HISTORIA CIRCULAR (VII): ENTRE LAS CENIZAS

*Séptimo texto para el Mundial de Escritores. Consigna: un pequeño gesto revela la personalidad de alguien:


Ahora me topaba con el comedor vacío. La familia se había marchado sin dejar nada; sólo el mobiliario. Ahí estaba la vitrina donde don José atesoraba sus libros, algunos ya antiguos, comprados en su juventud, con las hojas amarillentas y prontas a deshacerse entre los dedos, sobre todo cuando tenían encuadernación blanda. Pero en su mayoría eran colecciones editadas en tapa dura de los autores más diversos; ésas aguantaban mejor las inclemencias del tiempo. Pero ahora no había nada; sólo el polvo que se acumulaba en los cristales, en las sillas y en las mesas. En varias ocasiones me acometió un violento ataque de tos y tuve que sacar un pañuelo del pantalón para secarme las lágrimas que me brotaban por la pinche alergia, que se mezclaban casi con las de la nostalgia y me dejaban los ojos enrojecidos.
Hallé algunas fotos en unos cajones del mueble del comedor; fotos donde aparecía la familia en conjunto con aquella felicidad que la caracterizaba. A veces faltaba don José, a veces doña Silvia, según quién la tomara. Ahí estaba con Manuel el día de su décimo cumpleaños, posando los dos frente a la tarta de arándanos con dos velitas encendidas con la forma de un 0 y de un 1, ambos sonrientes y emocionados; en otra era Sonia quien sonreía alegre junto a su muñeca favorita; en ésa otra, Irene el día de su graduación. ¡Qué linda estaba con esa dulce sonrisa posando junto a su título, que mostraba orgullosamente! Fue ella quien les tomó la foto a los papás el día de las bodas de plata, tan felices ambos como la mañana en que se dieron el sí quiero. Pero la que hizo que se me rebasara el alma fue aquélla en que aparecemos Manuel y yo el día en que conocimos la nieve, envueltos nuestros cuellos en bufandas y mostrando a las cámaras sendas pelotas de hielo alzadas con la zurda a la altura de la cabeza. Creo que si algún pinche descerebrado del cuerpo para el que trabajo viera nuestras poses, pensaría que estamos haciendo el saludo comunista.
No sé cuánto tiempo pasé ensimismado con aquellas fotos; aquello no era función de un policía; yo sólo debía ver si había algo de utilidad pública. Lo que me sacó de mi ensimismamiento fue una risita burlona de mi compañero, que a tres metros de mí había estado observándome mientras examinaba el contenido del arcón. Le oí escupir, encender una cerilla y la pequeña deflagración que hubo cuando ésta cayó sobre un cúmulo de papeles. Más tarde me acerqué al arcón y vi los restos de la hoguera que había hecho mi camarada; algunos fragmentos habían escapado de la voracidad de las llamas. Reconocí varios artículos periodísticos relativos a don José. En uno de ellos protestaba contra el gobierno criminal de Duque por los asesinatos de antiguos miembros de las FARC; en otro, por el deficiente sistema de salud pública; en un tercero, por la discriminación de la comunidad indígena; y aún en otro por la subida del precio de los carburantes, aquél que le costó la vida.
Entoncees comprendí que mi elección para inspeccionar la casa no había sido casual. El tipo que me acompañaba mostraba un crudo desprecio; era el hijo de perra que le había soltado los tres balazos a don José. Y hacerme formar parte de aquello era la manera de humillarme, al mostrarme que no me quedaba otra posibilidad que tragar con toda esa mierda.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

07/06/2021.

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