APUNTES DESHILVANADOS DE UNA MENTE PERTURBADA (IV)

Me reencontré con Clarissa ocho años más tarde de la primera vez, durante un paseo por una de las principales avenidas de Moscú. Durante nuestra plática, hubo un momento en que confundió al juez Glukovic con Glukinovic, a la sazón ministro de justicia. Tardó unos segundos en percatarse de su craso error, tras lo cual estalló en una risa histérica. Yo, por mi parte, no acertaba a creer que aquel comportamiento fuera espontáneo; más bien creía que se trataba de una broma con la que ponerme a prueba. No podía haber una persona tan idiota. El paso del tiempo me demostraría que lo era mucho más.

Sería difícil esbozar su personalidad; quizá fuera mejor dejar que los hechos hablen por sí solos. De entrada, sin embargo, puedo apuntar que era amiga íntima de Natacha; para continuar, que, igual que ella, tenía serios problemas psicológicos. En su caso no se trataba de ningún trastorno relacionado con la alimentación, pero sus padres eran muy religiosos. La religión acabó por lavarle el cerebro y convertirla en una chica muy insegura; pero, a pesar de ser tan religiosa, también era ninfómana, como Natacha.

Una tarde quedamos con Antopov y con Natacha, que salían a pasear a las gemelas por el Lena. Hubo un momento en que Clarissa cogió a una de las niñas y la llevó en brazos; nuestros amigos iban delante y caminaban a un ritmo más rápido que nosotros. Yo no tenía ninguna culpa; era Clarissa quien se entretenía con cualquier cosa. El caso es que los perdimos. Yo no había cogido el celular, y a Clarissa se le acabó la batería. Cuando nos dimos cuenta estábamos solos con una niña ajena. Le sugerí ir a mi casa para tomar mi móvil y ponernos en contacto con ellos, y me preguntó si eso no era una maniobra para engatusarla. Aquella pregunta ya tenía que haberme puesto sobre aviso de lo perturbada que estaba su mente.

Cuando llegamos a mi piso, mis compañeras Miroslava, georgiana, y Darinka, azerbayana, estaban en el comedor; y mi celular, con cuatro perdidas de Antopov, no dejaba de sonar. Él y Natacha estaban nerviosos; me dijeron que llevara a la niña a casa de Boris; pero Clarissa, asustada por la posible reacción de Natacha, no se atrevía a ir. Entonces me tocó a mí salvar el recorridocon una bebé en brazos que no paraba de llorar y de ponerme perdida de babas la pelliza. ¡A mí! ¡Con lo patoso que soy y con la poca madera que tengo para los niños, que no sé ni agarrar un bebé! El hecho de que Clarissa prefiriera delegar la responsabilidad y ocultarse fue otro detalle que debió hacerme reaccionar.

Cuando regresé a casa los ánimos ya estaban más calmados; Clarissa había tenido tiempo de relajarse y de trabar amistad con mis compañeras, en especial con Darinka, una bellísima persona. Y entonces, a casi medianoche, no tuvo escrúpulos en pedirnos que le dejáramos dormir en el sofá. Mis compañeras, como era de esperar, no pusieron ninguna objeción; y yo, obcecado por aquel cuerpo bonito y aquella cara inocente, y con el recuerdo de la lejana fecha en que la había conocido, así como marcado por esa experiencia que parecía unirnos, le preparé algo de cena y le saqué mantas. Entonces se abrió la caja de Pandora.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

04-04-2021.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s