HISTORIA CIRCULAR (IX): LASCIVA PERVERSIÓN

*Escrito presentado a la novensa ronda del Mundial de escritores. Consigna: una relación va mal y se entreve la ruptura:

Diana es la mujer más excepcional que he conocido nunca. Inteligente, culta, sensual y muy hermosa. Era una muchacha con mucha iniciativa y mucha personalidad; era ella quien marcaba las pautas; Manuel y yo, completamente prendados, no podíamos hacer otra cosa que obedecer sus caprichos. Tan abducidos nos sentíamos por esos encantos que nos parecían sobrenaturales; por esa abigarrada mezcla entre su gran ternura y su alta formación y una lascivia desbocada. De hecho, fue esto último lo que le hizo fijarse en nosotros. No era sólo la posibilidad de tener sexo con dos hombres al mismo tiempo; eso podría haberlo conseguido por otros cauces, sin necesidad de recurrir a nosotros. Pero por aquel entonces Manuel y yo estábamos muy unidos, como ya dije; y eso dio pie a una fantasía perversa por parte de nuestra amada amazona.

Eso lo sé ahora, pero no lo sabía entonces. Por aquellas fechas sólo apreciaba cómo disfrutaba con nosotros, la pasión desbocada con que gemía; y eso nos excitaba mucho a ambos. La primera señal de alarma llegó un día en que Manuel no pudo acudir por una indigestión. Entonces me dijo que era mejor dejarlo para otro día; que era preferible para los tres descansar. Aquello me molestó, pero estaba tan prendado que acepté -creo que me habríaa tragado un litro de aceito de ricino si me lo hubiera pedido-; me limité a aliviarme con los tradicionales métodos de mi época virginal y recuperé la calma. Lo que ya fue más grave fue que aquel se repitiera; y no sólo cuando Manuel se encontraba indispuesto, sino también cuando alguna razón me impedía acudir a mí. Lo platiqué con mi amigo; ambos nos sentimos conffusos. Diana era una mujer fantástica, pero, ¿a dónde llevaba aquello? ¿Estábamos condenados a ser permanentemente un trío? ¿Si fallaba uno, se suspendía la función? Aquí no se devolvía el boleto; y, pese a que sabíamos que algún día esa loca aventura llegaría a su fin, no podíamos dejar de disfrutar mientras durara. Estar dentro de Diana, contemplar su hermoso cuerpo desnudo, sentirla gozar con esos gritos tan arrebatadores, no importaba de quién fuera el mérito, nos compensaba.
Por supuesto que nunca contamos nada de aquello a nadie; ni a nuestros amigos, ni a sus hermanas, ni, por supuesto, a don José. Nos habríamos muerto de vergüenza si en su familia se hubieran enterado de nuestras aventuras. Siempre que los papás de Diana tenían que salir aprovechábamos; una cama de matrimonio da mucho juego. Ahí podía deslizar mi lengua traviesamente por sus senos, por su vientre; podía comerle la boca y morderle los pezones; podía susurrarle obscenidades al oído mientras Manuel la penetraba; o podíamos hacerlo los dos al mismo tiempo. ¡Qué tremenda explosión de gozo!
El problema llegó la noche en que, agotados pero aún no saciados, después de contemplar un vídeo que grabamos con una de nuestras aventuras, nos dijo con una de sus flamantes sonrisas que quería ver cómo nos lo montábamos entre nosotros; que le excitaba mucho la idea de vernos. Manuel y yo nos miramos, blancos como la cera. Al momento se nos bajó la libido. Diana estalló en una carcajada al ver cómo nuestros bravos generales, los mismos que habían presentado gallardamente batalla en su densa selva amazónica, quedaban reducidos a tímidos soldaditos. Entonces nos vestimos, la besamos en la boca con la misma pasión que minutos antes y salimos de su casa.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

09/06/2021.

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