EL JUEGO DE LOS ABALORIOS, POR HERMANN HESSE

Es nuestro deseo dejar aquí consignado que los datos biográficos acerca de José Knecht -«Ludi magister, Josephus III», como se llama en los archivos del Juego de los Abalorios- son escasos y que no hemos podido hallar más. No nos ciega la realidad el hecho de que este ensayo será, hasta cierto punto, en contradicción con las leyes y las usanzas de la vida espiritual, o por lo menos parece estarlo. En efecto: precisamente la eliminación de lo individual, la inserción más completa -dentro de lo posible- de la persona en la escala jerárquica de las autoridades educativas y de las ciencias, es entre nosotros uno de los principios educativos del espíritu. Y ese principio ha sido asimismo ampliado, por larga tradición, tan dilatadamente, que hoy es difícil en extremo -y en muchos casos aún imposible del todo- incontrar pormenores biográficos y psicológicos de las personas individuales que han servido de forma sobresaliente a aquella jerarquía; son muy numerosos los casos en que ni siquiera pueden determinarse los nombres propios. En verdad una de las características de la vida individual de nuestra provincia es la de que su organización jerárquica tiene el ideal de lo anónimo y llega muy cerca de alcanzarlo.

Si, a pesar de esto, insistimos en este intento nuestro de fijar algunos puntos en lo que respecta a la vida del Magister ludi Josephus III y de hacer un bosquejo que delinee la imagen de su personalidad, no lo hacemos por culto personal ni por desviarnos de los usos, sino que muy otramente crremos hacerlo sólo en el sentido de prestar un servicio a la verdad y a la ciencia. Es un parecer antiguo: cuanto más rigurosa e inexorablemente formulemos una tesis, tanto más irresistiblemeente reclama ésta la antítesis. Aceptamos y respetamos la idea sobre la cual se funda la condición anónima de nuestras autoridades y de nuestra existencia espiritual. Ahora bien: una mirada oportuna a la prehistoria de esta vida espiritual, es decir, a la evolución del juego de los abalorios, nos muestra necesariamente que toda fase de desenvolvimiento, toda estructuración, toda mudanza, todo acaecer esencial, ya se interprete en sentido progresista, ya en sentido conservador, delatan de una manera indefectible a la persona que introdujo el cambio o que se hizo instrumento de la transformación y perfeccionamiento, no como a su único y real autor, mas sí como a su rostro más ostensible.

Seguramente lo que entendemos hoy por personalidad es algo muy diferente de lo que querían decir con tal palabra los biógramos e historiadores de épocas precedentes. Para éstos, y particularmente para los escritores de épocas en que era marcada la inclinación al tipo biográfico, parece -permítase la expresión- que lo esencial de una personalidad residía en lo discrepante, en lo anormal y único, y aún con frecuencia en lo patológico, mientras que nosotros los modernos hablamos de personalidades importantes casi exclusivamente cuando hallamos seres humanos que, más allá de toda originalidad y rareza, han logrado ponerse en su puesto dentr del orden general en la forma más parecida a la perfección y en la misma forma han prestado sus servicios, matizados de sobrepersonalismo. Si miramos con más atención, veremos que también la antigüedad conoció ese ideal: la figura del «sabio» o del «hombre perfecto»para los antiguos chinos, o el paradigma de la moral socrática, apenas se distinguen de nuestro ideal moderno, y más de una gran organización espiritual…,

La incertidumbre y la falsedad de la vida espiritual en aquel tiempo -que no obstante en otros aspectos evidenció grandeza y constructiva- nos la explicamos los modernos como un síntoma del pavor que invadió al espíritu, cuando al final de una era de triunfos y prosperidad aparentes hallóse de pronto ante la nada; y la nada para el espíritu era la gran miseria material, unida a un desconfiar -surgido de la noche a la mañana- de sí mismo, de la propia fuerza y dignidad y aún de la propia existencia, y de una etapa de tormentas políticas y bélicas. Pero en ese período, al lado de la sensación de derrumbamiento, hubo ciertamente muchas y muy elevadas aportaciones espirituales, entre otras la iniciación de una ciencia musical de la que somos agradecidos herederos.

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