EL OTRO CASTILLO (XXII)

K llegó hasta la Posada de los Señores a media tarde. Junto a la puerta vio aparcado un trineo con un hombre dentro. Pese a la intensidad con que caía la nieve, se acercó con calma y preguntó al cochero:

-Buenas tardes. ¿Es éste el trineo del señor Klamm?

-¿Quién lo pregunta?

-Soy el nuevo agrimensor; Klamm es mi superior jerárquico. Desearía hablar con él.

-Yo de usted no esperaría. Klamm no saldrá esta noche.

Era un hombre robusto, con cara gruesa y cejas pobladas. Vestía un abrigo de piel y un gorro siberiano que llevaba calado hasta las orejas. Hablaba con desgana, con una desgana que rayaba en el desprecio por la inutilidad de los esfuerzos del otro; del mismo modo que la mirada de esos pequeños ojos que se posaba en K con desidia y aburrimiento. K, pese a la advertencia del cochero, prefirió aguardar junto al trineo. Fue una espera larga, más aún si cabe por el frío que iba penetrando en el cuerpo a cada minuto. A diferencia del cochero, K no iba convenientemente abrigado; y, a diferencia del cochero, K se hallaba a la intemperie. En parte compadecido por la estampa de derrota y de humillación que ofracía K, en parte aburrido por el propio tedio que suponía estar encerrado en el trineo, el cochero le dijo:

-Si va a estar todo el rato ahí, puede coger una botella de agua ardiente que hay en la parte trasera, dentro de una bolsa. Y, ya de paso, deme una a mí también.

Animado por aquella idea, K abrió el trineo y buscó la botella. Una pequeña excusa para hacer el menor movimiento era agradecida por su cuerpo; y el hecho de reconfortarse con un poco de alcohol terminó de hacerle decidir. Encontró la bolsa; mas entonces, ya dentro del trineo, prefirió cerrar la puerta y acomodarse. Tomó una botella, la abrió y bebió, con la mala suerte de que buena parte del contenido se derramó. Pese a ello, nada dijo al cochero, como nada le había dicho el cochero a él al percibir cómo se metía en el trineo. Pese a la anomalía que constituía todo ello, actuaban con completa naturalidad; más bien, con indiferencia. Entonces un agente de policía se acercó a saludar al cochero. En cuanto vio a K, le preguntó:

-¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

Pese a la indumentaria del agente y el tono bronco, K, en parte apoyado por el alcohol, respondió:

-Soy el nuevo agrimensor; Klamm es mi superior jerárquico. Desearía hablar con él.

Frente a la consabida letanía de K, el agente se limitó a replicar, tal como minutos antes había hecho el cochero:

-Es inútil que espere. Klamm no saldrá esta noche; y menos si usted está aquí.

Tras decir estas palabras se alejó sin que K pudiera esgrimir la menor protesta. Entonces, olvidándose del cochero y de la botella de aguardiente, decidió salir del trineo y entrar en la Posada. Ahí estaría más caliente; y también ahí podría abordar a Klamm cuando éste se dispusiera a marcharse.

Sin embargo, una vez dentro de la Posada, K observó que su espera se seguía prolongando sin que hallara a Klamm por ningún sitio. Era obvio que estaba ahí; había visto su trineo. Pero ni rastro del administrador. Finalmente, después de oír un ruido se asomó a la puerta y vio con redoblada frustración cómo se alejaba el trineo. La Posada tenía una puerta trasera; y por ella había aprovechado Klamm para salir sin ser visto. K, abatido, tomó el camino de la Calle de los Cisnes,

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

10/04/2021.

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