APUNTES DESHILVANADOS DE UNA MENTE PERTURBADA (II)

Aquella noche del 30 de diciembre cené en mi piso con Natacha y con Antopov. Aunque más bien debería puntualizar estas palabras; ella no hubo manera de que probara bocado, ni siquiera un vaso de leche que mandé ordeñar expresamente para el consumo y deleite de su excelencia. Aquello llegó desencadenar una trifulca, debido a mis airadas protestas ante su terquedad; y, dado su humor encendido y sus fieras amenazas de abandonar mis aposentos, no me quedó más remedio que agachar la cerviz y suplicar humildemente perdón. Luego nos relajamos con un concierto de Tchaikovsky, hasta el punto de que la dama se quedó dormida. Concluí que era el momento oportuno para retirarme a mi recámara, y dejé a mis dos invitados a su suerte.

Según supe horas más tarde, ninguno de ambos abandonó la sala. Natacha durmió durante toda la noche en el diván, mientras Antopov se mantuvo en vela, cuidando por su sueño. Al día siguiente, ella me telefoneó y me dijo que estaba enamorada de mi amigo. Se me heló la sangre. Sin conocerlo de apenas nada, aquella desequilibrada se sentía atraída por un tipo que era una gran persona, pero que tampoco tenía cabeza -lo probaba, entre otras cosas, el hecho de que cuatro años antes había dejado embarazada a otra joven a quien apenas conocía, y ésta había roto con él al poco tiempo, sumiéndolo en una profunda depresión y haciéndole contemplar el suicidio como una posibilidad seria-. Y después estaba yo, un desgraciado que ansiaba estar con una mujer y que había desperdiciado una gran oportunidad de echar un polvo.

La confesión de Natacha me impactó. Me preguntó si debía decírselo a Antopov, y traté de disuadirla; le dije que, con una hija ya a sus espaldas, no lo veía capaz de iniciar una relación. Pero ignoró mi consejo. Aquella tarde caía otro velo cuando él tomaba el tren para Leningrado.

El epílogo de esta historia llegó pasados unos meses, cuando me enteré de que Natacha estaba embarazada. Mi respuesta fue violenta; publiqué una serie de panfletos en los que los tachaba de descerebrados y rompí la amistad con ambos. Según supe, tenían proyectada la boda. En cualquier caso, era una irresponsabilidad hacia las pobres criaturas (venían gemelas).

Transcurridos unos meses, ya cercana la boda, le hice llegar a Antopov una carta de felicitación; me dio las gracias, pero me comentó que habían suspendido la ceremonia, para que ella pudiera recibir ayudas por ser madre soltera. Aquél fue el momento en que retomamos el contacto.

Sin embargo, entre ellos pronto empezaron los problemas. Se habían instalado en un piso que los padres de ella tenían en Kostov. Después de una discusión, ella había regresado a Leningrado, pero él no le envió carta, por no sentirse culpable. Una tarde me invitó a comer y a echar unas partidas de ajedrez. Todo iba bien, hasta que Natacha se presentó gritando como una histérica y le arrojó la balalaika encima con furia. Él pudo ponerse detrás de ella y abrazarla, de modo que me diera tiempo de escapar.

Nunca retomé la amistad con Natacha; y Antopov, después de continuas discusiones, terminó rompiendo con ella, pasados los años. A día de hoy mantienen una buena amistad; y él, a decir verdad, creo que sobrevive gracias a ella, que a su vez tiene la suerte de ser hija de duques, También es cierto, sin embargo, que hace menos de un año me encontré casualmente con ambos, durante una de sus reuniones. Entonces fue la primera vez que la vi en diez años, y tuvimos un trato cordial.

Ésa fue la historia que viví con Natacha.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

30-04-2021/01-05-2021

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