EL OTRO CASTILLO (XXVI)

-¿Y qué le han hecho a mi Miisi? No se mueve.

Preguntó la maestra, mientras se dirigía a una estantería donde descansaba un gato y lo cogía, estrechándolo con ternura maternal contra su voluminoso pecho.

-¡Oh! ¡Vamos! ¡¿También me van a culpar por eso -repuso K con fastidio-!? Al gato no le he hecho nada. El animal se metía por todas partes y no nos dejaba en paz; incluso me amenazó. Pese a todo, fui cuidadoso, porque supuse que era de alguien y no quería tener problemas. Pero el aniimal se metía por todas partes, , como ya he dicho, y lo pisé sin querer, con la mala suerte de que creo que tiene la pata rota.

Sin decir nada, la maestra se acercó a K con el gato en brazos, le tomó una mano, extendió la palma hacia arriba y le arrañó con sus afiladas uñas. Finos ríos de sangre se formaron ahí donde la maestra había puesto sus garras. K se limitó a mostrarles la palma a los alumnos y dijo, en tono despectivo y burlón:

-Mirad, niños, lo que me ha hecho un gato rabioso.

-¡Bueno! ¡Ya está bien -gritó entonces el señor Lassemann-! ¡Esto es demasiado! ¡Le informo que está usted despedido! ¡Recojan sus cosas y lárguense de mi escuela!

-No tan rápido, señor maestro; usted no tiene potestad para despedirme. Fue el señor alcalde quien me contrató; sólo a él le corresponde destituirme. Ya ve, Lassemann: le prometí hacerle una visita a su casa y al final he venido a su escuela. No es lo mismo, pero es lo más parecido. Yo nunca falto a mi palabra -dijo K en tono burlesco, mientras esbozaba una sonrisa-. Y ahora váyanse a otra aula; estas pobres criaturas, como las llama la maestra, están perdiendo tiempo de clase. En una hora tendrán esta aula en condiciones.

-¡Esto es inconcevible -gritó el maestro mientras se dirigía hacia la puerta en compañía de la maestra y los chamacos. Antes de irse, uno se acercó a K y observó intensamente la sanguinolenta marca de la mano-! ¡Tú! ¡Muévete -bramó Lassemann al niño; y, cuando éste hubo cruzado el umbral, cerró de un portazo.-!

Ya a solas, K y Frieda permanecieron unos segundos en silencio, con la mirada perdida, serios. En el suelo, los ayudantes los observaban desconcertados. De repente K rompió el silencio cuando se encaminó hacia ellos:

-¡Está bien! ¡Ahora vosotros largaos de acá! ¡Ya me habéis dado bastantes problemas! ¡Dejadnos a solas -gritó, mientras agarraba a cada uno de un brazo y los llevaba hasta la puerta.

Por fin libre de aquel estorbo, observaba aún cómo los ayudantes suplicaban desde afuera que les dejara entrar para resguardarse de la nieve y de las gélidas temperaturas. Corrían de un lado para otro, tratando de llamar la atención, y agitaban los brazos; rogaban perdón con una expresión lastimera, temblando de frío. Pero K era implacable. Hubo un momento en que, desesperados, llegaron a colgarse de los barrotes de una de las ventanas del aula y pegaron contra el cristal las caras llenas de espanto. K, estricto e iracundo, se limitó a correr las cortinas para no verlos.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

22/04/2021.

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