CONFESIONES DEL ESTAFADOR FÉLIX KRULL, POR THOMAS MANN (II)

No cabe duda, dijo, de que no sólo la vida en la Tierra constituye un episodio relativamente fugaz entre nada y nada; el propio ser es uno de esos episodios entre nada y nada. No siempre existió el ser y tampoco existirá siempre. Tuvo un principio y tendrá también un final, y entonces sucedería lo mismo con el espacio y el tiempo, pues éstos sólo existen en virtud del ser y en virtud de su relación de interdependencia. El espacio, dijo, no es más que la organización o el sistema de relación de las cosas materiales entre sí. Sin objetos que lo ocupen no existiría el espacio, y tampoco el tiempo, pues el tiempo no es sino la organización de acontecimientos que la presencia de cuerpos hace posible, el producto del movimiento, de la relación entre causas y efectos, cuya sucesión otorga una dirección al tiempo y sin la cual no podría existir ese tiempo. Ausencia de espacio y de tiempo: eso era exactamente lo que definía la nada. Por eso mismo, la nada no es susceptible de expandirse en ninguno de los dos sentidos: es eternidad estancada; tan sólo había sido interrumpida de un modo pasajero por el ser espacio-temporal. Al ser se le había concedido un plazo más largo, eones más largo, que a la vida; lo que estaba claro era que tendría un final, e igual de claro estaba que ese fiinal correspondería también a un principio. ¿Cuándo había empezado el tiempo, el suceder, por así decirlo? ¿Cuándo se había producido la primera vibración del ser en la nada en virtud de un “sea” que, a su vez, habría encerrado ya como algo absolutamente inevitable el “y se extinguirá”? Tal vez ese “cuando” del nacer a la vida quedase bastante cerca, como quizá no faltara tanto para que llegara el “cuando” de lo contrario; tal vez unos cuantos billones de años nada más. Entretanto, el ser celebra su tumultuosa fiesta en los insondables espacios que eran obra suya y en los que creaba distancias donde imperaba un gélido vacío. Y Kuckuck me hablóo también del gigantesco escenario de esa fiesta, el universo, ese hijo mortal de la nada eterna, lleno de innumerables cuerpos materiales, meteoros, lunas, cometas, nebulosas, millones y millones de estrellas vinculadas entre sí por efecto de sus campos gravitatorios, organizadas en cúmulos estelares, nubes, vías lácteas y suprasistemas de vías lácteas, cada una de las cuales estaba compuesta por incontables soles ardientes, planetas que giraban a su alrededor además de girar sobre sí mismos, por masas de gases diluidos y fríos campos de fragmentos de metal, piedras y polvo cósmico…


Nuestra Vía Láctea -descubrí-, una entre billones de galaxias, englobaba casi en su última linde, como esas florecillas que crecen junto a los muros, a una distancia de treinta mil años luz de su centro, nuestro propio sistema solar, con su bola de fuego gigantesca (pero bastante insignifficante comparada con otras), eso que llamamos “el” Sol, aunque en realidad sólo tiene sentido asignarle el género neutro, y con los planetas sometidos a su campo magnético, entre ellos la Tierra, cuya dicha o desdicha consiste en girar sobre su propio eje a la velocidad de mil millas por hora y luego alrededor del Sol a razón de veinte millas por segundo, un proceso que da lugar a sus días y sus años; y esto es importante: a los suyos, pues hay muchos tipos diferentes de días. El planeta Mercurio, por ejemplo, el más cercano al Sol, completa su vuelta alrededor de éste en ochenta y ocho días de los nuestros, y, en ese mismo tiempo, gira trescientos sesenta grados sobre sí mismo, con lo cual un año y un día son exactamente lo mismo.

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