CONFESIONES DEL ESTAFADOR FÉLIX KRULL, POR THOMAS MANN

Percibo en el rostro del lector cierta preocuación por el hecho de que, al hablar de tantas cosas, pueda haber cometido la ligereza de olvidar por completo la espinosa cuestión de mi servicio militar; me apresuro, pues, a asegurarle que en absoluto es así, sino todo lo contrario: en todo momento, y con no poca angustia, he mantenido ese fatal asunto en el punto de mira. Por supuesto, en la medida en que tuve clara la solución a ese nudo tan resistente, la angustia se transformó en esa inquietud cargada de regocijo que nos invade cuando estamos a punto de medir nuestras fuerzas en una gran misión, en una misión heroica y…; aquí he de poner freno a mi pluma y, cuidando la estrategia narrativa, resistir la tentación de adelantar ya todo lo que sucedió. Porque, como cada vez es más firme el propósito de entregar este humilde texto, suponiendo que consiga llevarlo a término alguna vez, para que lo publiquen, no estaría bien que no me sometiera a las principales reglas y máximas que deben guiar al autor literario para crear curiosidad y tensión, reglas que transgrediría de la peor manera si cediera a mi tendencia a desvelar lo mejor desde el primer momento y así, dicho en sentido figurado, hacer estallar toda la pólvora para luego quedarme desarmado.

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Varios despertadores comenzaron a sonar y a traquetear casi al mismo tiempo -aún a oscuras, pues no eran más que las seis-, y los primeros en salir de la cama encendieron la bombilla. Stanko fue el único que hizo caso omiso del toque de diana y siguió tumbado. Como me sentía muy recuperado y contento después de haber dormido, no me amargó demasiado el fastidioso tropel de muchachos de pelo revuelto que, entre bostezos, se estiraban y se quitaban el camisón por la cabeza en el estrecho pasillo de aquel peculiar camarote.


No puedo calificar mi actitud interior hacia el mundo, o hacia la sociedad, sino de contradicción. A pesar de mi anhelo de amor correspondido por ese mundo, a menudo me dominaban una frialdad analítica y una tendencia a la contemplación displicente que a míi mismo me asombraban. Sirva como ejemplo una idea que a veces ocupaba mi mente, cuando, en el comedor o en el vestíbulo, me quedaba ocioso unos minutos con mi servilleta a la espalda y observaba todo aquel conjunto de huéspedes del hotel alrededor de los cuales rondaban y a los cuales atendían los fracs azules. Era la idea de la intercambiabilidad. Con otros trajes, con otro envoltorio, muchos de los que servían podrían haber sido clientes perfectamente; y, a la inversa, más de uno de aquellos caballeros repantingados en los sillones de mimbre con un cigarrillo en la comisura de los labios hubiera podido pasar por camarero. Era puro azar que fuese al contrario: el azar por la riqueza, pues la aristocracia del dinero es una aristocracia azarosa e intercambiable.

Por esa razón solía acertar bastante con mis experimentos en torno a las identidades, aunque no siempre, ya que debía tener en cuenta, en primer lugar, que la costumbre de ser rico siempre trae consigo cierto refinamiento, cuando menos en lo superficial; en segundo lugar, que la propia sociedad del hotel, aquella masa humana en su versión más pulida, con freccuencia encarnara esa distribución que en el fondo es independiente del dinero, sin que ello implique que además vaya unida a él. A veces tenía que recurrir a mi propia persona para que funcionara mi juego de intercambios mentales, porque ninguno de mis compañeros camareros se prestaba como candidato creíble al intercambio; por ejemplo: en el caso de un joven caballero de aspecto en verdad agradable y de comportamiento desenvuelto y relajado que, aunque no era huésped del hotel, acudía allí a cenar en no pocas ocasiones, una o dos veces a la semana, y, para colmo, se sentaba en mi zona.

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