EL OTRO CASTILLO (XXXIV)

>>Papá hacía todos los días el mismo trayecto. Llegaba junto a un kiosco que hay en medio de una de las carreteras y ahí se pasaba horas enteras sentado en una silla que se llevaba de casa, no importaba que hiciera un sol abrasador o que el frío se le metiera en el cuerpo. El dueño del kiosco era conocido nuestro; papá le había arreglado algunos pares de zapatos. El hombre sintió lástima por mi padre y le sacó una manta para que se tapara y se protegiera de la lluvia, pero fue insuficiente. Exponerse a diario a temperaturas extremas acabó con él. Una noche llegó a casa temblando; le castañeteaban los dientes. Tenía fiebre. Se metió en la cama con la esperanza de estar recuperado en unas horas para volver a hacer guardia. Si lo hubiera usted visto aquella mañana… Daba pena verlo cómo se lamentaba por no poder salir; justo ese día, cuando había de parar alguien en la carretera, quizá el mensajero mismo. Para tranquilizarlo, mamá se ofreció para cubrir su puesto; él se negó; dijo que ella no sabría tratar con los funcionarios. Al final, a pesar de lo enfermo que estaba, regresó, pero acompañado por nuestra madre. Aquél fue el último día que pudo hacer la guardia. Después se pasó dos semanas en cama, y ya no pudo salir de casa. Por complacerle, mamá ocupó su puesto; durante un mes estuvo subiendo hasta el mismo lugar y exponiéndose a los mismos rigores que él. Mis hermanos y yo veíamos aquello, y sabíamos lo que pasaría si nuestra madre seguía exponiéndose a esos rigores, pero no lo pudimos evitar. Desde entonces los dos presentan ese estado tan lamentable. Mi hermana se siente culpable por ello; cree que si no hubiera reaccionado como lo hizo, el pueblo no nos hubiera negado la palabra, no lo hubiéramos perdido todo y nuestros padres aún conservarían toda su lozanía. Desde entonces se ha convertido en una mujer taciturna; se ocupa de nuestros padres y del establo, y hace todo cuanto esté en su mano por ayudar a la familia. La culpa es una losa muuy pesada, ¿sabe? Por más que ella sólo fuera una víctima, como todos nosotros.

Lo curioso es que si el mismo día que los vecinos dejaron de dirigirnos la palabra y los clientes de la zapatería vinieron a anular sus pedidos, nosotros les hubiéramos preguntado la causa y les hubiéramos explicado lo ocurrido, nos habrían perdonado; incluso si hubiéramos reaccionado con naturalidad a sus desplantes, se habrían arrepentido de su actitud y al día siguiente todo habría vuelto a la normalidad. Pero entonces no lo pensamos; sólo vimos que se había cometido un tremendo cambio, y el impacto fue tal, que no supimos reaccionar. Y ahora ya es tarde para todo cambio. La mancha que cayó sobre nuestra familia se ha consolidado. Nadie recuerda lo que ocurrió hace dos años, suponiendo que alguna vez lo hayan sabido; sólo saben que en esta casa reside una familia marcada por un horrendo estigma; y eso les basta para condenarnos. Pero, aunque nos perdonaran, ya nada sería igual. Ahí ve usted a mis padres. Nada les puede hacer recobrar la salud.

Autor: Javier García Nninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

23/05/2021.

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