HISTORIA CIRCULAR (V): LA INCÓGNITA

*Quinto texto para el Mundial de escritores. Consigna: escribir sobre un acontecimiento que te haya marcado en pocas paalabras:


Manuel y yo hicimos juntos la secundaria; éramos inseparables. Creo que no habría podido ni superar la escuela de no haber sido porque su papá nos ayudaba con las asignaturas más complicadas. A mí se me hacían especialmente duras las matemáticas; se me presentaban como un mundo intrincado, un laberinto lleno de dificultades, cuyo sentido no comprendía. Llegué a aborrecerlas, en especial debido a un maestro que tenía muy mala fama en nuestra escuela; un piche cabrón con complejo de dios frente a una tribu de veinte chamacos que no entendían un carajo de sus explicaciones. Creo que nunca le importó si sus alumnos aprendían o no; de hecho, tengo la íntima convicción de que disfrutaba sádicamente cuando corregía los exámenes y llenaba los folios con amonestaciones en rojo; y después el momento más sabroso era si la calificación caía en suspenso. Estoy seguro de que imaginaba que cada vez que estampaba el rotulador contra la hoja pensaba que estaba clavando un puñal en el pecho de uno de sus alumnos; y que cuando hacía una corrección en rojo lo que veía era la sangre del muchacho. Si suspendía, moría; y esto era lo que más le regocijaba.
En la secundaria fue peor. No por aquel maestro perverso, don Matías, a quien ya no volví a ver, sino por la mayor complicación de las endemoniadas matemáticas. Sí: endemoniadas. Aquel arte sólo parecía ser una invención del diablo. Tener que vérmelas con esas fórmulas extrañas, con esas incógnitas, me mareaba. Pero ahí estaba el bueno de don José para presentarme aquello como un juego y para endulzarme la amarga píldora. Don José consiguió algo menos que un milagro: que me reconciliara con las matemáticas y que llegara a disfrutar con ellas.
Pero don José no fue la única ayuda que tuve.
A los quince conocí a Diana, una de las chicas más populares de clase, cuando no de todo el instituto. Alta, esbelta, vestía siempre unos vaqueros ajustados que le marcaban mucho la silueta y unas blusas muy escotadas que casi mostraban en su totalidad unos prometedores senos que me mareaban más que el álgebra. Y esa manera de mirar tan insinuante, con sus preciosos ojos de color café entrecerrados, con un mechón rebelde en la frente y su hermosa cabellera azabache que le caía hasta el trasero en rizos juguetones… Todo acompañado por una sonrisa que nunca la abandonaba. Manuel y yo estábamos enfermos.
Una tarde se nos acercó y nos propuso ir a tomar algo. Nos sorprendió; nunca creímos que hiciera tal cosa. Creo que le divertía nuestro azoramiento, que disfrutaba, que se sentía poderosa; que haríamos cuanto nos pidiera.
Aquella tarde probamos el alcohol. Después nos invitó a su casa; nos dijo que sus papás habían salido de viaje unos días por motivos de negocios. A pesar de la ligera embriaguez que teníamos, Manuel y yo sabíamos lo que eso significaba y lo que pasaría si aceptábamos. Nos miramos interrogantes, con los rostros colorados, en parte por el alcohol, en parte por la vergüenza, mientras ella no dejaba de reír. Pero, tal como ya sabía, acabamos aceptando. Aquella tarde descubrimos el sexo, la más maravillosa de las incógnitas a que jamás me he enfrentado. Diana fue nuestra primera x.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Sobre las tinieblas de mii soledad.

04-06-2021.

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