EL OTRO CASTILLO (XXVIII)

Como con un gesto descuidado, Frieda se levantó, vertió un poco de agua en un cazo y empezó a lavar las heridas de K. Tal expresión de agresividad había servido para que desahogaran la furia que tenían dentro, para que se calmaran por la tensión acumulada. Pero los gritos habían resonado por toda la escuela. El maestro llegó al aula:

-¡¿Qué gritos son ésos!? ¡Si quieren discutir, váyanse a otra parte! ¡Estamos tratando de dar clase aquí al lado! ¡Y las paredes son muy finas! ¡Pero no se vayan sin adecentar el aula! ¡Me han dicho que la dejarían en condiciones en una hora, pero ya han pasado veinte minutos y sigue igual!

-Cálmese. Ahora quien grita es usted -respondió K con naturalidad-. Todo habría sido más fácil si ustedes no hubieran montado el escándalo que montaron y si la salvaje de su amiga no me hubiera arañado.

-¡¿Cómo se atreve!?

-Vamos, no empiece; y no se ponga en plan victimista. Ya vio lo que me hizo esa mujer, y usted no se lo impidió; ni protestó siquiera. Yo podría haberme defendido, pero no lo hice. Las personas civilizadas dialogan, pero ya veo que ése no es su estilo. Menudo ejemplo para los niños, esas pobres criaturas que tienen que ver a un hombre y a una mujer desnudos -dijo K en tono sarcástico-. Tiene que venir uno de fuera a explicarles esto. Haga el favor de dejarnos. Deje que mi prometida me limpie las caricias que me hizo su gata.

Con el ceño fruncido, malhumorado por unas palabras a las que no hallaba réplica, el maestro salió del aula con un nuevo portazo. Sin embargo, apenas habían pasado diez segundos desde su marcha cuando oyeron unos tímidos golpecitos en la puerta. Se miraron extrañados. Frieda se levantó y abrió la puerta:

-¿Y tú quién eres?

Frente a ella estaba el niño que minutos antes se había acercado a mirar las heridas de K con tanta curiosidad. Era de un rubio pálido, como su tono de piel. Conservaba el mirar inquieto y curioso con que había escrutado a K.

-Me llamo Hans; soy el hijo de Gerstäecker. Antes vi lo que la maestra le hizo a ese señor.

Gerstäecker. Ese nombre lo conocía. K sonrió para sus adentros cuando lo oyó.

-¿Y qué haces aquí, jovencito -le preguntó Frieda con una sonrisa simpática, mientras se inclinaba y apoyaba las manos en las rodillas, para quedar a la altura del chamaco-?

-Me he escapado cuando el maestro abrió la puerta.

¡Así que te has escapado! ¡Eso no está bien -le reprendió Frieda con su voz dulce, sin dejar de sonreír-!

-Lo sé, pero tampoco está bien lo que la maestra le hizo a ese señor, y ese señor tenía razón en lo que nos dijo; no habían hecho nada malo. ¿Para qué venimos a la escuela si nuestros propios maestros hacen estas cosas? Yo no quiero ser como ella -respondió Hans con mirada como asustada, pese a que Frieda en ningún momento dejó de sonreír. Incluso K lo observaba con ternura.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

27/04/2021.

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