GLÚTEOS DE ACERO

Llevaba varios días anhelando ese momento. En cuanto pude, me puse las mallas y una camiseta, la misma con la que había corrido hacía menos de media semana, y salí a hacer ejercicio. Porque nunca me ha gustado ensuciar ropa de manera gratuita. Si ya tenía sudada una playera, me parecía absurdo sudar otra; y en cuanto a las mallas lo mismo: no veía sentido a lavarlas, cuando el uso que hhacía de ellas era constante; lo más que hacía era meterlas en la lavadora cuando tenía mucha ropa sucia. Nunca he sido partidario de lavar a mano; la pereza siempre ha sido superior a mis fuerzas.

Ahora bien: yo no salgo de casa y empiezo a correr. Correr por la ciudad lo veo incómodo; los pies caen sobre el asfalto, terreno muy duro, y uno tiene que frenarse ante los semáforos. Es mucho más atractivo correr por el río, con un suelo más blando, rodeado de naturaleza y sin necesidad de tener que parar; y la visión de otros corredores es muy estimulante. El único problema es que el río está muy lejos de mi casa; tardo como media hora a pie. Si quiero llegar pronto he de tomar el metro. Y yo, a pesar de mi aguda misantropía, no soy tan insensible como para no pensar en el mal trago por el que pueda hacer pasar a mi compañero de al lado.

Por eso cuando subí al vagón estuve buscando un asiento libre, pero sin nadie al lado, para no someter a ningún pobre desgraciado a esa cruda experiencia. Hubo un instante crucial entonces: el momento de ponerse en marcha el metro. Me detuve para que el arranque no me hiciera perder el equilibrio. A mi derecha había una mujer, un asiento libre y un adolescente, que se fijó en mi posición estática, con los glúteos marcados; me dirigió una mirada y palmoteó sobre el espacio vacío que había a su lado, con gesto amigable. A pesar del bozal podía intuir su sonrisa, debido a los arcos que formaban sus cejas levantadas. Aquel gesto tan gentil derribaba todas mis defensas; no tenía excusa. En adelante, si el contacto conmigo le hacía perder el conocimiento, era su responsabilidad.

Así, pues, me senté a su lado y tuvimos una breve conversación de apenas dos minutos, durante los cuales me enteré de que era saharaui y llevaba tres años en esta tierra tan asquerosa. A continuación se sucedieron otros cuatro minutos que se me antojaron un tanto incómodos, eternos, debido al silencio que se instaló. Temía que en cualquier momento me hablara y abriera algún tema que quedaría inconcluso, y no habría sabido cómo afrontarlo; aunque, al mismo tiempo, no quería ese silencio tan atronador; aquel silencio cuyo origen no habría sabido si se debía a vergüenza de aaquel simpático adolescente o a arrepentimiento por su gesto y por tener que aspirar todos mis olores.

Sin embargo, cuando iba a bajaarme nos despedimos con los mejores deseos para el otro, y en gesto de amistad volvió a sonreír y me palmeó la espalda. Aquello también me sorprendió. A pesar de que procuré corresponderle, creo que fui demasiado frío en mi trato. Tendría que haberle dado la mano.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

18/06/2021.

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