EL OTRO CASTILLO (XXV)

-¡¿Pero será posible!? ¡Encima se atreve a insultarme y a defender lo que ha hecho! ¡Usted no tiene moral!

En aquel momento llegó Lassemann, ataviado tal como la maestra, con el maletín bajo el brazo. Observó a K con el rostro fruncido, hostil. El aspecto del aula contribuyó a predisponerlo negativamente:

-¡¿Puede saberse qué carajo está pasando aquí!? ¡¿Qué es todo este desastre!? ¡Señor agrimensor, creía que había sido suficientemente claro con usted. Le dije que el aula debía estar limpia y en condiciones para su uso docente a partir de las ocho! ¡Les pedí algo bien simple! ¡Y ahora me encuentro con esto! ¡El primer día!

-¡Yo le voy a decir lo que ha pasado, señor Lassemann! ¡Lo que ha pasado ha sido que a las ocho he llegado aquí con los niños y me encuentro el aula hecha una pocilga y a este caballero y a la señorita completamente desnudos, desayunando con toda la parsimonia del mundo! ¡¿Se lo puede usted creer!? ¡¿Es que acaso se merecen las pobres criaturas ver eso? ¡¿Tan tiernas y tan inocentes!? Como es lógico, les increpé por semejante actitud; sólo entonces se adecentaron un poco. Pero el señor todavía se atrevió a responderme y a insultarme; me dijo que no tenía nada de malo que los vieran desnudos, que ellos no se avergonzaban de sus cuerpos, pero que entendía que yo sí lo hiciera del mío. ¡¿Usted cree!? ¡Esto es intolerable!

-Y además la puerta del cobertizo está rota.

-No, señor Lassemann, por favor. No culpe a K por lo de la puerta del cobertizo. Él no tuvo nada que ver; fui yo -intervino Frieda. Los ayudantes, que hasta entonces habían permanecido tendidos sin decir palabra, se sobresaltaron ante aquellas palabras y empezaron a mover la cabeza para desaprobarlas-.

-Estos hombres no están de acuerdo con su versión.

-No les haga caso, señor Lassemann; sólo son chiquillos. Me tienen mucho aprecio y tratan de defenderme. Pero sé defenderme sola y acepto las consecuencias de mis actos. Pero también le ruego a usted que se haga cargo de la situación: en este pueblo hiela al caer la noche. Ayer estaba congelada, de modo que agarré el atizador del fuego y forcé la puerta para poder cargar un poco de leña.

-¡¿Así que habéis mentido -preguntó Lassemann, mirando a los ayudantes con fiereza-!? Habéis acusado a un inocente. Muy bien. Pues ahora recibiréis vosotros el castigo. Os daré cien latigazos a cada uno para que aprendáis a comportaros.

-¡No! ¡Espere! ¡Los ayudantes no han mentido! ¡Han dicho la verdad! ¡Fue K quien forzó la puerta!

-¿Así que los ayudantes dijeron la verdad y fue usted -preguntó Lassemann que, imperturbable, se plantó delante de K y lo miró fijamente a los ojos. El bigote le temblaba con un tic nervioso-? Primero realiza un acto de sabotaje; luego se esconde y no tiene ningún inconveniente en que su prometida dé la cara por usted. Y, por si fuera poco, iba a permitir que castigara a dos inocentes por su vil acto.

-No sea melodramático. A ustedes les gusta sacar las cosas de quicio -respondió tranquilamente K-. Es obvio que no le caigo bien a usted; eso saltó a la vista el primer día y quedó confirmado ayer, cuando recibió con desagrado el hecho de que aceptara el empleo. No pasaba nada si Frieda asumía la responsabilidad; usted no iba a tomar represalias contra ella, como ha confirmado. En cuanto a los ayudantes, me han causado muchos disgustos desde que están a mi servicio. No habría sido tan grave que hubieran recibido unos cuantos azotes. Lástima que mi prometida, guiada por la compasión hacia estos miserables, me haya traicionado.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

18/04/2021.

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