EL OTRO CASTILLO (XXIV)

Después de un sueño breve e insuficiente se levantaron a las siete y tomaron el desayuno. Pero el descanso no había sido bastante. No era sólo que hubieran sido pocas horas, sino el violento incidente del ayudante, que había supuesto mucha tensión para todos. Ahora tomaban café y galletas con calma; sentían sus cuerpos pesados, aletargados, incapaces de adquirir la celeridad que requería el momento; ni tan sólo se percataron de que estaban descuidando sus obligaciones. Comían en silencio, con las cabezas bajas, mientras los ayudantes seguían tendidos en el suelo, cuando les sorprendió la llegada de la maestra, una mujer de mediana edad, rechoncha, con un cabello castaño ensortijado y gruesos lentes de culo de vaso, vestida con blusa y falda negras, la indumentaría oficial. Venía acompañada por los alumnos, veinte niños de ocho a diez años. En cuanto vio el aula desordenada, con los ayudantes tirados por tierra y a K y a Frieda desnudos ante los pupitres, exclamó indignada:

-¡¿Pero qué es esto!? ¡Ustedes son unos desvergonzados! ¡¿Ustedes creen que estas pobres criaturas pueden venir a la escuela y verlos en semejante estado!? ¡Y fíjense cómo está el aula! ¡Ni un mínimo de decoro! ¡Ni un mínimo de responsabilidad! ¡Ya verán ustedes cuando el señor Lassemann vea todo esto!

Los niños los miraban con avidez, con los ojos desorbitados. Frieda se levantó tan pronto como pudo para ponerse el sujetador y la falda; K, algo más tranquilo, buscó los pantalones. Molesto por la actitud que tomaba la maestra, olvidó su parte de culpa en aquello y su descuido y respondió, despreciando sus desafiantes palabras y en tono burlesco:

-Deje de gritar, señora, que no es para tanto. Puede que el aula no esté en condiciones, pero la limpiaremos en un momento, mientras utilizan la otra. Anoche tuvimos un ligero percance; por eso hemos descansado mal y nos hemos levantado tarde. Habría sido todo un detalle que se hubiera tomado la molestia de preguntar qué había ocurrido, en vez de ponerse a gritar como una histérica y dar tan mal ejemplo a los niños. Y a usted, por más que lo quiera negar, lo que más le ha incomodado ha sido que los chamacos nos vieran desnudos. El estado del aula, dentro de las molestias, es algo secundario; lo que de verdad le escandaliza es que las criaturas vieran dos cuerpos adultos desnudos. Pero nada más normal que eso. Es como una clase de anatomía extraordinaria. Al fin y al cabo, dentro de unos años sus cuerpos serán similares a los nuestros; y el de alguna, si tiene mala suerte, se parecerá al de usted. De manera que no hay que avergonzarse de nada. ¿O es que acaso es usted una de esas señoras remilgadas que ven en el cuerpo y en el sexo el pecado, algo que se debe tener oculto a los ojos de los demás, pero que en la alcoba practican salvajemente? Tanta hipocresía me enferma, la verdad. La religión ha hecho mucho daño a la sociedad. Usted quizá se avergüence de su cuerpo; y no le faltan motivos para ello, la verdad. Pero mi prometida y yo nos sentimos muy orgullosos de los nuestros. Y vosotros, niños, nunca permitáis que la desnudez y el sexo son cosas malas. Mas bien sentíos orgullosos de vuestros cuerpos.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mii soledad.

15/04/2021.

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