EL OTRO CASTILLO (XXIII)

Era ya casi medianoche cuando K llegó a la escuela; Frieda le abrió y le besó apasionadamente.

-¿Qué tal te ha ido?

-Mal. He visto su trineo frente a la Posada; le he esperado fuera varias horas hasta que me he decidido a entrar, porque me estaba congelando; y entonces ha aprovechado para huir por la puerta trasera. Ahora sólo falta que coja una pulmonía.

-¡Pobre! Klamm es muuy esquivo; me imaginaba que se te escaparía. Pero estabas muy ilusionado con la idea de hablar con él; no había manera de quitártelo de la cabeza.

K estrechaba a Frieda con ternura contra su pecho cuando creyó identificar unas sombras al fondo del aula, entre la oscuridad. Tuvo que mirar con detenimiento para reconocer las figuras de sus ayudantes, que lo observaban a su vez y senreían candorosamente.

-¿Qué hacen esos dos aquí -preguntó, separándose de Frieda y mirándola a los ojos con expresión de desagrado-?

-Los vi al salir de la Posada del Pueblo. Yo me iba y ellos llegaban. Me preguntaron por ti; les dije adónde habías ido y me preguntaron si podían esperar conmigo. Son muy agradables.

-¡Hola, señor agrimensor -exclamaron jovialmente al unísono-!

-No los soporto. Me persiguen a todas partes; a ti al menos te piden permiso.

-No exageres; son buenos chicos. Pero ahora creo que es mejor que cenemos; es tardísimo. Y debes de tener hambre, después de todo lo que has caminado. Por suerte, mi madre me ha dado comida.

-Sí; claro que tengo hambre. Pero no sólo hambre; también frío. Estoy empapado. ¿Por qué no has encendido la chimenea?

-La leña está en el cobertizo, pero está cerrado con llave.

-Pues no habrá más remedio que forzar la puerta.

K agarró el atizador del fuego y se dirigió al cobertizo. Minutos después regresó cargado de leña, la distribuyó por la chimenea y prendió la llama. Aún pasaría un buen rato hasta que cenaran; primero quería caldearse un poco. Se había desprendido de toda la ropa, dejada sobre una mesita junto al fuego para que se secara. También Frieda se desnudó. Unieron dos pupitres y distribuyeron la comida. Los ayudantes, por su parte, yacían esparcidos por el suelo, a la espera de los restos de comida que les arrojaran, aunque ello no parecía incomodarles.

Extendieron en el suelo dos colchonetas para dormir y se taparon con sus ropas, ya secas, sin apagar el fuego, mientras los ayudantes se tumbbaban en el piso. Sería otra noche breve. Se habían acostado a las dos; no tendrían más que unas breves horas de sueño.

Hubo un momento en que Frieda se levantó para ir al lavabo; uno de los ayudante se percató y se apresuró para ocupar su lugar. K, agotado por las emociones intensas del día y sumido en un sueño profundo, daba vueltas en su colchoneta; trató de abrazar a Frieda y su mano se topó con un cuerpo que no respondía a la fisionomía que él conocía. Entonces abrió los ojos y vio con enojo al ayudante que ocupaba el lugar de su novio; éste, por su parte, le sonreía de manera burlona. Como respuesta, empezó a sacudirle continuos puñetazos, a pesar de los gritos de dolor y de las súplicas del otro. Arrebatado por la rabia, no cesó en sus golpes hasta que Frieda regresó y, alarmada y compadecida por el ayudante, le dijo a K que parara. Entonces el otro, magullado y sin dejar de quejarse por el dolor, huyó a refugiarse junto a su compañero.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

12/04/2021.

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