, le digo. “¿Cómo puedo dejarlo estar?” No lo lamenta por la corona Pero eso no está bien; hay una corona de menos. ¿Cómo va a dejarlo así? Habló mucho tiempo sobre ello. Estaba muy descontento de mí. Y eso se repetía en cada tienda, en cada restaurante, con cada mendiga, en diversas variaciones. Una vez le dio a una mendiga dos coronas y quería que le devolviera una. Ella dijo que no tenía nada. Estuvimos dos minutos allí pensando cómo podíamos solucionar el asunto. Entonces se le ocurre que puede dejarle las dos coronas. Pero apenas había dado unos pasos se pone de mal humor. Y esa misma persona me daría al momentocon entusiasmo, lleno de felicidad, veinte miil coronas; pero si le pidiera veinte mil una coronas y tuviéramos que cambiar dinero en algún sitio y no supiéramos dónde, entonces reflexionaría seriamente sobre cómo solucionar lo de esa corona que no me corresponde. Esa inhibición que tiene frente al dinero es la misma que tiene frente a la mujer. Asimismo el miedo a la oficina…

Oh, no, todo en este mundo es y será siempre un enigma para él. Un misterio místico. Algo que él no puede hacer y que, con pura y conmovedora ingenuidad, valora muchísimo, porque “es de gran capacidad para los negocios”. Cuando le hablé de mi marido, que me es infiel cien veces al año, que ejerce una suerte de fascinación sobre mí y sobre otras muchas mujeres, se le iluminó el rostro con la misma veneración de entonces, cuando hablaba de su director que escribe a tanta velocidad y por eso es una persona excelente, y lo mismo que entonces, cuando habló de esa novia “tan capacitada para los negocios”. Todo eso es para él algo ajeno. Una persona rápida escribiendo a máquina y otra que tiene cuatro queridas es para él algo tan incomprensible como la corona en la oficina de correos y la corona de la mendiga, incomprensible porque tiene vida. Pero Frank no sabe vivir. Frank no recobrará nunca la salud. Frank morirá pronto.

La cosa, no cabe duda, se presenta de la siguiente manera: todos, a lo que parece, somos capaces de vivir porque alguna vez nos refugiamos en la mentira, en el entusiasmo, en el optimismo, en una convicción, en el pesimismo o en lo que quiera que sea. Pero él nunca se ha refugiado en un asilo protector, en ninguno. Es absolutamente incapaz de mentir, como es incapaz de emborracharse. Por eso está completamente a merced de aquello de lo que nosotros estamos resguardados. Es como un hombre desnudo entre gente vestida. Y ni siquiera es verdad todo lo que dice, todo lo que es y lo que vive. Es un modo de ser perfectamente determinado, que existe por sí mismo, despojado de todos los ingedientes que podrían ayudarle a configurar su vida: en la belleza o en la miseria; da igual. Y su ascetismo carece totalmente de heroísmo; y es por eso, sin embargo, tanto mayor y superior. Él no es un hombre que se construya su ascetismo como un medio para alcanzar un fin; es un hombre que, por su horrible clarividencia, por su pureza y su incapacidad para llegar a un compromiso, se ve obligado al ascetismo.

Hay personas muy inteligentes que tampoco quieren pactar, pero se ponen unas gafas milagrosas con las que lo ven todo distinto; por eso no necesitan aceptar compromisos. Además, saben escribir velozmente a máquina y tener mujeres. Él está a su lado y lo contempla todo con admiración, incluidas esa máquina de escribir y esas mujeres. Nunca lo comprenderá.

Sus libros son admirables; él es más admirable aún. A usted le doy otra vez mil gracias por todo. Mis mejores deseos. Cuando vaya a Praga, podré ir a verlo, ¿verdad? Le envío mis más cordiales saludos.

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