CARLOTA EN WEIMAR, POR THOMAS MANN

Para caracterizar la situación en que vivía la linda criatura en la época de su primer encuentro con el señor Von Goethe, quizá la palabra “espera” sea la más acertada. Ha tenido cortejantes ya desde edad temprana y había recibido muchos homenajes ante los que ella se había inclinado medio en juego. En realidad todavía no había amado y esperaba su primer amor; su corazón estaba casi adornado para recibir al dios todopoderoso, y en los sentimientos que le infundía este pretendiente tan especial y de un nacimiento tan irregularmente alto, creyó reconocer su poder. Su admiración por el gran poeta era sin duda muy profunda; el favor que él le mostraba le producía un inmenso halago, ¡no era milagro que la solicitación del hijo, que tuvo lugar con la anuencia del padre, y por así decirlo, en su nombre, le pareciera irresistible! Fue como si la pretendiera el padre, rejuvenecido en la juventud del hijo. El “joven Goethe” la amaba; apenas si vaciló en ver en éel al hombre que despertaba su destino, y no dudó en amarlo.

Me parece que tanto más convencida estaba de ello cuanto más inverosímil percibía su inclinación y la forma en que se le apareció el destino. Lo que ella sabía del amor era que constituía un poder caprichoso e imprevisible, soberano ante todo, que gustaba de burlarse de la razón y afirmaba sus derechos con independencia del juicio del entendimiento. Se había imaginado al joven de su elección de un modo muy diferente: más creado a su propia imagen, más alegre, más ligero, más sereno, de una naturaleza más clara de lo que August era. A ella le pareció una prueba romántica de la autenticidad de su inclinación el que él fuera tan poco parecido a la imagen preformada. August no había sido un chico muy agradable, un muchacho extraorrdinariamente prometedor. No se le había echado larga vida, y en lo relativo a su disposición espiritual había predominado entre los amigos de la casa la impresión de que no habría que esperar mucho. Entonces se desarrolló, a partir de su infancia enfermiza, hasta convertirse en un joven bastante ancho e imponente, un poco peesado y sombrío, de aspecto un tanto opaco, quiero decir, y para esto pienso especialmente en sus ojos, que eran hermosos, o mejor dicho, lo hubieran podido ser si hubieran tenido más expresión, más mirada. Yo hablo de su persona en el pasado, para separarme de ella mejor, casi para juzgarlo sin trabas. Pero todo lo que digo de él es también aplicable al actual hombre de veintisiete años en grado mayor que al joven que era en la época de su conocimiento con Otilia. No era un hombre de sociedad agradable y animado. Su espíritu parecía frenado por el disgusto, por la aversión a hacer uso de él, por una melancolía que más bien hubiera habido que llamar desesperación y que difundía a su alrededor una cierta desolación. Era evidente que esta falta de alegría, esta renunciación apática, se originaba en su situación de hijo, en el miedo a la comparación, siempre amenazadoramente próxima y desalentadora, con el padre.

Ser hijo de un hombre grande es una suerte eminente, un grado estimable, y por el otro lado también una carga aplastante, una degradación permanente de su propio ser. Ya al muchacho le había regalado y consagrado el padre un álbum que, en el curso de los años, aquí en Weimar y en las ciudades adonde fue en compañía de su hijo, en Halle y Jena, en Hemstaedt, Pyrmont y Carlsbad, se había llenado con las aportaciones de todas las celebridades de Alemania y hasta del extranjero. Apenas había una entre ellas que no tocase a esa condición del joven que era la más impersonal entre las suyas, pero que constituía la idea fija de todos: su condición de hijo.

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